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Amor a primera escucha

Philippe Manoury: Fragments pour un portrait; Partita I. Christophe Desjardins, viola. Christophe Lebreton (Grame) y Serge Lemouton (IRCAM), realización informática musical. Ensemble InterContemporain. Susanna Mälkki, directora. Barbara Fränzen y Peter Oswald, productores. Jérémie Henrot y Maxime Le Saux, ingenieros de sonido. Un CD DDD de 79:59 minutos de duración grabado en el Espace de projection del IRCAM, París (Francia), los días 2 y 3 de julio y 1 y 2 de septiembre de 2008. Kairos 0012922 KAI. Distribuidor en España: Diverdi
imagen Éste es uno de esos compactos que enamoran desde una primera audición, por su inmediatez, fuerza y primorosa interpretación, además de por estar servido en una de las tomas fonográficas más impactantes que uno haya escuchado en los últimos años.

La música en cuestión es la del francés Philippe Manoury (Tulle, 1952), compositor muy ligado al entorno parisino del IRCAM, y que reclamó por primera vez la atención en la escena europea en 1974, cuando Claude Helffer estrenó su Cryptophonos para piano. De trayectoria vital fuertemente cosmopolita, algo que se destila en ecos a través de sus partituras, Manoury compagina la docencia con la composición, siendo sus obras defendidas por los mejores ensembles en distintos continentes, además de por valedores en cuanto a la dirección como Pierre Boulez, Kent Nagano o Esa-Pekka Salonen.

Para esta su primera aparición en el sello austriaco Kairos, dentro de la serie ‘Sirènes’, dedicada al Ensemble InterContemporain parisino, Manoury ha seleccionado dos obras tan distintas entre sí como los Fragments pour un portrait (1998) y la Partita I (2006).

Fragments pour un portrait (1998), para un ensemble de treinta músicos, es un buen ejemplo del abigarramiento que domina la música de Manoury, tan influida por el intrincado concepto pictórico de Jackson Pollock y por los densos entramados musicales de Iannis Xenakis. A ello debemos sumar una notable influencia del último Stockhausen, y nos encontraremos con obras de una orgánica muy compleja, en la que los elementos micro y macroestructurales están cuidados con un detalle pasmoso, al punto de que diríamos aquello de que ‘se oye todo’. En todo caso, no se trata de una música en absoluto fría o meramente técnica, y si tuviera que señalar otro eco que sobrevuela Fragments pour un portrait sería, no sé si paradójicamente, el de una ‘víctima’ de cierta avantgarde como Bernd Alois Zimmermann, por su fuerza y presencia de determinados instrumentos. Ello se percibe también en su manera de comprender el continuum histórico-musical, en el que no descuida la reflexión sobre la música germánica del siglo XIX, que nutre asimismo la obra de Philippe Manoury.

A pesar de la influencia estilística del genio del expresionismo abstracto neoyorquino, la referencia pictórica más inmediata en Fragments pour un portrait es, según Martin Kaltenecker, la de Francis Bacon, y en concreto su modelo de estudio-variaciones a partir del Retrato del Papa Inocencio X (1650) de Velázquez. Manoury sigue un proceso de variaciones sobre un mismo tema similar al del pintor irlandés, a lo que añade un trabajo muy concienzudo del espacio, con tres grupos instrumentales que nos recordarán en cierto modo al Gruppen de Stockhausen, para Manoury la última obra maestra del pasado siglo. Ecos de la música francesa, con Boulez, e incluso de Charles Ives, se unen en esta obra compleja, que no cesa de dialogar con numerosos lenguajes expresivos, como con la narrativa de otro irlandés: James Joyce. Un potente sentido de la construcción, gran expresividad y una reflexión intelectual de hondo calado, se aúnan en una música que trabaja los registros graves de forma muy atractiva, especialmente en maderas y percusión, realmente magnéticas por su fisicidad.

La intepretación de Fragments pour un portrait corre a cargo del Ensemble InterContemporain, con su directora titular, la finlandesa Susanna Mälkki, al frente. Se trata de una lectura impresionante, que confirma el sobresaliente estado de forma del conjunto parisino, fruto de largas décadas de trabajo conjunto, así como de su excelencia técnica y expresiva (fundamental en Manoury) al más alto nivel. El cuerpo de su sonido, la perfección instrumental de sus solistas, la capacidad para bucear por los recovecos de la composición, el entramado orgánico que construyen, hacen de su interpretación algo único, a la altura de sus mejores grabaciones discográficas. Difícil sería destacar en semejante interpretación a algún músico, pero no puedo dejar de mencionar a una sección de maderas que impresiona a cualquiera por la presencia y sentido de su ejecución. Deslumbrante.

La Partita I (2006) supone un nuevo paso en la relación de Philippe Manoury con la música electrónica, en este caso a través de la viola y su interacción con sistema informático en tiempo real. Se trata de una obra de cuarenta minutos de duración, expuesta como un monumental ejercicio de estilo por parte del viola, cuyos requerimientos técnicos son impresionantes. La escultura sonora que conforma el apartado electrónico es muy rica, variada y con una personalidad muy propia, lejos de modelos imitativos del instrumento solista o de meras transformaciones casi literales de las acciones del viola. Ello crea entornos muy poéticos, y pasajes tanto confluyentes, como otros en los que los recorridos musicales transitan mundos muy diversos. Se trata, así pues, de todo un tour de force que podemos colocar entre las piezas para viola más contundentes surgidas en lo que va de siglo XXI, una obra que se disfruta de principio a fin con su plural y renovado estilo.

La intepretación de la Partita I corre a cargo del viola principal del Ensemble InterContemporain, Christophe Desjardins, un extraordinario músico sobre el que ya hemos escrito en anteriores ocasiones en nuestro diario con motivo de sus referenciales grabaciones de Nunes, Berio, Boulez o Feldman. De nuevo, todos los valores en él habituales se vuelven a encontrar en la Partita I, obra dedicada y estrenada por el propio Desjardins el 1 de marzo de 2007. Precisión técnica, expresividad y capacidad de llegar a los límites de su instrumento, se dan la mano en una pieza de una ardua dificultad, que en manos de Desjardins fluye con la naturalidad en él habitual.

Las tomas sonoras son deslumbrantes, como decía al comienzo de esta reseña, de lo mejor que he escuchado recientemente. La pureza con la que se escucha todo, el cuerpo, presencia y claridad de los diversos parámetros hacen que se disfrute muchísimo la audición. La presentación del CD, como siempre en Kairos, magnífica, con interesantes notas de Martin Kaltenecker, fotografías, ejemplos de partituras y datos biográficos de compositor e intérpretes.

Este disco ha sido enviado para su recensión por Diverdi.


Este artículo fue publicado el 09/11/2009

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