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Louis Moreau Gottschalk (2)
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La guerra y el viaje a San Francisco

Transcurría el año de 1861. Moreau amaba su Luisiana, pero odiaba la esclavitud. Antes de salir de Cuba juró lealtad a Lincoln y a la causa unionista. Uno de sus sobrinos luchaba en el ejército de la Confederación y otro en el de la Unión. El conflicto fratricida podía compararse pues, con la inquietud de su propio corazón. 

   Empezaron esos años que lo llevaron a jactarse de la cantidad de kilómetros recorridos y a describir detalladamente en su diario las tribulaciones de sus giras de conciertos: "La sola vista de un piano me erizaba el cabello  y me hacía sentir como la víctima en presencia de la  rueda en la cual va a ser torturada". Dejó constancia satisfecho de la existencia de buenos hoteles, de comodidades en los trenes (que lo hicieron rendir tributo "al espíritu creador de los norteamericanos"), de magníficas salas de concierto y de públicos entusiastas. Aunque, por lo menos una vez, su diario  revela: "Nada de público y nada de aplausos. Cuando íbamos a comenzar, el hombre encargado del gas nos avisó que a las nueve todas las luces se apagarían".  Escribió agradecido sobre los anfitriones bondadosos que lo alojaron algunas veces y lo relevaron de la sensación de que "fuera de la relación indirecta con la boletería, ningún lazo ata al artista a quienes lo rodean". Y, por supuesto, disfrutó del diario encuentro con la interesante historia de su país.

    Pero ¿por qué seguía esa vida de nómada? En sus épocas intermedias como profesor en las Antillas o en Nueva York obtuvo satisfacciones personales y elevados  honorarios y atrajo a alumnos muy bien dotados.

La docencia

En Nueva York, alrededor de 1861, Manuel Carreño, refugiado político venezolano, le llevó a su hija Teresa de ocho años de edad, a quien Moreau  había conocido en Caracas. La niña se desmayó al  oírlo tocar. Las pocas lecciones que le dio fueron siempre para ella fuente de gran inspiración y escribió posteriormente en su honor The Gottschalk Waltz. Por su parte, el pianista declaró a la prensa en La Habana: "Teresa Carreño pertenece al grupo de los elegidos a quienes la Providencia ha otorgado raros dones y no tengo la más mínima duda de que será una de las más grandes artistas de nuestra época".

   Tuvo también otros alumnos, aunque no tan excepcionales como la venezolana, que descollaron en sus carreras y fueron sus amigos afectuosos.
¿Por qué no se dedicaba a enseñar cómodamente en Estados Unidos o en Europa? Es más fácil hacer esa pregunta que contestarla. Cuando se lee su diario, Notas de un Pianista, una crónica absorbente de los  rápidos cambios ocurridos en Estados Unidos y de la lenta transformación de América Latina, uno piensa si su vida no estaba guiada por una curiosidad insaciable por el hemisferio occidental.

   Este criollo de Luisiana fue inalterablemente estadounidense, aunque pasó toda su adolescencia en el viejo mundo y era europeo por educación. Tenía el orgullo del nacional y el frío criterio evaluador del extranjero. Sus Notas de un Pianista son fuente valiosa para el  historiador, por la información que contienen sobre los años de mediados del siglo XIX en América, y obra de lectura agradable para el lector común, pues abundan en ellas las frases ingeniosas y las muestras del agudo humor francés del artista. Poseen además, un encanto similar al de las mejores piezas de Gottschalk para piano. Relata como discutía acerca de poesía con agricultores letrados de su país, algo imposible entre los campesinos europeos. Le impresionaba la facilidad de adaptación, la capacidad de empresa y la imaginación viva de los norteamericanos. Pero, a veces su ingenuidad le exasperaba y recuerda a un granjero que señalando a su piano de cola le preguntó qué cosa era ese acordeón tan grande y también a un profesor que escribió un voluminoso documento refutando a  un colega que consideraba imposible que Gottschalk  hiciera más de veinticinco percusiones por segundo. Gottschalk le aseguró que podía tocar el Movimiento Perpetuo de Weber en menos de dos minutos. "¿Qué otra cosa se le puede decir a un ignorante tal?", escribió en su diario. Se tiene la impresión de que el  recuento cotidiano le servía como medio para mantenerse en su sano juicio.

