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Una orquesta de doradas burbujas

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Orquesta Sinfónica Freixenet. En esta breve locución además de una formación exquisita se encierra la desgracia de que en nuestro todavía pobre panorama peninsular semejante adenda final nos sigue resultado extraña, nos suena mal, y según en qué contextos hasta nos haría esputar algún que otros chiste fácil. Sin embargo en esta ocasión las más famosas de las burbujas del mercado no solo ha vuelto a intentar espolvorear cierto glamour holliwoodiense en nuestras rancias televisiones navideñas, sino que profundizando en uno de los proyectos en los que la fundación Freixenet sigue apostando, el de la Escuela de Superior de Música Reina Sofía (Fundación Albeniz), se suma el de la esponsorización de la formación sinfónica a priori más talentosa del panorama español.

La formación se presentó a la prensa en la mañana del 19 de Febrero en el Gran Teatro del Liceu de Barcelona con nutridas palabras de la anfitriona Rosa Cullell (Directora del Liceu), José Ferrer i Sala (Presidente de Honor de Freixenet), Paloma O'Shea (Presidenta de la ESMRS) y Antoni Ros Marbà (Director titular de la Orquesta). En éste sencillo acto se explicaron detalles que fueron desde el funcionamiento de la orquesta sinfónica, con al menos cuatro encuentros anuales en los que tendría particular relevancia la participación de directores invitados, como ya lo hicieron para la orquesta de cámara directores de la talla de Sir Collin Davis, Zubin Metha o Leon Fleisher -a quienes también competería en parte la selección del repertorio a afrontar- hasta pormenores como la cuantía de su financiación, que asciende a la nada despreciable cifra de 240.000 euros anuales, ascendiendo la cantidad total hasta los circa 800.000 euros con los que Freixenet enriquece las bien administradas arcas del centro educativo madrileño.

Más allá de datos y propósitos -todo el que ame este frágil arte coincide en que no se deben escatimar medios ni recursos- el verdadero paso se produjo a las ocho de la tarde con la sinfónica en escena pronta a sumergirse un repertorio que, si en un baile nos encontrásemos, tildaríamos de corte clásico pero de gran efecto, dirigido a un público cuyo perfil no aventuraba a vestir paños bien diversos.

La primera parte fue un ligero quiebro, al menos esa sensación produjo para quien firma estas líneas, pues en cierto modo supuso el traspaso de la responsabilidad del debut a un joven violonchelista, Pablo Ferrández (1981), a quien si calificase de prometedor estaría restándole mérito pues demuestra una madurez absolutamente loable para su temprana edad. Su interpretación del  Concierto para violonchelo de Dvořák, tuvo sin duda momentos de gran calidad, desde el lirismo y la furia templada del primer movimiento hasta los virtuosismos velados del tercero. Con ojos cerrados y expresión serena, Ferrández demostró un completo dominio del instrumento en el que los continuos cambios de posición no requerían más que el apoyo gestual que acompañaba la interpretación de sus pasajes, unos gestos que ayudaban al espectador a percibir su propia lectura emocional de la obra; únicamente alzaba los párpados cuando requería la complicidad del director y la orquesta -con una cuerda suficientemente empastada- y en particular de la concertino Ana Valderrama -de gran lirismo- para esos breves momentos del concierto en los que ambos instrumentos se abrazaban. Debo reconocer que la dirección de Marbà estuvo cuando menos a la altura de las circunstancias, y su designación como titular esta más que justificada, con un gesto decidido y preciso perfumado de ese semblante educativo que sin duda debe circundar las actuaciones de esta orquesta con alma de profesional.

La segunda parte, con la Cuarta sinfonía de Brahms, fue sin duda la ocasión para medir el potencial de la orquesta. Cuerdas brillantes y expresivas, vientos firmes.. la orquesta Freixenet afrontó con el descaro de un principiante un auténtico baluarte ejemplificador de la solidez formal que debe sustentar una obra sinfónica. Energía y pasión, tal y como pide Brahms en su cuarto movimiento -con notoria inteligibilidad de sus treinta variaciones- fueron desarrollados de principio a fin por la neonata formación que requirió todo el esfuerzo de su director para que tanto la interpretación de los instrumentistas como la percepción del público estuviesen en sintonía. Tendremos tiempo de comentar los “peros” de intervenciones futuras, que los habrá pues nada es quasi perfecto, ni por supuesto este concierto lo fue -y esa es una de las grandes virtudes de la música, que aunque el cuadro es siempre el mismo el marco y su percepción cambian-, sin embargo ante semejante noticia solo nos resta agradecer el esfuerzo de la Fundación Albéniz, la ESMRS y Freixenet, por este sinfónico regalo que otorga siempre un halo de esperanza.



Este artículo fue publicado el 21/02/2008

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