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La paleta pucciniana

Amberes, 29/09/2002. Opera de Flandes. Tríptico, libretos de G. Adami y G. Forzano, música de G. Puccini (Nueva York, 1918). Dirección de orquesta: Silvio Varviso. Dirección escénica: Robert Carsen. Escenografía y vestuario: Radu y Miruna Boruzescu. Intérpretes: Stephen Kechulius, Amy Johnson, Gerard Powers (‘Il tabarro’), Cheryl Baker, Rita Gorr (‘Suor Angelica’), Stephen Kechulius, Gordon Gietz, Sinéad Mulhern, Marc Claesen, Jacqueline Majeur, Xenia Consec, Mireille Capelle y otros (‘Gianni Schicchi’). Orquesta y coro de la Opera de Flandes
imagen Después de cuatro años, con nuevos efectos y cambios importantes en el elenco, se inauguró la temporada de Amberes y Gante -los teatros en que desarrolla su actividad la ópera de Flandes- con las difíciles tres óperas en un acto del luqués, cada una de ellas, una pequeña joya, aunque nuestra sensibilidad nos aleje más de Suor Angelica que de las otras dos y nos haga preferir, además de por la perfección de su escritura y su libreto, el cómico Schicchi.La puesta en escena era la de Robert Carsen, que ha aumentado por igual sus aciertos y sus exageraciones (in crescendo con las óperas) dentro de la idea de que se está en el ensayo general del espectáculo, lo que evita -no siempre- vestidos de época, y reduce al mínimo el decorado, etc. El milagro de Suor Angelica está muy bien resuelto (y se sabe que es uno de los puntos débiles y difíciles de todo el espectáculo: aquí es la tía que vuelve humanizada con el hijo en brazos), Gianni Schicchi es –demasiado- ‘desopilante’ (muchas morcillas y mucho texto poco sabido) y el más equilibrado resulta Il tabarro (sin capote, claro, de modo que el final se vuelve un tanto ridículo).Pero Florencia es más protagonista que el Sena del Tabarro, que de alguna forma está presente; no hace falta que se la vea, pero sí que algo la recuerde y precisamente en el siglo de Dante, so pena de que el texto no sirva para nada: aquí estábamos en los años 30 en una familia que podría haber sido la de El Padrino I de Coppola o, con buena voluntad, de alguna comedia neorrealista italiana. Silvio Varviso sigue demostrando su afinidad con este autor y la orquesta suena bien, con tempi razonables y un buen equilibrio en general con la escena, aunque algo fuerte en la primera obra.De los cantantes principales (imposible mencionarlos a todos) sólo repetía Cheryl Baker (Angelica) que reeditaba su éxito: una buena cantante, seria y aplicada, a la que le falta sólo el aura y un timbre más personal para subir de categoría; tendría que intentar alguna vez un agudo en pianisimo más que el que por obligación ejecutó, muy apretado, al final de ‘Senza mama’ con un timbre blanco. La ‘Princesa’ era Rita Gorr, un monumento de interpretación, pero con sólo restos luminosos de su enorme voz (y lagunas vistosas en su texto). ‘Michele’ y ‘Gianni Schicchi’ (mejor el primero) fue la gran revelación de la velada: el barítono Stephen Kechulius no bajó de muy bueno (debe vigilar su italiano y su tendencia al exceso en la comedia) pero con frecuencia alcanzó el notable. Amy Johnson fue una buena ‘Giorgetta’, de voz poco agradable pero muy buena cantante. Gordon Gietz trazó un simpático ‘Rinuccio’ al que le faltó algo de color y esmalte en su aria, y Sinéad Mulhern cantó ‘Lauretta’ fuerte, sin un solo piano. Aunque en los otros roles el nivel fue variable (Jacqueline Majeur fue sólo discreta en ‘Frugola’ y decididamente floja en ‘Zita’, Xenia Konsek estuvo pobre en ‘Genoveva’ y hacerle ensayar al principio de la segunda obra su canto fue una mala idea tanto musical como un poco pasada de rosca escénicamente; Marc Claesen es un buen bajo pero le he conocido noches mejores y decididamente no era el día de Mireille Capelle- de grave forzado y agudo rígido- como en general de ninguna de las monjas), la única sorpresa verdaderamente desagradable fue el tenor Gerard Powers, carente de agudo y con trucos de veterano para alcanzar los difíciles momentos de ‘Luigi’ (‘hai ben ragione’ y varias frases de su dúo y escena con ‘Giorgetta’): si desde el centro aparece el singhiozzo cada dos frases y la voz se destimbra, pese a su buen hacer escénico y a su idea del papel, creo que va por mal camino.

Este artículo fue publicado el 04/10/2002

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