En la vida de Carlos Kleiber hay material
suficiente para hacer las delicias de los amantes del psicoanálisis
biográfico, un género hoy un tanto en desuso y que pretendía
explicar la personalidad y las peripecias vitales de los biografiados recurriendo
al arsenal de complejos, arquetipos y represiones de los instintos propios
de la doctrina psicoanalítica, y que tan admirablemente justificaba
una conducta o un temperamento como sus contrarios. Con esta técnica
se conseguía, en la mayoría de los casos, llenar la vida
de tópicos y retratar al personaje en posición forzada, en
dicotómicos y perfilados blancos y negros, y con disfraz de guardarropía.
Y sin embargo...Carlos es hijo de un dios menor,
de un gran director de orquesta, tal vez el más moderno de los de
su generación, la llamada edad de oro de la dirección orquestal.
Es imposible entender a Carlos Kleiber sin recurrir a Erich, parte de cuyos
genes lleva y lo que es más importante, responsable en gran medida
del medio ambiente en que se desarrolló el joven artista. ¿Es
hereditaria la musicalidad?. Y en caso afirmativo, ¿no será
acaso motivo de satisfacción para un progenitor que ha hecho de
la música su medio de vida? Kleiber padre escribía a un amigo,
desde su destierro voluntario en Hispanoamérica, refiriéndose
a su hijo : ¡ Qué pena que el muchacho sea tan musical
! ¿Por qué ese empeño paterno, inflexible y obsesivo,
de alejar a su retoño de la profesión que le dio fama y dinero?
Para entenderlo, hay que hacer algunas suposiciones, basándonos
en la medida de lo posible del testimonio escrito y oral que nos ha llegado.
Para empezar, no siempre hubo gloria y bienestar en la familia Kleiber.
La emigración voluntaria (ambos esposos carecían de antecedentes
judíos ) del que fuera una de las personalidades musicales del Berlín
que asistió con asombro e incredulidad, pero también en muchos
casos, con cómplice y ambigua dejadez, al ascenso del nazismo, llevó
a Erich y a los suyos a situaciones de gran dificultad en América
del Sur, con escasez de compromisos laborales, remuneraciones míseras
y arduas disputas con orquestas de baja calidad. Como resultado, el fantasma
del hambre del que hablaba en su correspondencia con sus amigos en Europa,
en aquellos días de duro destierro, el que había sido director
musical de uno de los teatros de ópera más importantes y
de mayor nivel artístico de su tiempo. Tal vez exageraba y todo
se redujese a privaciones e incomodidades; pero parece ser cierto que Erich
Kleiber renegó en más de una ocasión de su carrera
como director de orquesta precisamente cuando Carlos, a quien para entonces
ya le habían castellanizado su nombre germano, mostraba inclinaciones
musicales. Para alejar a su hijo de su afición por la música,
el padre recurría a todo tipo de coacciones: desde cerrarle por
sorpresa y con violencia la tapa del piano, apresándole los dedos
infantiles contra el teclado, en una cierta ocasión en que los progenitores
adelantaron su vuelta a casa tras una gira acabada antes de tiempo y lo
encontraron en ensimismado juego con el instrumento de trabajo del padre,
hasta ridiculizar, en público y en privado, la supuesta capacidad
del crío para ejecutar con propiedad el rubato vienés. Ante
este desprecio por la capacidad artística del hijo, un buen freudiano
apostillaría que el hijo tomaría cumplida venganza de la
represión del padre, cuando años después, en la plenitud
de su formación artística, y al frente de la Filarmónica
de Viena, y en su tradicional sede, el Musikverein, Carlos asombrase al
mundo dirigiendo como consumado maestro de ceremonias la fiesta de exaltación
del vals vienés en el más bello Concierto de Año Nuevo
que se recuerde.
Erich era un perfeccionista. Cito de memoria:
en el Teatro Colón de Buenos Aires, escenario de tantos y tan grandes
triunfos suyos, hay un busto de Kleiber padre con una leyenda que dice,
más o menos literalmente, que la improvisación y la rutina
son enemigas principales de toda interpretación artística.
Existen testimonios por los que podemos pensar que el padre temía,
más que nada, un heredero mediocre, un hijo menor de un dios menor,
un vulgar maestro con oficio y con un apellido más o menos ilustre.
