En la segunda mitad del siglo XIX se da un fenómeno nuevo en el
panorama musical europeo consistente en la incorporación de generaciones
musicales pertenecientes a países que hasta entonces habían
estado generalmente al margen de la evolución musical, no tanto
porque no se haya cultivado en ellos la música como por haberla
importado en detrimento de la producción propia. Se trata de países
que habían vivido bajo el imperio de la música italiana,
como por ejemplo España, o bajo la influencia globalizadora de Francia,
como por ejemplo Rusia.
Son habitualmente naciones de la periferia
de Europa, lugares en los que empiezan a triunfar las ideas nacionalistas
que llevarán a lo largo de esta época al intento de sacudirse
la dominación de otros países, singularmente del imperio
austríaco, o de afirmar la voluntad popular frente a regímenes
de supervivencia medieval, como es el caso de la Rusia zarista.
Las razones básicas de estos movimientos
musicales de carácter nacionalista habrá que buscarlas en
lo puramente artístico dentro de la ideología que el Romanticismo
había formulado, de modo que el nacionalismo no será
sino un caso particular del Romanticismo aplicado a determinados países.
Realmente el Romanticismo había prestado atención a las leyendas
populares, al folclore e incluso a la melodía de carácter
popular; y si esto se había producido en los países que llevaban
el liderazgo musical, nada se oponía a que esta ideología
fuera practicada con más fuerza en países donde, además,
podía constituirse en un fiel reflejo de aspiraciones políticas
de tipo nacionalista. Es por esto por lo que en algunas naciones con afán
nacionalista se utilizó la música como caldo de cultivo para
pasar a manifestaciones propias más pragmáticas que las meramente
musicales y artísticas y también, en otros sitios se dio
la situación contraria, se utilizó la base social ya de carácter
nacionalista para potenciar la expresión artística y, concretamente,
la musical.
La música nacionalista consigue hacer
todavía más rico, si cabe, el considerado históricamente
período romántico. La verdad es que, si consideramos al Romanticismo
como la manifestación musical de tres períodos que llamábamos
primer Romanticismo (primera mitad del siglo XIX), segundo Romanticismo,
que abarca hasta la década de los setenta, y Posromanticismo,
Neorromanticismo o Belle Époque como algunos prefieren llamar al
período que concluye con la I Guerra Mundial, tampoco habría
razones históricas o artísticas para no incluir de forma
paralela al Nacionalismo musical como una corriente que, aún siendo
esencialmente romántica, también tiene notables diferencias
con los otros movimientos.
El espíritu romántico
En todas estas variantes musicales está
latente el espíritu romántico pero con una diversidad expresiva
muy acusada en función de las características rítmicas
y sonoras de cada área geográfica. La melodía continúa
siendo la parte vital de la composición pero, cada vez más,
sometida a una exploración mucho mayor, con tratamientos armónicos
y tonales más complicados, inspirándose en el folclore propio
de cada país. Sin embargo, el enriquecimiento armónico fue
tan importante que llega a hacer que se tambalee el sistema tonal establecido
y empiezan a surgir nuevas tendencias armónicas gracias a las peculiaridades
de cada región. No olvidemos que el Nacionalismo se fraguó
fuera del área de influencia que constituían países
como Italia, Francia y Alemania, y las obras musicales que surgen
de este estilo musical parten de unos presupuestos melódicos,
rítmicos y armónicos totalmente diferentes a los del gran
Romanticismo, es decir, perduran las ideas pero cambian las formas.
Para los puristas que no aceptan el Nacionalismo
musical como una manifestación más del Romanticismo por el
hecho de surgir de países al margen de los que ejercían influencia
musical en el ámbito europeo, es el momento de recordarles que Chopin
fue el primer compositor "nacionalista" polaco, que Brahms y Liszt fueron
los pioneros en la utilización de la música húngara
y que, Musorgski, aún siendo nacionalista, tiene un espíritu
y una inspiración totalmente romántica.
Como hemos venido comentado cada vez
que tratábamos un estilo musical, también en el caso del
Nacionalismo musical tenemos que verlo como el resultado del período
inmediatamente precedente y como generador del que le sigue. Es así
como podemos considerar dos etapas claramente diferenciadas dentro del
Nacionalismo:
1. La primera se desarrolla en la segunda mitad
del siglo XIX con características de corte romántico. Destacaron
en esta etapa, entre otros, los compositores rusos para los que, a menudo,
la música romántica del primer nacionalismo no sólo
era una afirmación de la música nacional sino también
un ataque a determinadas autocracias políticas pues, especialmente
en Rusia, aún bien entrado el siglo la esclavitud permanecía
vigente y los efectos de la Revolución Francesa apenas habían
llegado.
2. La segunda se da en el siglo XX y supone una renovación
del lenguaje musical gracias a la extracción de elementos renovadores
inherentes a la música nacional. Es el caso de Falla en España
y Bartók en Hungría.
El nacionalismo permite a estos países
librarse de una colonización artística operante durante muchos
años y que se manifestó sobre todo en el entorno operístico.
Y esto porque la ópera no tenía unas reglas formales tan
fijas como la música sinfónica o de cámara, que dependían
mucho en su estructura de una serie de elementos con base italianizante
y germánica. Además, la ópera se prestaba a poner
en escena una serie de temas o leyendas de carácter nacional no
sólo por la música sino también por su contenido literario.
Por último, la ópera era en la segunda mitad del siglo XIX
un espectáculo que atraía a gran número de espectadores
y podía constituirse en un vehículo de rápida
difusión de ideas y manifestaciones ideológicas favorables
a una determinada tendencia.
Naturalmente, una vez alcanzada la transformación operística,
se aplicó a la música sinfónica y camerística
las mismas modificaciones en cuanto al material temático y rítmico
lo que, a la larga, redundó en una transformación más
profunda de estos géneros.
La melodía presenta una gran variedad
como variadas son las diferentes etnias europeas, y el ritmo, empobrecido
como realidad formal durante el Romanticismo, adquiere ahora una importancia
inusitada al constituir, junto a la melodía, la base sobre la que
descansa la música folclórica.
También la armonía tuvo que adaptarse
a las nuevas exigencias, igual que la estructura formal que dio paso a
la música programática. Como podemos ver se trata de una
transformación en serie que afectó a la música pero
también a otras manifestaciones artísticas que se vieron
influenciadas, consiguiéndose, de esta forma, un ambiente favorable
a los nuevos cambios.
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