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Viena y América

Charles Tomlinson Griffes: Roman sketches, op. 7. Erich Wolfgang Korngold: Symphonic serenade. op. 39. The London Symphony Orchestra. Simone Pittau, dirección. Productor, Craig Leon; ingeniero de sonido, Jonathan Allen. Un disco compacto DDD de 59,21 minutos de duración, grabado en el Estudio 1 de Abbey Road, Londres, en enero de 2004. ASV Gold 4020. Distribuidor en España: Diverdi
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Dos compositores estadounidenses, uno de nacimiento y otro de adopción, son los protagonistas de este CD. Alumno de Humperdinck en Berlín, Charles Tomlinson Griffes (1884-1920) fue coronado por la crítica local como el mejor impresionista del país, pero la parca se cebó con él, muerto a los 35 años; quién sabe hasta dónde podría haber llegado en su madurez. Su estilo recuerda sin duda a Debussy, pero también apunta a Schreker, a Zemlinsky o a Scriabin. Teniendo en cuenta que al propio Debussy le molestaba el adjetivo impresionista, habría que calificar a Griffes más bien como a un músico ecléctico, atento a las tendencias musicales europeas, que es lo mismo que decir mundiales. Su instrumento fue el piano, para el que compuso su música, luego orquestada por él mismo.

La obra que nos ocupa, Roman Sketches, la terminó de orquestar Craig Leon en 2004. Se trata, pues, de la primera grabación mundial de dicha obra en versión totalmente orquestada. Se compone de cuatro partes claramente diferenciadas: ‘El pavo blanco’, ‘Anochecer’, ‘La fuente de Aqua paola’ y ‘Nubes’. El poema sinfónico está basado en versos de Fiona McLeod, seudónimo de William Sharp; sin embargo, la estructura a cuatro lo asemeja a una sinfonía: primer movimiento denso en contenido, aunque claro y transparente en sus armonías; segundo movimiento -el más largo de los cuatro- todavía más difuso, de estructura fluctuante; tercer movimiento, por contra, el más corto, un moderno scherzo, con su contraste interno; el cuarto, finalmente, cierra el ciclo a semejanza del primer movimiento, con sus armonías etéreas, propias de Debussy y de su título, ‘Nubes’. En conclusión, música muy interesante de un compositor muy dotado que conviene no sólo conocer, sino también disfrutar.

Otra cosa muy diferente es la Serenata sinfónica para orquesta de cuerdas (64 instrumentos) de Erich Wolfgang Korngold (1897-1957), escrita en 1947. Si su modelo es, naturalmente, la archiconocida Serenata de Chaicovsqui, hay que decir que el lenguaje de Korngold, aun dentro de la música tonal, contiene numerosas disonancias y recursos propios de la Nueva escuela de Viena, la Viena para cuya orquesta -los Wiener Philharmoniker, en concreto su sección de cuerda- compuso Korngold la Serenata; la Viena, en fin, que había tenído que abandonar años atrás. El estreno fue en la capital austríaca el 15 de enero de 1950 con Wilhelm Furtwängler al frente de los filarmónicos.

El primer movimiento es un 'Allegro moderato, semplice'; el segundo, 'Intermezzo: allegro molto'; el tercero, 'Lento religioso'; el cuarto, 'Finale: allegro con fuoco'. La estructura de la Serenata se ciñe, pues, al modelo sinfónico de otro vienés de adopción, Bruckner, con el scherzo en segundo lugar y el adagio en tercero. La obra es el fiel reflejo de un consumado maestro de la música en su madurez, madurez de corta duración, pues la muerte lo esperaba sólo diez años más tarde. La estructura interna es también clásica, con una forma sonata encubierta en el primer movimiento y una fuga en el rondó finale, que se cierra cual se cerraría un cuarteto de Haydn, otro vienés.

Korngold fue un maestro de la melodía, como se demuestra en la presentación del primer movimiento o en la introducción del lento; pero también fue un magnífico orquestador, como se observa en el final de ese tercer movimiento, cuando aparece la reexposición en la lejana tonalidad de Fa sostenido mayor a diez voces. Obsérvese atentamente el magnífico efecto de contraste entre el alegre pizzicato que domina el ‘Intermezzo’ y las notas largas mantenidas en amplias arcadas del ‘Lento religioso’; o el contraste entre los tutti y las voces reducidas a los primeros atriles en pianissimo. No merece Korngold, de ninguna manera, el apelativo despectivo de músico de películas, pues escribió mucha música y muy buena, que merece ser interpretada y justamente valorada, como es el caso de esta Serenata sinfónica.

El sardo Simone Pittau sabe crear una atmósfera ciertamente interesante, tanto en la obra del joven Griffes como en la del maduro Korngold. La Sinfónica de Londres se muestra a la altura de las circunstancias, muy bien en los diversos solos de madera, trompas y cuerdas, así como en los tutti, poderosos y sonoros, en la obra de Griffes. En la de Korngold, si bien no pueden competir con el color, delicadeza o aura de Viena, Berlín o Dresde, la cuerda de Londres hace gala de un notable ejercicio de empaste y precisión. El sonido del CD, como era de esperar, es impecable.

Este disco ha sido enviado para su recensión por Diverdi



Este artículo fue publicado el 07/08/2006

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