
Bajo el título, bastante equívoco, de
En el imperio de los sentidos, la serie de conciertos de los miércoles de la Orquesta de la Radio de Múnich ofreció una velada en la que se aunaron poesía, danza y música a un nivel excepcionalmente alto. El hilo conductor de este concierto fue una serie de poemas de Goethe y Khayyam, casi todos de temática amorosa. La recitación de Salome Kammer se integró perfectamente en el discurrir de la música y la danza. A la cálida expresividad de la voz de Kammer (que no en vano es no sólo actriz, sino también una de las cantantes más destacadas en el panorama alemán de la música clásica contemporánea) se sumó su fino sentido del humor, con el que impregnó de ironía su recitación.
La orquesta debía ser dirigida por Lawrence Foster, quien por motivos de salud no pudo acudir a la cita, por lo que fue substituído por el maestro suizo Daniel Klajner, director titular de la Orquesta Sinfónica Mulhouse. Klajner, formado en Winterthur y en Viena y ex-asistente de Bernstein y Abbado, es un director aún joven pero con una dilatada carrera en teatros de provincias de Austria, Alemania y Suiza. En las últimas temporadas ha empezado a dirigir en casas de prestigio, como la Ópera Cómica de Berlín o la parisina Ópera de la Bastilla. En todo caso, el suyo es un nombre que vale la pena recordar, pues, si hemos de juzgarlo por su labor en este concierto, es un director de gran competencia técnica y artística y posee cualidades suficientes para convertirse en una gran figura.
Su versión de la música de ballet de Beethoven fue singularmente acertada, tanto por la elegancia como por la ligereza con las que dirigió los números interpretados. En su lectura prescindió de todo dramatismo romántico; Beethoven fue abordado desde su flanco más clasicista y vienés, un estilo del que Klajner demostró tener un dominio en nuestros días sólo reservado a unos pocos directores de edad generalmente más avanzada. Con notable buen sentido logró combinar sobriedad y bien matizado colorido orquestal, sin renunciar a un delicado carácter camerísitco. La orquesta, y en especial su estupenda sección de cuerdas, brilló y se mostró perfectamente equilibrada. Notabilísima fue su habilidad para pasar de un compositor a otro sin traicionar a ninguno y sin que se advirtieran contrastes excesivos. En Debussy tanto los músicos como su director pudieron avanzar por este mismo camino de refinamiento y sobriedad, sin desperdiciar las ocasiones de lucimiento que les ofrecía la música del maestro francés.
Los solistas encargados de interpretar la
Introducción y allegro de Ravel ofrecieron una versión muy precisa y al mismo tiempo poética, rica en bellos matices melódicos. La exquisitez de esta interpretación tuvo su mejor expresión en los tiernos tonos pastel con los que los músicos supieron configurar el colorido tanto tímbrico como armónico de la pieza. En
Mi madre la oca Daniel Klajner marcó
tempi relativamente lentos. Sin eludir la sensualidad que encierra la partitura, la sublimó convirtiéndola en meditativo ensueño, lejos de toda sensorialidad material.
En perfecta consonancia con este modo de percibir la música, la danza de la coreógrafa y bailarina Shantala Shivalingappa fue el elemento más interesante de un concierto en el que todo alcanzó un gran nivel de perfección. Formada en la tradición de la danza
‘kuchipudi’, una de las escuelas estilísticas clásicas del sur de la India, en la que se aúnan drama y danza abstracta de significado religioso, Shantala Shivalingappa ha trabajado en Europa con Maurice Béjart, Peter Brook y Pina Bausch e incorporado a su acerbo artístico influencias del ballet clásico y de la danza contemporánea.
En esta función Shantala Shivalingappa presentó coreografías propias sobre música de Debussy y Ravel. Legos como somos en cuestiones de danza india, nos acercaremos a su arte con criterios ingenuamente europeos. Lo que primero llama la atención de la danza de esta artista es el hecho de que el peso de la acción coreográfica recae no sobre pies y piernas, sino sobre los brazos, las manos y aun los dedos. En el ballet clásico europeo el
port de bras cumple en principio la función básica de mantener el equilibrio y de apoyar en este sentido la acción de pies y piernas; su desarrollo como factor estético es posterior y está subordinado a esta función elemental. En la danza que pudimos admirar en la velada que comentamos, esta relación se invierte: el
port de bras constituye el núcleo de la danza, mientras que la acción de pies y piernas sirve para subrayar y otorgar mayor dinamismo a un exquisito juego de brazos, manos y dedos. Se trata por lo tanto de una danza
à terre sin elevación y en la que el salto apenas tiene lugar.
Shantala Shivalingappa posee un dominio técnico que le permite ejecutar con soberana ligereza pasos, figuras y secuencias de enorme dificultad. Su virtuosismo técnico se manifiesta tanto en la coordinación como en la resistencia y en detalles del
port de bras, especialmente en su exquisito dominio de las articulaciones de manos y dedos. Su danza fluye sin interrupciones, líquida, formando una fluida línea melódica. Especialmente sorprendente es su facultad de interrumpir en seco este flujo, pero de modo tan blando que transmite la sensación de que se ha detenido el tiempo. Estas paradas tiernamente bruscas implican una técnica similar a la de ciertos mimos virtuosos.
Las coreografías presentadas en esta ocasión, de gran complejidad técnica y argumental, combinan danza abstracta con elementos dramáticos en un lenguaje mímico muy complejo, sutil y bien codificado, cuyo significado, desgraciadamente y a causa de nuestra propia ignorancia de la danza
kuchipudi, se nos escapó demasiado a menudo: creímos reconocer escenas de dolor y gozo, pájaros y mariposas, un estanque, luz, flores... En el ámbito expresivo Shantala Shivalingappa consigue transmitir a la perfección emociones y estados anímicos incluso a un espectador ‘incompetente’ y desconocedor del código mímico empleado. En este sentido puede hablarse de algo así como una poesía visual en movimiento, refinadísima y llena de amable delicadeza, libre de todo amaneramiento y de una casi minimalista sobriedad.
Pero quizás el aspecto más sobresaliente tanto de estas coreografías como de su interpretación sea la prodigiosa musicalidad que revelan. No recordamos haber visto nunca antes una danza que fuera una tan exacta, expresiva y bella traducción a imágenes de un texto musical, como la que la bailarina india hizo de la
Introducción y allegro de Ravel. No sólo el fraseo y los aspectos rítmicos y melódicos de la partitura fueron objeto de una precisa transcripción coreográfica. Lo más sorprendente fue que también la dinámica y el riquísimo colorido armónico y tímbrico de la pieza se reflejaron prodigiosamente en la danza con naturalidad y fresca finura, sin violencias ni aspavientos. Digno de mención es también el hecho de que Shantala Shivalingappa bailara todo el tiempo en la parte anterior del escenario, delante de la orquesta y con el director dándole la espalda, lo cual impedía el contacto visual. ¡Toda una proeza de ambos!
Este artículo fue publicado el 11/04/2008
Actualizando...