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El Concierto para piano y orquesta de Granados

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Enrique Granados es internacionalmente valorado como uno de los compositores más importantes del nacionalismo musical español de la segunda mitad del siglo XIX y reconocido como uno de los más grandes pianistas de la edad de oro del piano de todo el mundo, representativo, junto con Ricard Vinyes, Joaquim Malats e Isaac Albéniz, del pianismo español de finales del XIX y el principio del XX.

Pero, desgraciadamente, lo que no es tan conocida es su faceta como compositor de música sinfónica. Casi después de 100 años de su trágica desaparición, la música orquestal de Granados permanece totalmente desconocida, inédita y sorprendentemente incorrupta. Eso sin embargo, tiene una explicación histórica que no nos puede dejar indiferentes.

A finales del siglo XIX la mayor parte de los compositores-intérpretes españoles, como es el caso de Granados, se veían obligados a componer un estilo de piezas adecuadas a las exigencias del público de la época, un público que consumía preferentemente música en los salones privados y en los cafés, donde intérpretes como Granados, Casals, Malats o Vidiella interpretaban sus piezas para acompañar las largas veladas y tertulias de la sociedad acomodada del momento.

Esa sociedad no estaba preparada para escuchar las piezas de gran repertorio, ya que éste no era en ningún caso apropiado para la función predominante que la música denominada seria o culta desarrollaba durante la época. Las grandes formas musicales, como la sonata o el concierto, tenían un contenido habitualmente demasiado erudito para satisfacer las necesidades, muchas veces simplemente comerciales, de las cafeterías más burguesas del momento, que contrataban cuartetos de cuerda o pianistas para amenizar la estancia de sus clientes y aumentar así el volumen de negocio del establecimiento.

Granados, en nuestro caso, no pudo escapar de esa moda, que se convirtió en necesidad, ya que de alguna manera, como a otros muchos, le ayudaba a ganarse la vida y, en casos puntuales de extrema necesidad, a ayudar económicamente a su familia. No olvidemos tampoco que las revistas musicales de suscripción exigían que las obras que publicaban para disfrute de sus lectores, habitualmente escritas para piano, tuvieran una duración limitada, más bien corta, que permitiera introducirlas entre las noticias artístico-musicales del momento. Es así como nacen muchas de las obras que Granados dedicó a su instrumento: el piano. En algunos casos incluso colecciones de obras, como las célebres Danzas Españolas, o de otras como las Escenas Románticas, los Valses Poéticos, etc.

Pero este hecho empezó a cambiar definitivamente cuando Enrique Granados pudo abrir su propia escuela de música, la Academia Granados, que vio la luz en 1901, circunstancia que le empezó a proporcionar una estabilidad económica suficiente para no tener que depender más de las exigencias estilísticas y formales de las obras que hasta entonces le habían aportado los ingresos básicos de su economía familiar.

A partir del momento en el que Granados se ve inmerso en una estructura académica propia, que fundamenta su medio de subsistencia familiar, inicia un nuevo camino musical que lo llevará a cambiar tanto de géneros como de estilo. Por primera vez no tendrá ninguna atadura que le impida escribir simplemente para sí mismo o por el mero hecho de dedicar una obra a un colega suyo. Por fin su faceta de compositor gana una libertad universal que rompe con todo el pasado que se ha visto obligado a vivir hasta entonces.

Es en ese momento cuando Granados comienza a escribir para orquesta e incluso sus obras pianísticas se hacen más orquestales que nunca. El punto culminante de esa tendencia lo vemos reflejado en la Suite para piano que más tarde se convertirá en su ópera Goyescas y que le catapultará a una fama mundial tras su estreno en el Metropolitan Opera House de Nueva York el año en que murió, en 1916.

Es curioso, sin embargo, que la mayor parte de las obras orquestales de Granados escritas a partir de 1900 permanecen todavía inéditas y no se han publicado nunca hasta el día de hoy, con las excepciones de Goyescas, el poema sinfónico Dante y alguna obra lírica menor como es el caso de El Fullet.

El hecho es que Granados, a falta de publicaciones, ediciones y estrenos de sus obras orquestales y de cámara, ha ganado la fama injustificada de compositor de obras para piano que no tiene los conocimientos ni la técnica suficientes para abordar obras de gran formato o simplemente obras orquestales. Eso es completamente falso. Una vez he tenido la oportunidad de estudiar a fondo la obra sinfónica de Granados, he llegado a la evidencia de que todas esas falacias e ideas sobre él carecen totalmente de fundamento.

El caso que nos ocupa, su Primer Concierto para piano y Orquesta, subtitulado con el sobrenombre de Patético, es un claro ejemplo de ello. Granados no sólo posee un gran conocimiento de la forma, como lo demuestra el hecho de que tan sólo el primer movimiento del concierto ya dura casi veinte minutos, sino que el tratamiento de la orquestación y su concepción del género concierto, aparte de ser muy propia, escapa totalmente de lo que Granados había escrito hasta entonces. Ello comportaba la necesidad de dominar perfectamente la escritura orquestal, así como el tratamiento y conocimiento de los instrumentos y la orquestación, elementos que había adquirido gracias a la experiencia personal como pianista solista y, en ese momento también, en la faceta de pedagogo, a través de los conciertos de Beethoven, Chopin, Liszt, Saint-Saens, etc, que hacía estudiar a sus alumnos.