La historia estaba de su parte: Carlos es el único caso de un hijo
de un grande de la dirección orquestal que haya alcanzado, si bien
por otros caminos, con planteamientos bien distintos, una gloria artística
igual o superior a la paterna. ¿Se hereda el perfeccionismo?. Más
creo que se aprende, se graba con intensidad en la memoria, sobre todo
cuando se imita a un ser querido y admirado. Entre las pocas cosas que
se sabe Carlos ha dicho a propósito de su padre, está su
rendida admiración por su forma de hacer sonar las partituras que
tanto adoraba: las sinfonías de Beethoven, Rosenkavalier,
Tristan,
etc. Carlos ha hablado de haber sentido verdaderos éxtasis asistiendo
a los ensayos de El Caballero de la Rosa que comandaba su padre.
¿Estará en los genes la capacidad de hacer sublimes tantos
y tantos pasajes de esta refinada, hermosa y sensible comedia musical vienesa,
esencia decantada de una cultura melodiosa hasta en su decadencia? No,
posiblemente no; por lo que es admirable cómo el joven Kleiber asimiló
de su padre, en tierras lejanas e inmerso en culturas dispares, a escondidas,
y en los años de más fértil formación, los
códigos y tradiciones, los sonidos y ritmos que habían formado
la memoria musical de su progenitor, acabado ejemplo del gran arte directoral
centroeuropeo, conocimientos grabados de forma asombrosa en su memoria
sensitiva de muchacho, y que al ser posteriormente elaborados por su razón
tras paciente y detallado estudio de las viejas partituras del padre, mientras
aprendía su oficio en teatros menores de tradición germana,
le permitieron, muchos años después, durante varios y consecutivos
Festivales de Ópera de Munich, unas interpretaciones de El Caballero
de la Rosa que han marcado toda una época y que son recuerdo
entrañable para los que tuvimos la fortuna de presenciarlas.
Las partituras del padre
Afirmar algo de Carlos es arriesgarse seriamente
a errar; no obstante, siempre se ha dicho que trabajaba amorosamente los
materiales musicales de su padre. He visto, sobre el podio, durante los
descanso y entreactos, unas partituras gastadas por el uso, viejas por
su forma, textura y apariencia, llenas de anotaciones y primorosamente
conservadas. Es proverbial que Carlos Kleiber trabaja con su propio material,
al que pretende libre de arbitrariedades y correcciones espúreas
tras haberlo comparado con la documentación más fidedigna
que se pueda encontrar en archivos y bibliotecas. Para su debut en los
conciertos de abono de la Filarmónica de Viena, en el Musikverein
de la capital austríaca, interpretando la Cuarta sinfonía
de Brahms, consultó todo documento disponible sobre dicha sinfonía
en archivos vieneses y alemanes. Las pocas obras que mantiene en repertorio,
se dice, surgen de partituras depuradas de errores y añadidos ajenos
al compositor. El maestro presume de que interpreta todo aquello y solo
aquello que dejó escrito el autor. También es una costumbre,
al parecer, heredada, absorbida observando al padre: éste se documentaba
todo lo que podía sobre la verdad y exactitud de sus materiales
musicales. Es más, se dice que Carlos, para ciertas obras, usa sus
propias partes orquestales, revisadas y anotadas por él mismo y
rechaza las de propiedad de las orquestas. Según lo dicho, sería
fácil y tentador clasificar a Carlos Kleiber de hiperobjetivo, de
máquina reproductora de sonidos impuestos a los músicos con
mano férrea en exigentes y ultradisciplinados ensayos. Nada más
lejos de la realidad. Los ensayos de Carlos Kleiber son una fiesta de sonidos
que están en su particular visión de la partitura y que sólo
él sabe como hacerlos realidad. Aunque para ello tenga que recurrir
a metáforas literarias, a licencias poéticas que dejan boquiabiertos
a los músicos. En Tristan, con las cuerdas sonando con apasionada
intensidad, el maestro les pide que abran un hueco sin bajar el sonido
ni la tensión para que las maderas expresen el perfume de las flores
de un jardín estival. ¿Cómo suena un Rolls-Royce (Carlos,
gran aficionado a los coches, recurre con frecuencia a esta marca, sinónimo
de la excelencia automovilística), majestuosamente rodando, al ralentí,
sobre una pista de césped recién cortado? ¿O una pluma
cayendo sobre un lecho de polvos de talco perfumados? Los músicos
ríen e intentan comprender los sonidos que deben reproducir y que
corresponden a descripciones tan fantasiosas. Y cuando lo consiguen, se
aferran a ese sonido, en ese pasaje particular, y siempre después
lo hacen sonar à la Kleiber, sea quien sea el que les dirige.
