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Gala Puccini

Las Palmas de Gran Canaria, 16/12/2008. Teatro Pérez Galdós. Conciertos Homenaje a Puccini: un proyecto de Mario Dradi. Ivan Stefanutti: Director de Escena y Vestuario. Ezio Antonelli: Diseño de Proyecciones. Marco Nateri: Asistente de dirección. 16 de diciembre de 2008. Los Tenores (Joseph Calleja, Vittorio Grigòlo, Valter Borin, Mario Malagnini). 17 de diciembre de 2008. Las Sopranos (Raffaella Angeletti, Cristina Gallardo Domás, María Guleghina, Irina Lungu, Paoletta Marrocu). Voces secundarias: Marco Berti (Tenor), Matteo Barca (Tenor), Maria Cioppi (Soprano), Antonio De Gobbi (Bajo), Elia Fabián (Barítono), Alessia Grimaldi (Soprano), Fabricio Mercurio (Tenor), Simona Piazzola (Barítono), Rossana Rinaldi (Mezzosoprano), Giuseppe Riva (Barítono), Antonio Trejo (Tenor). Elu Arroyo: en el papel de Giacomo Puccini, como narrador. Paolo Ballarin: (piano). Coro de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria (Luís García Santana: Director del Coro). Orquesta Filarmónica de Gran Canaria. Pier Giorgio Morandi: Director musical. Temporada 2008/2009
imagen La concepción y planificación de estos dos conciertos responden a las expectativas propias de la idiosincrasia del mundo de la ópera, donde el divismo o el culto a la imagen -ya sea del compositor o de los cantantes- constituye el principio esencial de un universo que para muchos no tendría razón de ser si su planteamiento fuera muy distinto. Por otro lado, en el terreno estrictamente musical, debemos hablar de la importancia dada a esos momentos brillantes que salpican a toda ópera, especialmente italiana o francesa, como son las arias. Un elemento, en ocasiones, inadecuadamente definitorio de la valía de toda una ópera, erigiéndose en verdadero referente -cuando no el único- para todo aficionado medio. Bien es cierto que en el caso de Puccini este factor es realmente excepcional, porque muchas de sus arias son creaciones perfectamente ensambladas, completas y autosuficientes, verdaderas joyas que poseen un valor añadido más allá del característico lustre asignado a este tipo de piezas.

Esta visión, tan particularista y deformadora de la creación artística-musical, es la que permite el surgimiento de fenómenos mediáticos como el concierto de los tres tenores o la creación de experimentos como el que aquí nos ocupa. A través de dos conciertos claramente diferenciados tanto en sus planteamientos como en la calidad de sus resultados se nos ofreció la oportunidad de realizar un recorrido por esos puntos álgidos de la creación pucciniana.

El primero, dedicado a los tenores, situó al público ante la amarga realidad de una ceremonia muy alejada de las expectativas creadas para la ocasión. El respetable tuvo que afrontar un espectáculo carente del lustre que debía merecer el homenajeado, con una realización que tanto por su inexistente planteamiento escénico, como por su tratamiento musical, creó dudas sobre la adecuada preparación del mismo, cerniéndose sobre todos la sospecha del carácter improvisado de lo que estábamos presenciando. Por su parte, la irregularidad de los resultados obtenidos en el apartado vocal contribuía a aumentar aún más la desazón y el desconcierto. Aquí, según lo escuchado, sólo merece destacarse la actuación del tenor lírico ligero, Joseph Calleja, de perfecta afinación y timbre argénteo, magníficamente inspirado en ‘Recóndita armonia’, aria de Tosca por la que recibió una de las principales ovaciones de la noche, y la del joven italiano Vittorio Grigólo, de claro fraseo, muy entregado y convincente en el aspecto dramático así como sobrado en el registro alto de su tesitura. Los otros dos tenores principales, Valter Borin y Mario Malagnini, suplieron -no con cierta dificultad- la ausencia por enfermedad de las voces inicialmente previstas para la ocasión. El escaso volumen de sus respectivos instrumentos, así como el acusado trémolo y los problemas en el ataque, con unos glissandi defectuosos en Borin, o un molesto entubamiento en la emisión de los agudos de Malagnini, no les permitió estar a la altura de tan señalada ocasión. Finalizaba esta triste velada de manera un tanto ramplona y chabacana, con una desaforada interpretación -a modo de bis- de ‘Nessum dorma’, con los cuatro tenores cogidos de la mano y la oportuna estridencia orquestal, imagen toda ella de lo que ya es un lugar común dentro de la nueva ópera-show.

Distintas fueron las cosas durante el segundo concierto. Si el primero fue un ‘simple relleno’, la noche dedicada a las sopranos cumplía con la voluntad expresada en el título que engloba ambas veladas, depositándose en la misma todo el esfuerzo y empeño creativo necesario para dotar de mínima cordura toda propuesta presentable. La mirada retrospectiva y afectuosa dirigida por un Puccini enfermo -modestamente interpretado por Elu Arroyo- hacia las heroínas de sus óperas, hacia las mujeres de su vida, servía como hilo conductor a la sucesión de las arias, cuyas interpretaciones eran ambientadas por medio de efectos visuales y proyecciones cinematográficas antiguas y un vestuario que reproducía fielmente el utilizado en su día en los estrenos. Momentos estelares que iniciaban su recorrido con Le Villi, para terminar con el aria de Liù ‘Tu che di gel sei cinta’, de Turandot, interpretada con exquisito cuidado -como cabía esperar- por Cristina Gallardo-Domás.

La soprano chilena, recientemente galardonada con el Premio Internacional Puccini, era uno de los principales reclamos de este concierto. Sus diferentes intervenciones dejaron constancia del porqué de este premio, mostrando una sobrada maestría, tanto vocal como interpretativa, a la hora de encarnar a una candorosa Mimì -a pesar del acusado vibrato- a una Suor Angelica de contenida desesperación con un ejemplar uso del fiato en ‘Senza mamma’ e igual loable empleo de las inflexiones de la voz para plasmar la crudeza del drama personal en ‘Un bel di vedremo’, de Madama Butterfly, papel con el que ha cosechado numerosos éxitos y que contribuyó a su definitiva proyección internacional.

Las apariciones de Cristina, sin embargo, no llegaron a eclipsar las de sus compañeras de reparto. Porque, si algo más tuvo a su favor este segundo concierto fue la buena y homogénea calidad exhibida por el plantel de voces con las que se contó para la ocasión. Destacamos, de todas ellas, el timbre oscuro y con cuerpo de la voz de María Guleghina en su estremecedora interpretación de ‘Vissi d´arte’, o la poderosa emisión de la que hizo gala su instrumento en ‘In questa reggia’ de Turandot, y la muy entregada actuación de Paoletta Marrocu, con el adecuado aporte de la paleta expresiva que le permite su tesitura en el aria de Manon: ‘Sola…perduta...’ y después en la intensa escena del suicidio de Ció Ció San. Actuaciones que aportaron el adecuado lustre a una noche que, por desgracia, se cerraba con una nueva concesión al show gratuito y empalagoso, a la sensiblería efectista, superficial, con una escena de despedida que nos mostraba a Puccini recibiendo el abrazo de sus heroínas mientras se escuchaba el melancólico y emotivo coro a boca cerrada, de Madama Butterfly. Una lástima.


Este artículo fue publicado el 02/01/2009

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