   Caracterizaba al estadounidense del oeste por su barba y su risa fuerte. Satirizaba implacablemente los distraídos profesores alemanes de anteojos de armazón dorada. "El jabón no es incompatible con el genio -escribió- y se ha probado que el uso diario del peine no causa ningún perjuicio a los lóbulos  cerebrales". Sin embargo, se muestra fascinado por las comunidades rurales de alemanes de Pensilvania, debido a sus "maneras dulces y simples y a su sencillez patriarcal". Se enorgullecía de las realizaciones de sus compatriotas notables como Poe, Longfellow, Clara Louise Kellog, Church, Bierstadt y suspiraba por la falta de tradiciones en Estados Unidos. Lo más lamentable para él era la manía de usar el dólar como medida del éxito. Una vez le dijo un amigo que Lamartine era pobre y le contestó:  "¿Cómo" Y yo que lo creía talentoso!".

Camino de San Francisco

El pianista veía en todas partes evidencias de que los Estados Unidos de mediados del siglo XIX eran  un producto de la Reforma. Le entretenía observar lo que llamaba "la furia de conversión" y la impresión de miles de Biblias para enviarlas a millares de kilómetros de distancia a miles de analfabetos. Era católico, pero temía al fanatismo religioso viniera de donde viniera. Culpaba al puritanismo por la deprimente observación del descanso semanal y decía que pasar un domingo en Cleveland inducía al suicidio.

   Gottschalk deseó siempre hacer una gira por América del Sur. Sin embargo, no pudo resistir la tentación de un contrato para dar unos conciertos en el Lejano Oriente y decidió ir allí primero. El 3 de abril de 1865 se embarcó para San Francisco desde Nueva York. Había ido hasta Madison, Wisconsin, y  sabía lo que le esperaba. En sus propias palabras: "Llevar a cabo una gira victoriosa de conciertos por el oeste es para un artista ganar sus charreteras... Requiere una constitución de hierro y una voluntad  inexorable. Me siento tentado de hacer inscribir en mis programas ¡G. ha realizado la gira del oeste tres veces!, así como las legiones francesas inscribían en sus estandartes, Arcole, Marengo, Austerlitz".

   A bordo del barco, le abandonaron las ganas de partir. Mientras miraba alejarse la orilla vio como en un sueño la ribera verde del río cerca de Elmira, Nueva York, donde el sol se filtraba por los árboles y salpicaba de luz a un grupo de hermosas damas que arreglaban sus canastas con la merienda; campos de  nieve en una mañana helada y brillante cerca de Chicago; la joven y su madre a quienes ayudó a bajar, cortés y ceremonioso, mientras el tren partía sin él; el adiós sin palabras de un soldado a su esposa; la Tía Libby, reclusa feliz del manicomio de Utica que abrió un gran paraguas y lo mantuvo así todo el  tiempo que él tocó en ese lugar.

   Algunos días antes de llegar a San Francisco, se cruzaron con un barco que les dio la noticia mezcla de victoria y tragedia: la rendición de Lee y el asesinato de Lincoln.

   El año anterior, el Presidente asistió con su esposa a un concierto de Gottschalk en Washington. El pianista lamentó aquella noche la evidente incapacidad de su música para llegar hasta el alma de ese hombre de cuerpo alto y delgado. Ahora, los pasajeros y la tripulación condolidos se reunieron en un homenaje a su memoria. Se cantaron The Star Spangled Banner y el Battle Hymn of the Republic y Gottschalk interpretó su famoso L´Union, Concert Paraphrase on American National Airs.

   San Francisco, donde desembarcaron el 27 de abril, tenía en aquel entonces sólo veinte años de existencia y era una ciudad montañosa y polvorienta. Pero tenía un hotel igual en lujo y elegancia a cualquiera otro que Gottschalk hubiera visto y, además, "tres teatros, dos grandes salas de concierto, algunas pequeñas... y un teatro chino". Al principio le fascinaron tantos dones de la naturaleza, hasta que vino la reacción: "California es una farsa... Es que las minas, el salmón, las fresas..., son una compensación a las mil cosas que se necesitan en la llamada civilización de la Ciudad de la Puerta de Oro Las mujeres son feas y se visten como si los negocios parisinos hubieran enviado a California toda su ropa de segunda mano".
 

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