Ensayos legendarios:
fantasía y precisión,
a puerta cerrada
Gran parte del mito de Carlos Kleiber, al menos
entre los músicos, se basa en sus ensayos. He hablado con muchos
instrumentistas de orquestas tan dispares como la Filarmónica de
Viena, la de la Scala, la de la Metropolitan Opera, las de los Festivales
de Bayreuth... todos los músicos coinciden en lo mismo: un ensayo
con Kleiber es un regalo, una experiencia única que vale por toda
una carrera en el conservatorio y que redime de tantas y tantas rutinas.
En una época en que las grandes orquestas son de tal calidad que
tocan solas, ponen con demasiada frecuencia el piloto automático
y producen un sonido que las hace indistinguibles a unas de otras, Carlos
Kleiber las devuelve el interés por un repertorio que por muy manido
que esté, sigue encerrando bellezas inextinguibles, como corresponde
a las grandes creaciones de la más acabada inventiva musical europea.
Hay muchas anécdotas relacionadas con los ensayos de Carlos Kleiber,
sobre todo aquéllos que significan su primer encuentro con un conjunto
orquestal. Cuando su debut en Bayreuth, se corrió la voz entre los
músicos de que algo grande, inusual e inesperado estaba ocurriendo
en el foso escondido del templo wagneriano. Y así, en el último
ensayo, la mayoría de los miembros de las tres orquestas que habitualmente
se turnan en las representaciones, se encontraron en el foso: los que ensayaban
se vieron rodeados por sus colegas, testigos de excepción de uno
de los Tristan más orquestalmente hermosos que se hayan oído
en Bayreuth en los últimos tiempos. Muy lejos de la colina germana,
en medio de la urbe más representativa de nuestra cultura del desarraigo
y la depredación económica, casi un centenar de músicos,
nacidos y educados en todos los puntos de la rosa de los vientos, representantes
de etnias y culturas muy diferentes entre sí, estallaron en una
espontánea y calurosa ovación al finalizar los ensayos con
un maestro que acababa de enseñarles, en el frío foso de
la Metropolitan Opera, los sonidos de la nostalgia con los que una aristócrata
vienesa, con hedonismo imperial, cede su joven amante a la hermosa doncella
que lo ha enamorado.
Nada se deja al azar en sus exigentes, intensos
y
detallados ensayos (que los exige a puerta cerrada, sin testigos), de los
que parece requerir más de los que están dispuestas a conceder
las ajustadas maquinarias teatrales y concertísticas establecidas
en los grandes centros musicales del mundo. Pero cuando llega la aparición
pública, Kleiber se transforma en pura fantasía e improvisación,
se sumerge y se deja llevar por el flujo de los sonidos, dejando gran libertad
a los miembros de las orquestas, que, sin embargo, parecen prendidos en
su mirada, en su movimiento corporal, en sus largos y elegantes brazos
que invitan, más que ordenan, a arriesgarse en un virtuosismo instrumental
extremo en búsqueda de ese efecto de esplendorosa belleza que relaja
el intenso discurso musical cuyo pulso flexible le confiere una elegancia
inmanente que junto a una muy precisa coherencia lógica, impulsan
al oyente a sentir y a razonar que aquello que Kleiber y sus músicos
nos comunican, en ese tiempo y en ese lugar precisos, tiene que ser necesariamente
así, como lo están percibiendo nuestros oídos y nuestra
vista, y no de cualquier otra manera.
