
Organizar algo conjuntamente con el Colón significa, en los momentos presentes, internarse en una aventura cuyo resultado final es difícil de prever. Eso lo pudo comprobar de manera fehaciente Festivales Musicales. En la semana previa, la Dirección del Teatro había informado la cancelación de este programa, luego se avisó que se haría, pero cambiando una de las fechas previstas y finalmente se llevó a cabo, pero suprimiendo la
Bachiana Brasileña nº 7 de Villalobos que debía anteceder a la obra de Orff y que justificaba la inclusión de esta velada en el ciclo ‘Bach y el Siglo XX’.
¿Cuáles fueron las causas de todas estas marchas y contramarchas? El agravamiento de la disputa entre la Orquesta y las autoridades del Colón por un sinnúmero de razones, en especial la falta de un lugar adecuado para los ensayos o la pésima planificación de los mismos, pero también que la agrupación se vea forzada a realizar presentaciones siempre en ámbitos diferentes, abordando un repertorio sinfónico en franca competencia con las otras dos orquestas de que dispone la ciudad y con innecesarias repeticiones de los conciertos, como si de óperas se tratara, varias veces ante salas casi vacías.
El problema con los ensayos realizados en condiciones impropias ocasiona inconvenientes aún más serios de los que se podría suponer. Según me acabo de enterar, es tal el desorden y la improvisación imperantes que un artista íntegro -el tenor Gustavo López Manzitti- prefirió renunciar a actuar en el
Requiem verdiano antes de verse obligado a hacerlo sin que estuvieran dados lo que él consideró requisitos musicales imprescindibles.
Después de los conflictivos conciertos con Franz-Paul Decker, que colmaron la paciencia de los músicos, la Orquesta se constituyó en Asamblea Permanente, a lo que la dirección del Teatro respondió declarándola "sin actividad" y procediendo a suprimir sus próximas actuaciones, entre ellas las dos que debía realizar para Festivales Musicales. En la misma semana en que éstas debían llevarse a cabo se pudo llegar a un cierto acuerdo, de manera de poder hacer dichas presentaciones, aunque el escaso tiempo de ensayos provocó que Vieu prefiriese eliminar la primera obra y dedicar todos los esfuerzos a la otra. De cualquier forma, la disputa no está superada sino sólo postergada.
Momento del concierto
Fotografía © 2008 by Máximo Parpagnoli. Gentileza del Teatro Colón
Así, huérfana de compañía, la obra más conocida del compositor germano originó una velada de breves dimensiones, si bien los impresionantes medios que mueve
Carmina Burana son motivo más que suficientes para interesar a una audiencia que de nuevo atiborraba la amplia sala del barrio de Belgrano, algo reducida en su capacidad a causa de las varias filas de butacas que debieron ser eliminadas para ubicar la tarima donde se acomodaba la orquesta -ampliada con una numerosa percusión y los dos pianos- mientras el escenario quedaba reservado a los nutridos coros.
La versión que pudimos apreciar tuvo una adecuada dosis de color, ritmo e intensidad. A veces los decibeles parecieron algo excesivos, pero es una página que clama a gritos por un alto impacto sonoro y eso se logró con creces. Vieu la condujo con mano segura, buen pulso -en una partitura plagada de constantes cambios métricos- y un adecuado balance. Se esmeró en especial en acentuar la riqueza tímbrica y los marcados contrastes, pero sin descuidar la precisión y el ajuste, que alcanzaron cotas muy remarcables.
La orquesta realizó un trabajo concienzudo y eficaz, pese a una formidable pifia de los metales en el diseño melódico agudo que culmina la 'Danza' -el único fragmento exclusivamente sinfónico- y algún otro accidente de mucha menor importancia. La cuerda mostró una correcta afinación en todo momento y bastante uniformidad en los golpes de arco, un detalle nada menor. Por su parte, la percusión -considerablemente ampliada y variada- tuvo un arduo trabajo, que realizó con maestría, permitiendo apreciar la inmensa variedad de una paleta tímbrica y dinámica sagazmente empleada por el músico germano. Una vez más -como ya sucediera en el
Réquiem verdiano- el instrumentista a cargo del bombo tuvo ocasión de aplicar sus golpes con máxima intensidad -aunque noté que en este caso empleaba una maza grande, con lo que el resultado era expansivo y prolongado, mientras en la obra sacra había utilizado una baqueta dura y pequeña, con lo que se obtenía un sonido más seco y breve.
