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Desde la inmanencia

Berlin, 27/05/2005. Philharmonie, Berlin. Berliner Philharmoniker; Renée Fleming, soprano; Claudio Abbado, director. Programa: Sieben fruhë Lieder de Alban Berg, y Sinfonía nº 4 de Gustav Mahler
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Las visitas de Claudio Abbado a Berlín suponen la certeza de algo extraordinario. El concierto del pasado día 27, intuyo los otros dos también, fue la constatación de que nos hallamos ante el director de referencia de una actualidad con frutos escasos, pero que con su sola presencia justifica otro momento histórico de plenitud en el devenir musical. Términos como perfección, coherencia, rigor intelectual y capacidad pática encuentran en lo escuchado en la Philharmonie su encuadre incontestable; no sólo por la intervención del individuo Abbado, sino porque en  la extensión fenomenológica de la música en tanto conciencia constructiva supraindividual, todos los actantes: Berliner y Renée Fleming se fundieron para conformar la superación de lo ideado por los compositores.

Esta premisa laudatoria nos conduce en primer lugar a un breve apunte sobre el contenido programático que une dos claves fundamentales en la música del siglo XX, como son: Berg y Mahler. Ambos con tantos puntos de unión y algún desencuentro, que su exposición conjunta viene acompañada de grandes iluminaciones . Los Sieben frühe Lieder, compuestos entre 1905 y 1907 y orquestados en 1928 contienen por una parte la influencia estructural de un Debussy observado desde la descomposición tardorromántica, por la otra el sonido de una orquesta que ha asumido presupuestos vanguardistas. La interpretación fue un prodigio de expresividad que Abbado iba ramificando desde la voz, nunca grande, pero intachable en todo lo demás de Fleming. Composición desde en núcleo, con la 'discreción' que la música bergiana exige en su deriva hacia lo interior. Nostalgia impresa hasta en la ensoñación que Abbado se encargó de hacer llegar hasta nuestras conciencias, con una orquesta articulada y flexible que a veces encerraba la voz en una cárcel transparente.

La Cuarta sinfonía de Gustav Mahler fue presentada desde la inmanencia. No estábamos ante el pequeño teatro donde desfilan las vivencias, pensamientos y recuerdos que forman el entramado musical mahleriano, sino ante una presentación en tiempo real que pretende arrancar al compositor desde su “esencia” para  retornarlo a ella de forma implacable. Lo popular intelectualizado a través de la conciencia es abstraído para despojarlo de cualquier tentación melodramática, pero configurado en un máximo de expresividad y pathos. Todo se resuelve en la aparente contradicción de que cuanto más abstracto  más real y  todo ello sintetizado en el optimismo complejo de la certeza existencial. No hubo esencias pastorales y la Apologie der Natur se centraba  en una visión despojada de formas concretas , oscilando en una lábil  frontera instalada en la viviencia, algunas veces feliz, como en la infancia.

Primer y segundo movimientos prodigiosos en exposición, llevando al límite el diálogo instrumental e integrando las reexposiciones temáticas con la frescura de un descubrimiento continuo. En el tercero, “Ruhevoll” se alcanzó la cima de expresividad en el lenguaje mahleriano: imposibles pianissimi, diminuendi y morendi que parecían apropiarse de nuestra respiración. La potencia física de la música se manifestaba desde lo inesperado para poder sólo concluir en la delectación de los placeres celestiales y así nos lo comunicó Renée Fleming, con su equilibrio entre humanidad y perfección.

Todos nos dimos cuenta de que lo que habíamos escuchado superaba cualquiera de nuestras expectativas, no tanto porque no pueda hacerse un reproche o crítica acertada desde una poética propia, sino porque no comprender estéticamente desde la síntesis este acontecimiento significaría eludir una responsabilidad intelectual, a la que lamentablemente muchas veces solo nos liga lo negativo.



Este artículo fue publicado el 03/06/2005

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