Mago de la comunicación
Carlos Kleiber es un comunicador de primer
orden, una persona capaz de hacer llegar con naturalidad y contagio emotivo
su entusiasmo por la belleza sonora, su placer por lo bien que está
sonando esa música que tanto ama y venera. Con sonrisa beatífica,
con expresión iluminada por el placer de sentir cómo surge
ante sí ese universo sonoro que atesora en su mente musical, nos
transfiere su entusiasmo y nos hace partícipes de la alegría
que siente ante una ejecución impecable de lo que para él
es la verdad de la partitura, el fruto de la inspiración genial
del admirado compositor (Brian Large, el realizador de programas
musicales para la televisión, mantiene que, cuando dirige Kleiber,
la música parece salir de su persona más que de la orquesta).
Un director con tan gran poder de comunicación y que vive con tal
intensidad emotiva cada interpretación, se puede permitir el lujo
de abandonarse a la inspiración del momento, a experimentar el vértigo
del riesgo de pedir a sus músicos un poco más de virtuosismo,
una especie de más difícil todavía, cuando estos transitan
ya por el límite de su capacidad como ejecutantes, y todo ello sin
caer en aparatosos fuegos de artificio o en manierismos expresivos ajenos
al estilo de la composición, siempre y cuando esté dotado
de un exquisito buen gusto musical. Entonces se produce el clímax
al que el maestro nos ha conducido como por arte de encantamiento y que
nos sorprende y agrada por su originalidad, belleza e intensidad, y que
nos proporciona un sentimiento de bienestar al que no es ajeno el pensamiento
de estar ante un acontecimiento excepcional, ambiente que siempre se crea
en torno a las extraordinarias ocasiones en las que, últimamente,
Carlos Kleiber acepta a comparecer en público. Pues no sería
justo dejar de señalar la componente ambiental que existe siempre
en toda representación artística y que en el caso que nos
ocupa alcanza gran importancia: la leyenda del esquivo genio de la batuta,
del deseado y perseguido intérprete que se exhibe en teatros y salas
de conciertos como los mejores perfumes, gota a gota, artista de culto
cuyo sólo nombre promete una experiencia musical de la mejor ley.
Pocas veces he sentido encontrarme ante un público tan predispuesto
al desbordamiento de su entusiasmo por un intérprete como en las
últimas apariciones de Kleiber en la Scala. Con interpretaciones
antológicas de Boheme y Otello por delante, en el
coliseo milanés, lleno a rebosar, se respiraba el ambiente de las
grandes y excepcionales ocasiones, incluso antes de que el maestro asomase
tímidamente por el foso, y las representaciones se vivieron en medio
de un clamoroso clima de triunfo. No se puede por menos que pensar que
mientras haya intérpretes cuyo arte despierte tanta expectación,
la Boheme y tantas otras joyas del viejo repertorio lírico
conservarán intacto todo su atractivo, aunque se nos ofrezcan la
mayoría de las veces en anodinas y rutinarias representaciones.
1995 fue a manera de año sabático,
al igual que 1988; entre 1996 y 1997, tan solo cuatro conciertos y no precisamente
en los grandes centros culturales (excepción hecha de un concierto
en Munich). ¿Hay quién de menos? Y mientras tanto, contratos
en blanco para actuar al frente de las más prestigiosas instituciones
musicales de Europa, Estados Unidos y Japón. ¿ Por qué
ese oído sordo a los cantos de sirena de las Filarmónicas
de Berlín y Viena, de la Metropolitan de Nueva York, de la Scala
de Milán y del Festival de Salzburgo? ¿Por qué se
reserva tanto cuando tanto le ofrecen? Kleiber cumplirá los 70 el
año próximo, y su estado de salud parece bueno. Cierto que
ha perdido, al caminar, el porte erguido que tenía hace apenas unos
años, pero sobre el podio recupera la figura esbelta, elegante y
flexible tan característicamente suya. A una edad en que tantos
y tan mediocres directores de orquesta se prodigan en salas de conciertos
y estudios de grabación como si temieran perder el último
tren de la gloria y la fortuna, Kleiber permanece recluido en su domicilio
cercano a Munich.
