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La sensación de los buenos restaurantes

Barcelona, 16/05/2010. Gran Teatre del Liceu. Les mamelles de Tirésias. Ópera bufa en dos actos (en su subtítulo reza: Drama surrealista en dos actos y un prólogo). Libreto de Guillaume Apollinaire. Música de Francis Poulenc (estreno: Paris, Opéra Comique, 3 de junio de 1947). Estreno en el Gran Teatro del Liceu. Nueva coproducción del Gran Teatro del Liceu y el Teatro Arriaga (Bilbao). Emilio Sagi, dirección de escena. Ricardo Sánchez Cuerda, escenografía. Gabriela Salaverri, vestuario. Eduardo Bravo, iluminación. Elenco: María Bayo (Therèse / Tirésias / Echadora de cartas), Gabriel Bermudez (El marido), David Menéndez (El director / El gendarme), Gemma Coma-Alabert (La vendedora de periódicos), Thorbjørn Gulbrandsøy (Lacouf / El periodista), Manel Esteve Madrid (Presto), Ines Moraleda (Une grosse Dame) y Marc Pujol (Un monsieur barbu). Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu y Cor Madrigal. Mireia Barrera, director del coro. Josep Vicent, dirección musical. Aforo: 2292; ocupación: 90%
imagen Ironías de la vida: el mismo día en el que el polémico decreto de recortes se aprobaba en el parlamento, con la consabida supresión del cheque bebé, se estrenaba en el Liceu la nueva producción (coproducida con el Teatro Arriaga) de una de las obras más cómicas y “sobrerrealistas” del panorama musical occidental, Les Mamelles de Tirésias, una ópera con música de Francis Poulenc en la que al inicio se proclama: “Escuchad, franceses, la lección de la guerra y cread niños, algo que hasta ahora no habéis practicado mucho”. En el segundo acto uno de los protagonistas se vanagloriará de la concepción de 40.049 criaturas que en esta ocasión -y esperamos sin que sirva de precedente- hubiesen nacido sin la generosa aportación del gobierno.

Si el conocido libreto del “drama surrealista” de Apollinaire no dejaba la más mínima duda de que en el teatro barcelonés se escucharía más de una carcajada, solo quedaba por confirmar la ‘presentación’ final del plato (en directa alusión a la metáfora que el mismo escenógrafo utilizó en la rueda de prensa de presentación).que Emilio Sagi había terminado de cocinar para las dos únicas veladas programadas:

"Siempre tuve ganas de dirigir esta ópera. Su argumento absurdo, una suerte de Ionesco llevado al género del vodevil, es un caramelo para cualquier director de escena, que cuando ve todo esto ya tiene el plato medio cocinado y basta sólo que aderece con alguna especia para servirlo al público"

Si proseguimos en esa misma línea culinaria habría que indicar que a Sagi no le faltaba razón, el plato era único, pero nutrido, pues una sola era la escena que se presentaba, eso sí, tan surrealista como el propio libreto, de tintes inicialmente minimalistas pero asaltada con continuas transformaciones tanto físicas como lumínicas a medida que avanza el hilarante argumento. Todo se circunscribía a un sola habitación con diversos planos en los que interferían las cómicas irrupciones del coro (con papagayos y caracoles incluidos) en un totum revolutum que hizo zarandear, en el buen sentido de la palabra, la atención del espectador.



Fotografía © 2010 by E. Moreno Esquivel / Gran Teatro del Liceo

El papel interactivo del público que se intuía en las declaraciones de la rueda de prensa no fue tal, o al menos el siempre lucido papel de los integrantes del Cor Madrigal no lo llevó hacia esos derroteros, pues se limitaron a expandirse por los pasillos laterales de la platea mientras actuaban, eso sí, con notable desparpajo y corrección.

María Bayo (Thèrese, Tirésias y Echadora de cartas) estuvo generosa con el personaje, y sus conocidos gestos pseudo-quironómicos, que en otros títulos dejan un cierto regusto a sobreactuación, no hacían en este caso sino acentuar la comicidad de un personaje que presenta una dificultad técnica vocal para nada desdeñable, dificultad que la soprano navarra afrontó con el descaro deseado.



Fotografía © 2010 by E. Moreno Esquivel / Gran Teatro del Liceo

El joven barítono madrileño Gabriel Bermúdez (el marido de Thèrese) fue sin duda otro de los grandes aciertos del casting, junto a la citada Bayo y a David Menéndez (El director y El gendarme), ya no solo por sus cualidades vocales -un plácido timbre y un trabajo natural de la voz en todos sus registros-, sino por su perfecto acople a un cambiante rol que le llevó desde el papel de marido perfecto (de Thèrese) -con nutrida musculatura y desnudo integral incluido (ni el primero ni el último de la arena catalana)- a su asunción del rol de mujer repobladora del Zanzíbar, enarbolando una cierta ambigüedad sexual (descaradamente presente en escena) y luciendo un vestido, de una acertada Gabriela Salaverri (vestuario), que de cintura para abajo respondía a los cánones escultóricos de la mismísima Artemisa de Éfeso.



Fotografía © 2010 by E. Moreno Esquivel / Gran Teatro del Liceo

El tratamiento conciliador de la partitura de Poulenc, con una música que no se casa con nadie y que aborda los géneros más dispares, desde el pasodoble a la cantata barroca, tuvo una pulcra respuesta por parte de Josep Vicent, quien en todo momento supo mantener a la música en el plano que le correspondía.

Después de tan rico festín, lo único que supo a poco fue el constatar el hecho de que únicamente serían dos las representaciones, imagino que por temas de calendario. En definitiva, háganse a la idea, me acababan de bajar el sueldo y aun así salí con una sonrisa en la boca… según me han contado esa es la sensación que te dejan los buenos restaurantes.


Este artículo fue publicado el 16/06/2010

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