
Con motivo del inicio de las actividades anuales de la fundación Eutherpe, tuvo lugar en el Auditorio de León un recital de piano a cargo del joven ruso Andrey Yaroshinsky. Nacido en 1986 y residente en Moscú, en cuyo conservatorio estudió y donde se encuentra actualmente realizando un postgrado en la cátedra de la profesora Vera Gornostaeva, Yaroshinsky ha sido premiado en numerosos concursos de piano internacionales celebrados en Grecia, República Checa, Ucrania, Polonia y Austria. En España consiguió el tercer premio del concurso José Iturbi de Valencia en 2006 y en 2008 fue premiado en el concurso Paloma O´Shea de Santander.
Los rasgos de la escuela pianística rusa, de cuyas fuentes bebió y aún bebe este joven artista -recordemos que Gornostaeva fue alumna de Heinrich Neuhaus en Moscú- se ponen de manifiesto en su toque elegante y comedido, con un dominio técnico del instrumento absolutamente arrollador y una seguridad conceptual de las obras que interpreta, siempre de memoria, que sólo es posible conseguir desde la interiorización de las mismas. Yaroshinsky es un gran intérprete y su versión de la
Sonata op. 81a de Beethoven transmitió fuerza, energía y garra. Con algunos detalles ‘románticos’ salpicados por algún que otro gesto efectista, Yaroshinsky consiguió una sonoridad brillante y luminosa en ‘el Regreso’ -último movimiento de la obra- al tiempo que una excelente conducción melódica.
Las
Cuatro piezas para piano op. 119 de Brahms están constituidas por tres
Intermezzi y una
Rapsodia. En la primera de las piezas el intérprete recreó una maravillosa atmósfera evocadora y elegíaca, con una pedalización inteligente y un preciso control de la sonoridad, siempre mantenida entre el
mezzoforte y el
pianissimo. Este clima sugerente continuó en las dos piezas siguientes para dar paso después a un tema muy rítmico en
fortissimo al comienzo de la última, una
Rapsodia. Pero incluso en los momentos de mayor virtuosismo, como el final de esta cuarta pieza, Yaroshinsky se mostró comedido y reacio a cualquier tipo de despliegue o lucimiento gratuitos. La
Rapsodia húngara nº 2 de Liszt, obra con la que concluyó la primera parte, mantuvo el elevado nivel, con una excelente interpretación de la
cadenza virtuosística que Rachmaninov compuso para esta pieza.
Fue Rachmaninov, precisamente, quien abrió la segunda parte del recital con ocho
Preludios seleccionados de entre sus opp. 23 y 32. Yaroshinsky interpretó estas piezas con la autoridad y seguridad que proporciona el dominio del instrumento, con un amplio control del pedal y del tipo de ataque, lo que, unido a una cuidada digitación, le permitió matizar sonoridades y distribuir la melodia entre ambas manos, dejándola fluir con atractiva naturalidad, como ocurrió en el
Preludio op. 23 nº 4. El recital, que concluyó con una excelente versión de la difícil
Fantasía oriental ‘Islamey’, aún contó con hasta cinco propinas de entre las que identifiqué varias piezas de la
Suite Cascanueces de Chaicovsqui, en el arreglo pianístico de Mijail Pletnev.
Este artículo fue publicado el 09/02/2010
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