Karajan dijo que Carlos era un superdotado para
su profesión, pero que no le gustaba trabajar, y que solo lo hacía
cuando, según el propio Kleiber, tenía el frigorífico
vacío, a semejanza del lobo solitario que solo caza para saciar
su hambre. Es fácil entresacar la ironía en el comentario
del joven maestro al responder al viejo e hipermercantilista amo de la
música clásica de aquél entonces; aunque siempre son
posibles interpretaciones más rebuscadas, como la del supuesto biógrafo
psicoanalista que no dejaría de señalar la terrible figura
paterna amenazando con el hambre si el hijo desobedecía sus deseos
y no abandonaba su vocación musical. Sea como sea, lo cierto es
que el comentario del viejo Karajan se propagó y ha pasado
a formar parte de la leyenda, el mito de Carlos Kleiber. Esta forma de
entender el trabajo, por muy poco utilitario que sea ( tal es el caso de
la dirección orquestal), como un camino directo para satisfacer
necesidades más o menos vitales, llevó a Kleiber a practicar
la más pura y antigua economía de trueque cuando, deseando
un coche nuevo, dirigió un concierto en Ingolstadt, sede central
de un conocido fabricante de automóviles (en ningún caso,
centro musical de importancia alguna), a cambio del vehículo de
su elección. Sin embargo, cuando planea dar algún concierto,
reclama con firmeza y decisión unos honorarios principescos. Hay,
pues, algo de contradicción, como en tantas otras facetas de la
personalidad y la carrera del maestro, en su actitud ante el dinero. Por
un lado es el director más caro de la actualidad, con mucha diferencia
respecto de los demás, y por otro, parece que las cuestiones económicas
ocupen un lugar muy secundario en sus intereses, ya que no duda en cancelar
compromisos que le reportarían buenos ingresos si los resultados
artísticos no son de su completo agrado. Y lo que es innegable es
que permanece ajeno al entramado económico internacional en el que
están inmersos la gran mayoría de los artistas de renombre.
Inseguridad y apasionada búsqueda
de la perfección
Al fallecido Bernstein (otro genio de
la comunicación, aunque no siempre lo comunicado estuviese al mismo
nivel de excelencia) le dijo un día que le gustaría ser como
un vegetal y no tener que preocuparse por buscarse la vida. El gran músico
americano, que sentía rendida admiración por su colega austríaco
(Kleiber se nacionalizó austríaco a finales de la década
de los 70), me dijo una vez en Viena, poco antes de morir, que estaba convencido
de que Carlos se entregaba tanto en cada actuación, llegando hasta
el extremo de sentir que se estuviese jugando la vida cada vez que empuñaba
una batuta, que era imposible que dirigiera con una mínima frecuencia.
Es posible que haya algo de razón en lo de esta entrega apasionada
a sus interpretaciones, junto con un temor arcano y aparentemente insuperable
de fallar en algo, de que la ansiada perfección no se consiga esta
vez; de ser así, no debe extrañarnos que le agobien los compromisos
y que su arte le parezca agotador. Llegamos a otra característica
de la personalidad kleiberiana: su gran timidez y su aparente falta de
seguridad en si mismo. ¿Será el resultado de las humillaciones
y represiones paternas, se preguntaría el picoanalista? Él
mismo se ha referido al temor que le producía encontrase, en la
Scala, y por primera vez, con Plácido Domingo y Franco
Zeffirelli con motivo del nuevo montaje de Otello. ¡Quién
le iba a decir que pronto, tanto el tenor como el director escénico,
se iban a convertir en rendidos admiradores de su arte y que iban a propagar
a los cuatro vientos las excelencias del maestro! Se cuenta también
que tras su interpretación de la Cuarta sinfonía de
Beethoven,
en su reciente concierto en
Las Palmas, y al entender que la ejecución había sido
bien recibida pero sin grandes manifestaciones de entusiasmo, se le oyó
decir para sí: Parece que no les ha gustado demasiado; qué
pena, cuanto lo siento. Un divo engreído no acepta sin más
lo que él considera un tibio veredicto por parte de una audiencia
ante una de sus actuaciones; y sin embargo a Kleiber se le ha tachado de
divo, acusándosele de caprichoso, voluble y presa fácil de
enfados histéricos. Sus detractores, entre los más notorios
y enconados de los cuales se encontraba Celibidache, le censuran
sus sonados desplantes, sus espantadas de los estudios de grabación
cuando por un quítame allá unas semifusas, toma el primer
avión para casa y deja en la estacada a un reconocido divo del piano
o a toda una compañía de ópera de muchas campanillas.
