
La Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (España) creó este jueves el Consejo Rector del Aula Wagner y de Estudios Estéticos. "El interés del Aula Wagner y de Estudios Estéticos radica en la creciente importancia del poliedro cultural que responde al nombre de Wagner y enlaza con el análisis filosófico del hecho artístico como forma de comprensión de la realidad de la Estética", según informan sus promotores a través del diario
'La Provincia'. La Universidad no indica si se estudiará también las tesis sobre la supremacía racial que con tanto empeño difundió Richard Wagner.
El Consejo Rector indica: "En el caso de Richard Wagner no sólo es su música; también su vida, sus polémicas ideas, sus importantes escritos teóricos y estéticos, sus bases filosóficas, su influencia en los compositores que le sucedieron y la irresistible atracción que sigue ejerciendo en todas las artes, la polarización del interés internacional en torno a las nuevas producciones de sus diez dramas capitales y la incesante especulación poética y noética a que da lugar la lectura de sus poemas en clave contemporánea. Presupuestos que configuran la necesidad de articulación de un espacio para el debate, el estudio, la investigación y el disfrute y la difusión de su obra y pensamiento".
El órgano estará presidido por la vicerrectora de Cultura de la institución académica, Isabel Pascua, y está formada por la profesora Sonia Mauricio Subirana como directora, los también docentes universitarios Encarnación Castellano Santana, Maximiano Trapero Trapero y Ángeles Alemán Gómez; los doctores Lothar Siemens Hernández y Guillermo García-Alcalde; Rafael Nebot Cabrera, Juan Mendoza Rosales, Andrés Megías Pombo, Diego Betancor Hernández y Roberto Díaz Ramos, este último como secretario.
La mayor parte de los integrantes son miembros de la Asociación Wagneriana de Canarias. Daniel Barenboim durante una charla en dicha asociación en el año 2003 afirmó que “el wagnerianismo me molesta, que haya asociaciones wagnerianas me parece malsano porque una asociación wagneriana es como una especie de club que excluye otras cosas. Wagner no se lo merece como persona y como músico no le hace falta". Pero la Universidad ha decidido hacer caso omiso.
La supremacía racial¿Qué tiene Wagner que hace exclamar a Woody Allen aquello de que “cada vez que escucho su música me entran ganas de invadir Polonia”? Tal vez sea la consideración de Wagner de sentirse “el más alemán de todos los alemanes” y traducirlo en una música que suena “grandiosa y germánica” al literato palestino Edward Said. Tal vez sea la imagen que el compositor proyectó como Mesías redentor de la cultura europea, un mito que sus miles de seguidores en todo el mundo no han hecho más que propagar sin desmayo. O tal vez sea por su declarado y nada disimulado antisemitismo, el principal cargo que pesa sobre tan artística cabeza.
Todo comenzó en 1850, cuando la revista
Neue Zeritschrift für Musik abrió un debate sobre el gusto artístico de los hebreos. El asunto, aunque ahora nos parezca rocambolesco, era uno de los estrellas en aquella Alemania, que gozaba de una tradición en la que ya Lutero había llamado a “quemar las sinagogas” y que con el tiempo habría de formar la ideología ‘völkisch’. Personalidades como los hermanos Grimm, Hegel y Schopenhauer profesaron alguna forma de antisemitismo en algún momento de su vida. Wagner fue el más bocazas de todos ellos y uno de los pocos que se atrevió a lanzarse al ruedo, enviando a la revista su célebre panfleto
Das Judentum in der Musik (
Judaísmo en Música) que fue publicado en dos partes los días 3 y 6 de septiembre bajo el seudónimo de K. Freigedank.
Además de atacar sin piedad a los compositores judíos Felix Mendelssohn y Giacomo Meyerbeer, Wagner dejó para la posteridad perlas del tipo “debemos explicarnos la repulsión involuntaria que nos provoca la persona y la manera de ser de los judíos, a fin de justificar esta aversión instintiva que, lo sabemos claramente, es más fuerte y más poderosa que nuestro ardor consciente por liberarnos de ella… El judío reina y reinará mientras que el dinero siga siendo la potencia contra la cual se estrelle toda nuestra actividad y todos nuestros esfuerzos… Lo que nos repugna particularmente es la expresión física del acento judío… El judío jamás poseyó un arte propio, en consecuencia, tampoco una vida suministrando materia al arte. "
El alboroto generado por este artículo fue tal que el editor de la revista, Franz Brendel, fue forzado a renunciar a su puesto en la Sociedad de Profesores del Conservatorio. Pero nada cambió en la mente de Wagner durante los siguientes veinte años, en los que se mantuvo en las mismas tesis, llevándole en 1869 a reimprimir el panfleto, en contra de la opinión de sus allegados. La filosofía del compositor cambia a peor durante los últimos años de su vida, cuando conoce al conde Joseph-Arthur de Gobineau (1816-1882), cuyo deplorable
Essai sur l’inégalité des races humaines trata de dar un barniz científico al racismo de toda la vida y sirve las bases para que Adolf Hitler lleve a cabo sus macabros planes.
No son pocos los wagnerianos que exigen que el compositor sea separado del pensador y que la música quede al margen de los juicios que nos merezca la ideología. Pero han sido precisamente expertos wagnerianos como Millington, Gutman y Zelinsky quienes han encontrado elementos de la supremacía racial y el antisemitismo en obras como
Parsifal,
Die Meistersinger e incluso en la, aparentemente inofensiva,
Tristan und Isolde.
La motivación que tuvo Wagner para significarse como uno de los líderes del movimiento antisemita sigue siendo material de debate musicológico. Para Barry Millington, el origen hay que buscarlo en las propias frustraciones e inseguridades del compositor. “Wagner, el frustrado egoísta, necesitaba un chivo expiatorio más que la mayoría. Su cabeza grande y facciones muy pronunciadas contrastaban con su pequeño cuerpo, lo que le dejaba al borde de la deformidad. A eso unamos el hecho de que el compositor no conocía a su padre, y nunca abandonó la sospecha de que fuera judío… Estamos ante los clásicos ingredientes para un complejo de inferioridad, y está claro que los judíos, cuya reputación era la de personas de éxito, despertaron desde joven la envidia del compositor. Solo faltaba una mentalidad absurdamente irracional y racista que se hiciera eco”.
Sea como fuera, ya para siempre el nombre de Wagner quedó asociado al de la ideología nazi, y así lo recoge el cineasta Hans Jürgen Syberberg que llega a poner en boca de Hitler la frase “mientras se escuche música de Wagner, yo estaré presente”. No es entonces raro que la música de Wagner dejara de tocarse en Israel en 1938, tras la Noche de los Cristales Rotos en Alemania. La tradición se mantuvo hasta el 7 de julio de 2001, cuando el director argentino-israelí Daniel Barenboim al frente de la orquesta de la Staatsoper de Berlín y en el curso de una gira por Israel, se dirigió al público al final de un concierto para informarles de que iba a interpretar un extracto de
Tristan und Isolde, lo que provocó una acalorada discusión.
Este artículo fue publicado el 22/02/2008
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