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C’est magnifique? (pas trop, vraiment)

C’est Magnifique! Roberto Alagna sings Luis Mariano. Cole Porter: C’est Magnifique!; I Love Paris (dúo con Jean Reno); Raymond Vincy/Francis Lopez: Mexico, Rossignol de mes amours, Quand on est deux amis (dúo con Elie Semoun), de ‘Le Chanteur de Mexico’; Marcel Cabridens-Maurice Vanderhaeghen-Raymond Vincy/Francis Lopez: La Belle de Cadix, Maria Luisa, de ‘La Belle de Cadix’; Francis Lopez-Jesús María Arozamena-Mireille Bracey/Francis Lopez: Zambra Gitana, L’Amour est un bouquet de violettes, de ‘Violettes Impériales’; Noel Roux/Armand Canfora-Noel Roux: Salade de fruits; Raymond Bravard/Collette Mansard: Aïe, pourquoi on s’aime? (dúo con Arielle Dombasle); Inez James, Larry Russel, Buddy Pepper: Vaya con Dios. Roberto Alagna, tenor. Paris Symphonic Orchestra. Yvan Cassar, dirección, arreglos y producción artística. Productor ejecutivo: Yann Ollivier; ingeniero de sonido: Benjamin Caillaud. Un disco compacto DDD de 39 minutos de duración, grabado en diversos estudios de París entre diciembre de 2004 y julio de 2005. Deutsche Grammophon 00289 477 5569
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¡Buena la hicieron Caruso, Gigli y los demás! Desde ellos, todos los tenores que en el mundo han sido han tenido sus devaneos con el repertorio popular, ligero, o como quieran llamarle. Pero el caso es que eso del crossover no es tan fácil como parece, y el hecho de que ese camino no se suela recorrer a la inversa (lo de Barbra Streisand fue una vez y no más) no quiere decir que todos los tenores que lo intenten salgan bien parados, que clamorosos ejemplos hay tanto de aciertos plenos como de fracasos vergonzantes.

El parisino Roberto Alagna (Clichy-sous-Bois, 1963) reúne, sobre el papel, algunas condiciones para atreverse con esta aventura: por de pronto es tenor -como Luis Mariano-, es francés -la lengua en la que mayormente cantaba el de Irún-, y está en la cresta de la ola -a los segundones las compañías discográficas no les permiten estos caprichos. Pero me temo que a partir de aquí las piezas del rompecabezas dejan de encajar. Porque de la misma forma que hoy no se entienden las interpretaciones barrocas y clásicas que no estén ‘históricamente informadas’, en el repertorio popular aún está pendiente una revolución equivalente. Y esa revolución debe consistir sobre todo -igual que la historicista- en el cuidado del estilo.

Luis-Mariano Eusebio González (1914-1970), que se refugió con su familia en Francia cuando la Guerra Civil y estudió canto en el conservatorio de Burdeos, desoyó los cantos de sirena que le tentaron con dar el paso a la ópera y se mantuvo siempre exitoso en su género de ‘variedades’, que incluía desde la canción popular hasta la opereta francesa, pasando por el tango. De ese modo pudo perfeccionar un estilo que, sin dejar de mostrar una voz luminosa y muy bien educada -emisión acertadamente colocada, dicción clarísima-, se basa en un fraseo sutil pero no amanerado y en el buen gusto imprescindible para resultar próximo y seducir al público.

Así pues, el primer problema de Alagna en este disco no es tanto su chorro de voz -enorme, comparado con el Luis Mariano- cuanto un estilo inadecuado, por confiar exclusivamente en eso, en su fuelle, y descuidar casi todo lo demás. Alagna intenta caer bien, como siempre, pero más que eso el resultado es un cierto apabullamiento y una falta de espontaneidad que casa poco con estas músicas. Escúchese, por ejemplo, a uno y a otro en La Belle de Cadix –que fue la tarjeta de visita de Luis Mariano-, o en Maria Luisa para comprobarlo. La prueba del nueve es que la interpretación de Luis Mariano se puede escuchar más de una vez; la de Alagna... al final uno agradece que la cosa dure apenas cuarenta minutos.

Y el segundo es que estas exageraciones sólo sirven para hacer más grande la distancia que hay entre las obras de Francis Lopez -el compositor más ligado al quehacer de Luis Mariano-, y las de Cole Porter -uno de los más grandes autores de canciones de todos los tiempos-. Con el agravante de que Alagna tampoco acierta en C’est Magnifique! ni en I Love Paris, porque aquí la competencia es verdaderamente feroz -quédense ustedes con la guasa de Maurice Chevalier para la primera, y con la elegancia de Frank Sinatra para la segunda-, y porque su falta de naturalidad en este repertorio queda dramáticamente en evidencia.

A ello coadyuvan unos arreglos auténticamente lujuriosos, pero por lo mismo exagerados (es como si alguien pretendiera cantar un bolero acompañado por la orquesta del ‘Tropicana’ al completo), que no obstante se permiten un divertido guiño a la conexión cíngara del jazz francés (Django Reinhardt y Stéphane Grappelli vienen fácilmente a la memoria) en I Love Paris. Por lo demás, el sonido de la grabación es de primera categoría; y en cuanto a las notas de la carpetilla, no se molesten en leerlas porque se dejarán ustedes las pestañas en un texto de caracteres diminutos sobre fondo negro con citas intrascendentes de Alagna acerca de sus impresiones de Luis Mariano.



Este artículo fue publicado el 07/12/2005

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