Dicen que no firma contratos para tener siempre la libertad de no cumplir
sus compromisos, aunque él mismo ha dicho más de una vez
que, entre sus condiciones para aceptar un compromiso figura precisamente
la de romper unilateralmente éste si no obtiene el nivel de calidad
que él desea. Conocí de primera mano, en Berlín y
Nueva York, la facilidad con que Kleiber cancela, sin previo aviso, sus
actuaciones. Por eso, empresarios y músicos mantienen el aliento
hasta última hora ante la posibilidad de la huida inesperada (tal
es el efecto que producen sus cancelaciones: el maestro huye de una situación
que le parece insoportable) y es proverbial el cuidado que ponen las instituciones
musicales y sus miembros y directivos en satisfacer en todo al maestro,
temiendo que una reacción intempestiva eche por tierra el preciado
acontecimiento de hacer música con Carlos Kleiber.
Más que de divo, hay algo de enfermizo
en la aparente inestabilidad emocional de Kleiber, en su extrema timidez,
en el celo con que protege su vida privada, su intimidad, frente al acoso
de admiradores, curiosos y periodistas deseosos de airear las intimidades
y el pensamiento artístico de un personaje mítico, de un
músico de leyenda. Dejemos de nuevo para los creyentes en el psicoanálisis
la búsqueda de posibles complejos de Edipo, la permanencia o no
en su subconsciente de impulsos instintivos de defensa frente a una figura
paterna, agresiva y humillante, pero a la vez , querida y admirada. Kleiber
se niega a dar entrevistas por que no se fía de lo que le puedan
publicar los informadores, sobre todo, parece ser, a raíz de un
incidente durante un Festival de Edimburgo; pero también es muy
posible que parte de esta fobia a hablar en público o para el público
se deba, según cuentan personas que le conocieron bien, a que no
quiere, no quería (tal vez en pasado sea más exacto en estos
momentos) ser siempre el hijo del gran Erich Kleiber y temía
que, una y otra vez, se interesasen por el apellido más que por
la persona.. Un célebre director de orquesta español me dijo
una tarde en Ginebra, hace muchos años, cuando Carlos empezaba a
sonar con fuerza en los medios musicales, que con ese apellido tenía
más de la mitad de la carrera hecha. Casualmente, justo lo contrario
de lo que siempre ha pensado el propio Kleiber, quien manifestó
a más de un testigo el peso que sentía por ser hijo de quien
era.
El juicio de sus pares
Frente a unos pocos que le consideran más
un divo que un artista de talla histórica están los admiradores,
que se cuentan por legiones, principalmente entre los propios intérpretes,
entre los directores de orquesta de renombre y los cantantes de ópera
de primera fila. Carlos Kleiber es un músico de músicos y
goza de general admiración entre sus pares, la elite de la interpretación
musical internacional. Son innumerables los testimonios que hay al respecto,
y se puede afirmar sin temor a equivocación que hay un consenso
bastante unánime entre ese reducido y selecto grupo de orquestas,
teatros de ópera e intérpretes del máximo prestigio
por el que se le considera un genio de su oficio, un músico de excepción,
un intérprete singular, fascinante y arrebatador. Recuerdo el curioso
espectáculo de la platea del Covent Garden cuando el maestro dirigió
unas pocas funciones de Otello, a principios de 1990. Todo el Londres
musical parecía haberse dado cita aquella noche en el teatro para
aplaudir a rabiar cada vez que el maestro salía a escena a recibir
los atronadores aplausos de una audiencia totalmente entregada ante su
apasionada, brillante y exquisita ejecución. Ovación a la
que se unían los cantantes y orquesta con claros gestos de una admiración
que iba notoriamente más allá que la mera cortesía.
En privado, todo apunta a creer en una persona
encantadora, muy culta y de gran sentido del humor. Políglota, es
una delicia conversar con él en castellano, que es, junto con el
alemán y el inglés (su madre era norteamericana y estudió
en un colegio inglés en Sudamérica), su tercera lengua vernácula.
Con delicado acento porteño, me confesaba una noche, a la salida
de un esplendoroso
Tristan dirigido en la Scala, su interés
por poder dirigir en Madrid y hacer zarzuela con su amigo Plácido
Domingo. Apasionado lector, se interesa por la literatura y se habla
de largas y bien escritas cartas a sus amigos, en cuidado y elegante estilo.