Consideraciones del revisor

El hallazgo del manuscrito inédito que Granados tituló Primer Concierto para Piano y Orquesta, conservado en los archivos de la Sección de Música de la Biblioteca de Catalunya en Barcelona y catalogado recientemente dentro del Fondo Granados, es la prueba musicológica más importante que permite no sólo reescribir la biografía de Granados sino también definir, considerar y catalogar con propiedad la obra de uno de los grandes compositores internacionales que ha dado nuestro país.

Pero lo más interesante de todo es poder hacer justicia a una obra que Granados dedicó a su colega y gran amigo, el compositor francés Camille Saint-Saens, con el que había colaborado muy activamente en 1908, y que no pudo terminar debido a los encargos importantes que recibió a partir de 1911 a propósito de la Ópera Goyescas, que lo mantuvieron ocupado hasta el estreno de la obra. Su muerte inesperada en 1916 truncó definitivamente ese proyecto. Por tanto, con mucha seguridad, la fecha de composición del Concierto para piano se encuentra entre los años 1909-1910, justo después de interpretar el concierto núm. 5 Egipcio de Saint-Saens, bajo la dirección del mismo compositor. Como muestra de agradecimiento, le dedicó lo que él esperaba que fuera el "Primer" Concierto para piano.

El manuscrito original, que consta de tres documentos separados, está custodiado en la Biblioteca Nacional de Catalunya. Consta de dos partituras para dos pianos, una de ellas mucho más completa (llega hasta el inicio de lo que él denominó segundo movimiento con cifras romanas), y otra partitura de orquesta que contiene unos 70 compases, en la que se puede apreciar claramente la plantilla orquestal. A primera vista parecen tres documentos diferentes, pero cuando se estudian atentamente, se comprueba que cuadran perfectamente, ya que los compases que Granados deja en blanco en la partitura de orquesta se complementan exactamente con la parte de piano de la partitura hológrafa para dos pianos que refleja la reducción orquestal.

Ese manuscrito es el que me ha servido para averiguar dónde acababa el primer movimiento y donde empezaba el segundo, del que sólo se ha conservado una página a lápiz que no constituye material suficiente para desarrollar un segundo movimiento, tal como era la intención de Granados.

Para darle la forma definitiva en tres movimientos, como era común en cualquier concierto romántico de la época y como parece también que era la voluntad de Granados, he optado por la solución de incorporar un segundo y un tercer movimientos a partir de obras para piano de Granados. Estas obras son la Danza núm. 2 "Oriental" y el Capricho español, que forman el segundo movimiento, y el Allegro de Concierto íntegro, que constituye el tercero. Consideré que por el contenido musical del primer movimiento y por el estilo, la duración y las influencias que se pueden encontrar en él (Liszt, Chopin, Schumann), las piezas más adecuadas para completar la estructura del concierto debían de ser aquellas que menos representaran el sentido y el espíritu nacionalista español, tan vinculado al estilo y al género pianístico de Granados. El hecho de dejar el primer movimiento solo, tal como está, no corresponde a la voluntad artística y compositiva de Granados, que claramente señala en su manuscrito el Andante que corresponde al segundo movimiento que ya no terminó. Por otra parte, el hecho de que Granados no acabara la orquestación y dejara el final del primer movimiento inacabado, aunque haciendo referencia explícita a "atacar" el segundo sin pausa, me ha obligado a seguir a través de una lente de aumento el boceto que más o menos se intuye entre las páginas que dejó completamente en blanco hasta la primera y única página del segundo movimiento.

Los criterios que he utilizado a la hora de elaborar el final del primer movimiento inconcluso, así como la falta de orquestación y de indicadores que pudieran aportar alguna otra solución al problema, están basados en cuestiones armónicas, melódicas, contrapuntísticas y estructurales, que respetan escrupulosamente el número de compases que Granados pautó exactamente hasta la doble barra que indica el final del primer movimiento y el comienzo del segundo.

Debido al tipo de final que propone Granados y a la falta de material que impide enlazarlo con el segundo, he optado por no conectar el primer movimiento de Granados y el segundo, que he escrito yo mismo sobre música del compositor. De esta manera se hace mucho más evidente que el 90% del primer movimiento es de Granados y que todo lo demás tiene la finalidad de equilibrar el sentido estructural de la obra para respetar la voluntad el compositor de escribir más de un movimiento. De esta manera el resultado es una obra acabada, que puede presentarse en público con un sentido lógico y coherente a nivel musical y que sigue criterios de restauración musical y técnicas musicológicas ampliamente conocidas y aceptadas a nivel internacional.



Este artículo fue publicado el 28/07/2010

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