El trabajo coral de
Carmina Burana es ímprobo. Además de Coro de Niños, la obra requiere un gran coro mixto al que se añade otro más pequeño -ambos aquí visualmente integrados. Hay un trozo bastante considerable de la partitura a cargo exclusivo de los hombres (todo 'In Taberna') con un número de especial virtuosismo, 'In taberna quando sumus' una
pattern song para coro masculino a tres voces que hacia su final incluye una extensa y muy divertida lista de todos aquellos que beben, aprovechando la onomatopéyica fuerza del vocablo latino
bibit. Aunque alcancé a percibir en este fragmento algún desajuste entre el coro y los metales -rapidamente subsanado- el nivel alcanzado fue digno de admiración. Lo mismo que en buena parte de la dilatada participación de los conjuntos corales, que se mostraron empastados, macizos y equilibrados. Mención especial para los niños, con una labor firme, afinada y de incisiva sonoridad.
Los tres solistas vocales tienen una tarea dispar. Bastante extensa y exigente la confiada al barítono, algo menos dilatada pero igualmente dificultosa la de la soprano y muy breve la del tenor, reducida a una única aria. Comenzando por este último, debo confesar que lo realizado por Eduardo Ayas me resultó bastante decepcionante. El fragmento que debe abordar, 'Olim lacus colueram' es de tono extremadamente paródico, con un singular acompañamiento del registro más agudo del fagot, un clarinete píccolo en mi bemol y trémolos de los trombones, para mostrar el sufrimiento del cisne asado y debe ser cantado casi en su totalidad en falsete, lo que el tenor no hizo: un serio desliz de quien tuvo a su cargo la preparación previa. Así, la labor de Ayas en un registro inclemente se oyó forzada en extremo.
Laura Rizzo durante el concierto
Fotografía © 2008 by Máximo Parpagnoli. Gentileza del Teatro Colón
La tarea de Laura Rizzo fue muy positiva. Tiene atractivos medios canoros, buena afinación a la vez que agradable timbre y color. Además, es muy segura y no se arredró ante los riesgosos sobreagudos de su parte -sobre todo en 'Dulcissime'. Me llamó mucho la atención que no estuviera en su lugar desde el inicio de la obra, prefiriendo ingresar poco antes de su primera intervención. Afortunadamente el público estuvo muy respetuoso al no aplaudirla en su aparición, lo que hubiese
atentado contra la continuidad de la obra.
Es indudable que el barítono tiene una participación bastante importante, con tres trozos a solo, otros tantos junto al coro masculino y uno con la soprano y el coro de niños. Gustavo Feulien, un nombre en ascenso al que he tenido oportunidad de juzgar auspiciosamente desde este medio en un par de oportunidades reemplazó a quien estaba anunciado en el programa de mano: desconozco por que motivos. Eso sí, el detalle debería haberse anunciado por megafonía en la sala, ya que mucha gente -me consta- no leyó la cuartilla que se entregaba al entrar donde figuraba su nombre junto con el anuncio de que no se tocaba la obra de Villalobos. Feulien realizó una excelente labor, con una voz importante, pareja y bien colocada, luciendo en el 'estuans interius' con que se presenta pero más aún en 'Dies, nox et omnia' donde debe intercalar pasajes cantados de forma normal con otros en falsete, una alternancia que realizó de manera impecable.
El ruidoso y prolongado aplauso de un público muy entregado movió al director, luego de las tandas de saludos de costumbre, a bisar el impactante 'Fortuna Imperatrix Mundi' que cierra (en rigor de verdad, abre y cierra) la imponente partitura.
Este artículo fue publicado el 29/07/2008
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