Atesoro un recuerdo único: hace casi 25 años, le hice llegar
algunos comentarios que había escrito sobre sus actuaciones en la
Scala y en Munich. A la salida de una función de Elektraen
el Covent Garden (en la que intervino Birgit Nilsson, que poco después
manifestaría públicamente que había sido el mejor
Strauss
que había hecho en toda su carrera), tuve oportunidad de saludar
al maestro, quien de inmediato me preguntó:
¿Fue usted
quien escribió eso?, comenzado una conversación que mantuvimos
en una larga caminata por las solitarias callejuelas que rodean el teatro
londinense hasta, las cercanías de su hotel. Su fino sentido del
humor se hizo público cuando mandó una réplica, en
nombre de Arturo Toscanini y desde el cielo de los músicos,
a unas declaraciones de Segiu Celibidache aparecidas en un conocido
semanario alemán, en los días en que el maestro rumano empezaba
su titularidad con la Filarmónica de Munich, declaraciones en su
tradicional vena despectiva respecto de los directores de orquesta de la
generación de Kleiber padre (curiosamente, Celibidache, que criticaba
acerbamente el Beethoven de Carlos, admiraba el de su padre).
En España, país celibichiano
donde los haya, se acepta la genialidad de Carlos Kleiber, pero con la
reserva de su propensión a los tempi rápidos o muy
rápidos, en el polo opuesto del desaparecido maestro rumano. No
pretendo argumentar con nadie, pero me parece poco serio hablar de pérdida
de profundidad en la Séptima sinfonía de Beethoven
por culpa de los veloces tempi; primero por que Kleiber no busca
hipotéticas profundidades metafísicas sino la belleza sensual
de los sonidos, la emoción de la intensidad expresiva, el asombro
ante la virtuosidad de la ejecución, el inspirado detalle surgido
espontáneamente en medio de una alegría contagiosa por la
hermosura del discurso musical. Y sobre todo por que los términos
rápido y lento son relativos: hay música que transcurre en
el tiempo y hay tiempo que surge de la música, que se crea junto
con el espacio sonoro y está íntimamente imbricado en él.
Kleiber dirige ajeno al transcurso del tiempo del reloj, creando y modelando
el tiempo musical. Nada hay menos metronómico que su técnica
de dirección. Si no, obsérvese esa batuta sostenida inmóvil
a la altura de su cintura, que sólo a veces insinúa, que
se flexibiliza como la fina punta de un florete galante para trazar en
el aire y con delicadeza, esa filigrana en forma de detalle exquisito,
mientras el brazo izquierdo se alarga y cimbrea majestuoso y para conducir
y organizar con primor la cresta de la onda sonora. Admito, eso sí,
que lo que busca el maestro no esté al alcance de todos los intérpretes
y que algunos oyentes tengan dificultad de captar todas sus exquisiteces
cuando los tempi se hacen vivos y fogosos; aunque para mí,
cuando los músicos, en un alarde de virtuosismo y entrega excepcionales,
plasman en sonidos reales lo que el director nos comunica con su gesto,
el resultado es de una belleza inefable que me emociona y conmueve profundamente.
¿En qué quedará el mito,
la leyenda de Carlos Kleiber cuando se cumpla su tiempo y empiece la historia?
Lo más probable es que la versión oficial de la ortodoxia
establecida hable de un experimento fallido: genética y cultura
produjeron un artista superdotado para la dirección orquestal que
no quiso o no pudo alcanzar un puesto en la historia de la música
por medios convencionales. No creó escuela, ni enseñó
a las jóvenes orquestas, ni ayudó a ampliar el repertorio,
ni dejó su huella en instituciones musicales, consagrándoles
su tiempo y su talento. Fue, se dirá, un genio solitario que logró
interpretaciones supremas de media docena de óperas y un puñado
de obras sinfónicas, una especie de lujo de una profesión
que, según dijo recientemente el propio Kleiber a los músicos,
durante uno de los ensayos en Las Palmas, es un lujo inútil para
la música. Un oficio que, a lo sumo, produce dioses menores para
el Olimpo de las artes. Carlos Kleiber, pensarán algunos, es un
lujo heredado de un dios menor. Pero para mí es un lujo que ha enriquecido
mi vida.
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