
Aparte de sus sencillos méritos artísticos,
La serva padrona (La sirviente patrona), breve ópera bufa del compositor italiano Giovanni Battista Pergolesi (1710-1736), ocupa un lugar destacado en la historia de la lírica.
La representación en París de
La serva padrona, en 1752, por una compañía itinerante italiana, casi dos décadas después del estreno napolitano de 1733, dividió a los músicos y literatos franceses, en lo que llegó a llamarse la
Guerre des bouffons o Guerra de los bufones, en dos bandos opuestos que diferían acerca de las virtudes propias del teatro musical italiano y teatro musical francés.
La pieza es un entremés musical en dos partes, escrito para representarse, como se acostumbraba entonces, en los intermedios de la ópera seria
Il prigioniero superbo, del mismo Pergolesi. El argumento trata de cómo la criada Serpina (la soprano Mercedes Sánchez) se las ingenia para casarse con su patrón Uberto (el barítono José Arturo Chacón) con la complicidad del sirviente mudo Vespone (Jonathan Ramírez).
El montaje de
La serva padrona que se estrenó en el Teatro Nacional, el miércoles, tuvo dos funciones consecutivas, con la dirección musical de Ramiro Ramírez, la dirección escénica de Gabrio Zappelli, y la participación de un quinteto de cuerdas, liderado por el violinista Walter Field.
No es la primera vez que
La serva padrona se representa en Costa Rica. Anteriormente, el recordado maestro Óscar Scaglione escenificó la pieza en varias ocasiones.
Jorge Arturo Chacón como Uberto
©2009 by Eyleen Vargas. La Nación
En la función del miércoles, encontré al barítono José Arturo Chacón en uno de sus mejores momentos, con un dominio escénico y vocal impresionante. Su personificación de Uberto me fue cómica, espontánea y enteramente creíble, y oí su voz plena, ágil, poderosa y entonada en toda su extensión.
Menos completo consideré el desempeño de la soprano Mercedes Sánchez; sentí que el personaje de Serpina hubiera ganado con mayor picardía y agilidad corporal, si bien la voz se oyó agradable y desplegó alcance en la proyección.
Ramiro Ramírez dirigió con acierto desde el clavicémbalo y el quinteto de cuerdas mantuvo un rendimiento hábil y preciso.
La puesta en escena de Gabrio Zappelli trasladó la acción a nuestros días y al gimnasio donde Uberto practica boxeo, un recurso que ofrecía más posibilidades de las que cumplió, porque quedó trunco a falta de un desarrollo humorístico perspicaz.
El espectáculo sufrió de una irreconciliable hibridación al juntarse
La serva padrona con la “ópera salsa”
Ausencia, de los costarricenses Eddie Mora (n. 1965), música, y José Manuel Rojas (n. 1959), libreto, y la participación del Quinteto de vientos Miravalles y el combo salsero La Solución.
La dirección musical de
Ausencia estuvo a cargo de Vinicio Meza y la dirección escénica de Zappelli solo consistió en colocar a los intérpretes sobre tarimas y en cambiar la coloración del telón de fondo.
La obra se estrenó en 1999, también, como en esta oportunidad, en una versión en concierto, sin movimiento escénico, si es que jamás se contempló que lo tuviera, porque el libreto de Rojas plagia el argumento de
La serva padrona sin representarlo dramáticamente, solo mediante la narración semicantada de un texto anodino carente de calidad literaria.
Está en boga borrar las distinciones entre los géneros en una confusión “posmoderna”. Ahora, en lo personal, me agrada la salsa en su ambiente, pero, como crítico, me abstengo de juzgar los méritos musicales de
Ausencia, porque la salsa no es mi campo, excepto para notar que no hallé concordancia entre las sonoridades producidas por el quinteto de vientos y el conjunto salsero que, además, presentó serios problemas de afinación.
La sala principal del teatro acogió a unos 150 oyentes, quienes recibieron los montajes con aplausos calurosos. El saludo al final de
Ausencia se vio desordenado.
Este artículo fue publicado el 02/09/2009
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Esta crítica y fotografía interior se publican por cortesía del diario 'La Nación' de Costa Rica
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