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La fundición de Chailly

Barcelona, 14/10/2002. Palau de la Música Catalana. Temporada Palau-100. Orchestra Sinfonica de Milano Giuseppe Verdi; Nelson Freire, piano; Riccardo Chailly, director. Alexander Mosolov: 'La fundición de acero' Op. 19; Serguei Rachmáninov: '2º Concierto para piano y orquesta en do menor', Op. 18; Serguei Procofiev: Suite del ballet 'Romeo y Julieta'. Aforo: 2000; ocupación 95%
imagen Es lugar común en la música clásica afirmar que no hay orquestas malas, sino directores incompetentes. Ahora bien, si setenta cuerdas tocando en trémolo pianísimo sólo consiguen transmitir la 'raspadura' del arco sin que se escuche música alguna -no hace falta pedir, además, esa sensación que debería producirse de tal guisa en el arranque de una sinfonía bruckneriana, por ejemplo-, entonces, irremediablemente hay que reconocer que la orquesta es mediocre. Por mucho que quien esté al frente sea nada menos que Riccardo Chailly.El ballet Romeo y Julieta es una obra que exige una orquesta de primera categoría, tanto por la cualidad de sus distintas familias -en tutti y en solista-, como sobre todo, en empaste y en potencia. De otro modo, esta música de foso nunca habría subido a los altares de los escenarios sinfónicos. Pues bien, muy poco de eso se pudo apreciar en la Orquesta Verdi de Milán, conjunto sin personalidad y de sonido paupérrimo a quien el anónimo autor de las notas al programa de mano piadosamente sitúa 'entre las mejores orquestas sinfónicas italianas'. Ante mimbres tan pobres poco más podía a pedirse a Chailly, quien se esforzó con denuedo para exprimir de sus jóvenes músicos una interpretación, al menos, conceptualmente brillante y dramáticamente coherente de los ocho números ofrecidos: así, el vértigo de la muerte de Teobaldo o el desgarro de Romeo en la tumba de Julieta quedaron sólo en fase intuitiva, perdidos en el limbo que media entre la recta intención de la batuta y la traducción torcida de los instrumentistas.De todas formas, es tan grande el arte directorial de Chailly, tan bien trabajado su concepto, tan visceral pero tan elegante y tan cuidado su gesto, tan contagioso su natural entusiasmo, que este comentarista consiguió olvidarse de la realidad sonora física e imaginarse el otro universo sinfónico igualmente regentado por el italiano, ubicado a dos mil kilómetros de Milán y a dos mil años luz de la Orquesta Verdi. De esta forma, gozó de forma indecible con el acompañamiento de lujo que Chailly prestó a Nelson Freire en el concierto de Rachmáninov: en una traducción absolutamente moderna, alejada de cualquier romanticismo trasnochado, Chailly meditó con cuidado el tejido orquestal, desplegó sus brazos -siempre en gesto curvilíneo, sin violencias innecesarias-, alentó incansablemente el fraseo de todos sus solistas, y proporcionó al brasileño un manto cálido en el que integrar su parte, tocada -son palabras del propio Freire- en forma de recitativo (ciertamente secco, añade este comentarista) con la orquesta, como una sinfonía con piano obligado.La función se abrió con Zavod (La fundición de acero), cuatro trepidantes minutos del ballet Stal (1926-28), pertenecientes a los albores realismo soviético, salidos de la pluma de Alexander Mosolov (1900-1973): obra tan vistosa -trompas puestas en pie, percusión abundantísima y estruendosa- como carente de cualquier otro contenido que no fuera el entusiasmo colectivo por los logros de la revolución, y que, por cierto, Chailly llevó al disco occidental hace ya años, siguiendo el modelo pionero de Victor de Sabata en 1933. Hay que esperar, pues, que este moderno herrero milanés persevere en el trabajo iniciado hace tres años con la Orquesta Verdi y logre forjar nuevos y más consistentes aceros sinfónicos, para gloria de su industriosa ciudad y beneficio de cuantos seguimos creyendo -a pesar de todo- que no debe haber orquestas malas.El público agradeció generosamente el concierto -no era cosa de amargarse la inauguración de la temporada, a la vista del suntuoso catering que esperaba a los mecenas que llenaban las plantas nobles del Palau- y Chailly correspondió, dando nueva muestra de que es un músico original, con dos danzas de Belkis, Reina de Saba, ópera coreográfica de Ottorino Respighi estrenada en 1932.

Este artículo fue publicado el 18/10/2002

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