
Con
Le Nozze sevillano-madrileñas todavía frescas en la memoria, me vine a Salzburgo, donde acabo de ver y escuchar la lectura que, de la misma obra, han hecho la bienavenida pareja formada -en lo artístico, se entiende- por Claus Guth y Daniel Harding. Ambos se cuentan entre las figuras más interesantes del actual panorama lírico, debido a las novedosas y sugerentes lecturas que están realizando del repertorio. Vienen siendo presencias regulares en las últimas ediciones del Festival, muy especialmente ligadas con la obra de Mozart. Guth ha concluido este año la puesta en escena de la trilogía de Mozart y Da Ponte, mientras que Harding, antes de
Le Nozze, ya había dirigido el
Don Giovanni, aunque con la producción de 2006, firmada por Martin Kusej. Puede que la evaluación de los resultados de su trabajo no sea consensual, pero, desde luego, no merece ser ignorada. Advierto al amable lector que, en la medida en que los he ido siguiendo (antes a Harding que a Guth), ha ido creciendo mi admiración por ambos, incluso a pesar de que algunos de sus proyectos me han parecido menos conseguidos que otros. Esta versión de
Le Nozze se cuenta, al contrario, entre aquéllos que me han suscitado el mayor entusiasmo.
En mi opinión, esta puesta en escena de
Le Nozze (que está disponible en DVD, con dirección musical de Nikolaus Harnoncourt) es suficiente para considerar a Guth uno de los grandes registas del siglo XXI. Pasados tres años desde su estreno, ya no necesita ninguna aura de escándalo para justificar su interés. El espacio escénico, en blanco y negro, se sitúa en una mansión con atmósfera ibseniana. Con la excepción del segundo acto, unas escaleras dominan permanentemente el escenario, por lo demás completamente desnudo de cualquier tipo de elemento que no sea puramente arquitectónico (un par de puertas y la necesaria ventana por la que Cherubino huye del dormitorio de la condesa). El guardarropa amplía la esencialidad de los colores elegidos, únicamente modificado por los austeros uniformes verdes que llevan los sirvientes y Barbarina y sus compañeras. En semejante contexto visual, el movimiento y el gesto de los cantantes adquiere una enorme importancia: felizmente, todas las decisiones tomadas en relación a este aspecto son adecuadas. Guth introduce un personaje mudo, Cherubim, un Cupido que se propone como desencadenante de la acción, excelentemente interpretado por el acróbata Uli Kirsch (que se llevó una de las numerosas ovaciones con las que concluyó la noche).

Uli Kirsch (Cherubim) y Gerald Finley (Il Conte Almaviva)
©2009 by Monika Rittershaus
Además de la excelencia desde el punto de vista técnico, lo que interesa destacar es que esta lectura consigue desarrollar los puntos de ambigüedad que contiene la obra, pero sin ejercer ninguna violencia sobre la partitura, ofreciendo una construcción coherente de la acción y todos y cada uno de los personajes. Figaro, para empezar, mantiene su bonhomía y su habitual capacidad de encaje, pero mostrando asimismo sus miedos y sus debilidades. Se sugiere que en la relación entre Susanna y el Conde se puede establecer una correspondencia latente, que versiones más cómicas ocultan por completo. La Condesa es, del conjunto, el personaje mejor conseguido en comparación con otras versiones, en las que aparece desdibujada frente a la asertividad de quienes le rodean. Guth la presenta marcada por la melancolía y la nostalgia de otros tiempos, con un toque trágico y depresivo que le otorgan una grandeza que, como digo, no siempre se muestra. Cherubino también muestra sus sombras: por un lado, como se confirma al final de la representación, es el único que se entrega a Cupido, por otro, es un constante, y también fastidioso, factor de inestabilidad. Figaro y el Conde, en una impresionante escena de sadismo (coincidente con el aria 'Non più andrai, farfallone amoroso'), intentan cortarle las alas, pero Cherubim surge en su ayuda. Como he señalado, en la escena final, este personaje intenta restablecer su amoroso desorden, pero las parejas finalmente reunidas, "
tutti contenti", lo rechazan con vehemencia. Sólo Cherubino responde a su requerimiento… Por el camino, vemos una ópera bufa convertida en un drama psicológico, a lo largo del cual los personajes cambian y evolucionan, mostrando la compleja gama de matices que conforma su carácter.
Luca Pisaroni (Figaro), Katija Dragojevic (Cherubino), y Gerald Finley (Il Conte Almaviva)
©2009 by Monika Rittershaus
Los intérpretes estuvieron a la altura de lo que se le exigía, comenzando por el estupendo Figaro de Luca Pisaroni. A diferencia de lo que ocurrió en la puesta en escena de Sagi, la variedad de las situaciones dramáticas descubiertas por Guth le permitió asombrar a la audiencia con su vasta paleta de recursos vocales y gestuales. A los elogios que le dediqué en mi crítica madrileña, se le puede sumar éste: su extrema sensibilidad y su talento para construir un personaje complejo y creíble. Aunque lo cierto es que lo que acabo de escribir se podría aplicar, con propiedad, a todo el reparto: es raro encontrar un
casting de mérito tan homogéneo y que, globalmente, interprete de forma tan adecuada, ligera y matizada la línea de canto mozartiana. A propósito de Gerald Finley, creo que no se pueden añadir elogios nuevos a los que han venido suscitando sus anteriores presentaciones en el papel del Conde Almaviva. Lo que sí puedo hacer es sintetizarlos: estuvo, simplemente, perfecto. Marlis Petersen fue una segurísima y ágil Susanna, mientras que Dorothea Röschmann compuso el papel de la Condesa de forma impresionante. Katija Dragojevic ha acaparado la atención de la crítica, con su magnífico Cherubino. Por lo que se escuchó en esta representación, la mezzo sueca promete transformarse en una referencia.
Katija Dragojevic (Cherubino) y Luca Pisaroni (Figaro)
© Monika Rittershaus
Daniel Harding, desde el foso, hizo que el tiempo se deslizase con fluidez, en estado de gracia. Su interpretación de los primeros compases de la partitura marcaron el espíritu que se prolongó a lo largo de la representación: planos mantenidos en tensión hasta su resolución, texturas orquestales siempre bellas y clarísimas, motivos y acentos realzados con criterio y en plena libertad, fluidez en el discurso y, finalmente, una complicidad profunda con los músicos (excelente en el equilibrío de todos los dúos, tríos y finales, así como las intervenciones del coro) y con la partitura. Finalmente, la Orquesta Filarmónica de Viena (a quien ya he escuchado muy poco entusiasmada, dirigida por otros maestros, en la misma Haus für Musik) parecía encantada, bajo el efecto mágico de su expresivo gesto.
Este artículo fue publicado el 21/08/2009
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