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Tropezar tres veces con la misma piedra...

Londres, 30/01/2004. Royal Opera House, Covent Garden. Jacques Offenbach, Les contes d’Hoffmann. John Schlesinger, producción original. Richard Gregson, director. William Dudley, escenografía. Maria Björnson, vestuario. David Hersey, iluminación. Eleanor Fazan, movimiento. William Hobbs, director de lucha. Ruxandra Donose (La musa de la poesía / Nicklaus), Willard W. White (Lindorf / Coppélius / Dappertutto / Miracle), Jean-Paul Fouchécourt (Andrès / Cochenille / Pittichinaccio / Frantz), Brian Bannatyne-Scott (Luther), Quentin Hayes (Hermann), Andrew Kennedy (Nathanel), Rolando Villazón (Hoffmann), Robin Leggate (Spalanzani), Ekaterina Siurina (Olympia), Jennifer Larmore (Giulietta), Mathew Rose (Schlemil), Elena Kelessidi (Antonia), Andrew Greenan (Crespel), Elisabeth Sikora (Espíritu de la madre de Antonia), Olga Sabadoch (Stella). The Royal Opera House Orchestra & Chorus. Terry Edwards, director del coro. Richard Hickox, director. Ocupación 100 %.
imagen El pasado año falleció John Schlesinger (1926 – 2003), autor de la producción de Les contes d’Hoffmann que estrenó Covent Garden en 1980 y que gran fortuna ha tenido en este teatro –donde la han protagonizado Plácido Domingo (1980 y 1982), Neil Schicoff (1986), Alfredo Kraus (1991), Jerry Hadley (1992) y Marcelo Álvarez (2000)– así como en el mercado audiovisual. Había tenido ocasión de comentarla en este mismo medio cuando se repuso con Álvarez y Angela Gheorghiu. Y recientemente comenté también el dvd del estreno, en el que sienta cátedra Plácido Domingo. Así que añadiré sólo a aquellos textos que sigo pensando en la idoneidad de la propuesta de Schlesinger, bien recuperada para la ocasión por Richard Gregson: lo que sucede en el no demasiado grande escenario de Covent Garden es de una riqueza visual y una efectivad teatral difíciles de comentar en pocas líneas. Y eso era, a priori, lo que más me atraía de ver este viernes Les contes. Como nadie está libre de prejuicios y yo tampoco, veía con desconfianza a Richard Hickox en una ópera como ésta –un director al que aplaudí hasta romperme las manos en esta misma casa con Billy Budd– y el reparto, que se prometía sólido, no me pareció que me fuese a hacer saltar en el asiento. Al menos, el primer prejuicio se me vino abajo. Richard Hickox es un director que, a menudo, me resulta soso, si se me permite la expresión. Y Les contes necesita mucha chispa. Y la tuvo: desde la primera entrada favoreció un fraseo animado, si bien comenzó obteniendo de la orquesta titular un sonido bastante seco. No diré que fue un prodigio de flexibilidad, pero sí que montó una versión en todo momento viva, preocupada porque la música y lo que en escena se veía casaran de la mejor manera posible. Lo consiguió con la colaboración de una orquesta brillante y un coro muy bien preparado por Terry Edwards –en su último año al frente del mismo. El reparto tenía salpicadas algunas estrellas, si bien de distintas generaciones. Estaba Willard White, cuya voz ya no truena, pero convence: hizo de malo, claro. Y lo hizo bien, muy bien. Y además, la falta de truenos, por otra parte poco evidente, se suplió con su gran presencia escénica, la de un bajo que se las sabe todas. Estaba Jennifer Larmore, quien cantó impecablemente ‘Giulietta’ y susurró –casi gimió– en el “Belle nuit”, muy bien interpretado junto a Ruxandra Donose. Ésta mostró de ese momento en adelante una mayor disponibilidad para cantar y actuar con naturalidad, algo perjudicado hasta ese punto por cierta rigidez escénica. Estaba Elena Kelessidi, que se llevó (después de Hoffmann) el mayor aplauso del público. Y quizá fue porque canta el acto más triste y porque Hickox estuvo en esa parte especialmente brillante, pero vocalmente no era la ‘Antonia’ ideal. Cantó bien e incluso hizo los trinos, pero mostró varios colores de voz y optó más por el desgarro que por el lirismo, haciéndo así que nos perdiésemos algunas sutilezas melódicas de la partitura, a cambio de una intensidad que, al menos eso creo, nos habría dado sin tanto cambio de timbre. De todos modos, cumplió y hay que tener en cuenta que estamos ante su debut en el papel. Por su parte, Ekaterina Siurina debutaba en la casa y convenció: no estamos ante un prodigio de la coloratura, pero sí ante una ‘Olympia’ solvente y simpática. El comentario más difícil es siempre el del tenor. Rolando Villazón no es un tenor cualquiera: su creciente fama lo ha paseado por el MET, Glyndebourne y la mayor parte de los grandes teatros italianos. Ahora debuta en Covent Garden con el doble compromiso de la presentación en sí y de afrontar un papel que el público conoce bien. A juzgar por la reacción final, gustó bastante. No se puede decir que tenga una voz espectacular, sino buena. Aunque más bien corta de volumen –al principio la voz quedaba atrás, pero luego fue obvia la cuestión del volumen– y no rica en armónicos, casi sin vibrato, muestra notables el fiato, la afinación, la homogeneidad en el color, el amplio registro y da sensación de seguridad. Si a eso le sumamos un gran desparpajo escénico comprendo su éxito y comparto el aplauso. No hubo brillos que deslumbran, pero sí cantantes competentes que ofrecieron calidad. Y eso se aplica también a todos los papeles menores, cualidad habitual de Covent Garden: casi siempre hay unanimidad en la categoría media de los secundarios, entre cuyos nombres solemos encontrar a Fouchécourt, Hayes o Leggate, a los que a menudo los críticos no dedicamos ni una línea y son grandes merecedores de ella. Fue una lástica que el viernes los aplausos estuvieran tan mal organizados que ni al coro pudimos ver saludando.

Este artículo fue publicado el 02/02/2004

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