
Seguridad técnica y calidad interpretativa fue lo demostrado por el joven pianista Ángel Cabrera en el recital ofrecido en la sala Eutherpe de León. En primer lugar, decir que la Fundación Eutherpe, que preside Margarita Moráis, viene apoyando desde hace varios años el desarrollo y la difusión de la actividad musical en León con la organización de conciertos, recitales, cursos y clases magistrales impartidos por reconocidos especialistas. Desde hace un año cuenta con una delegación en Valencia, dedicada especialmente a la música de cámara.
Ángel Cabrera inició su recital con la
Sonata D 959 de Schubert, obra de factura clásica por su concepción formal en cuatro movimientos, pero de carácter romántico y elegíaco por la naturaleza de su material temático y por las inflexiones armónicas propias del mejor pianismo del maestro austríaco. Cabrera ofreció una versión sincera, contenida y muy bien matizada, con ataques precisos en el ‘Allegro’ inicial y sugerentes temas cantabiles en el ‘Andantino’, con planos sonoros muy bien perfilados. Siguió un bello ‘Scherzo’ y un ‘Rondo Allegretto’ donde el compositor, como ocurre en muchas otras de sus obras, parece no encontrar el camino hacia la cadencia final que resuelva la tensión acumulada, consiguiéndolo sólo tras varios intentos fallidos en un final que, armónicamente, se hace esperar. En los dos
Nocturnos chopinianos Cabrera volvió a dar muestras de un excelente control de la intensidad y, con una digitación inteligente, supo extraer la mejor sonoridad del piano, con una magnífica conducción de las líneas melódicas especialmente patente en el segundo de los
Nocturnos.
Tocando siempre de memoria Cabrera prosiguió su recital con las tres
Estampes de Debussy. Con una cuidadosa gradación en el uso del pedal derecho, el pianista consiguió una atmósfera envolvente de textura densa, que no recargada, recreando con acierto la imagen sugerente y borrosa de una pagoda bajo un crisol de luz, como en un lienzo. Poco importa en este punto si Debussy llegó a ver o no una pagoda real alguna vez en su vida; lo importante es que fue capaz de reflejar de una forma nueva y magistral la música oriental en el pianismo europeo. Siguieron ‘Soirée dans Granada’ y ‘Jardins sous la pluie’. En ésta última el tratamiento pianístico de las gotas de lluvia parece transformarse desde el puntillismo inicial hasta envolventes ondas enérgicas y expansivas cuando parece que la lluvia arrecia sobre el teclado.
El recital concluyó con dos piezas de la suite
Iberia de Albéniz, las que abren los cuadernos 1º -Evocación- y 3º -El Albaicín-. De ésta última obra Ángel Cabrera ofreció una excelente versión, brillante, enérgica y rigurosa, demostrando por qué fue merecedor del premio a la mejor interpretación de música española en el XVI Concurso Internacional de Piano José Iturbi de Valencia en 2008. En atención a los aplausos del público, y ya fuera de programa, sonaron los
Juegos de agua en la villa d´Este de Liszt, excelente colofón para un recital en familia.
Este artículo fue publicado el 20/04/2009
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