El gusto italiano imperaba de tal modo en la España del siglo XIX
que parecía condenada a la ineficacia toda inspiración genuina
que surgiese de compositores españoles. Y es que, desde la época
de la invasión francesa, la música española acusa
los efectos de una invasión italiana que se había gestado
en el siglo anterior y que tuvo como efecto una amplia influencia sobre
todos nuestros músicos que se dedicaron a imitar el estilo italiano
en todas sus composiciones y de forma más avasalladora en el campo
operístico. Un ejemplo lo tenemos en el compositor valenciano Martín
y Soler (1756-1806), que triunfó en Viena con su ópera Una
cosa rara eclipsando al mismísimo Mozart con Las bodas de
Fígaro, y esto gracias a que asumió con total destreza
el estilo dominante de su época que no era otro que el italiano.
Esta corriente italianizante alcanzó
su punto álgido en España con Rossini, cuyo estilo llegó
incluso a contagiar la misma música religiosa, por lo que resulta
imposible imaginarse una manifestación musical, tanto orquestal
como lírica, genuinamente española.
El fracaso de los intentos por sacar una producción
musical que recordase la música autóctona de España
motivó que el sinfonismo español se desarrollase tarde y
mal hacia mediados del siglo XIX, corriendo la misma suerte la música
de cámara y las composiciones para piano, no pudiendo, por tanto,
hablarse de un romanticismo en la música española a no ser
en algunas óperas de influencia italiana.
No obstante, como se sentía la
necesidad de crear algo que fuera, al menos, un sucedáneo de lo
que tanto se echaba en falta, nuestros compositores buscaron refugio en
un género que surgió entonces para alcanzar en breve una
extraordinaria difusión. El esfuerzo nacional de los primeros zarzuelistas
y el intento fracasado de crear una ópera española serán
los primeros esbozos de un renacer musical español que quedará
definitivamente establecido a comienzos del siglo XX. En este renacer actúan
varios factores importantes, tanto exteriores como interiores. Entre los
exteriores pueden citarse el auge de las corrientes nacionalistas en toda
Europa, que acabaron justificando un nacionalismo español así
como la atención muy especial que compositores extranjeros habían
dedicado al folclore español. Tenemos, por ejemplo, a Glinka, Liszt
o a los franceses Chabrier, Bizet, Ravel, Debussy, etc. que realizaron
grandes incursiones en el folclore español utilizando en varias
de sus producciones lo exótico que resultaba la música de
España.
Un factor interior importante será la
corriente regenerativa de la cultura española comandada por la Generación
del 98, muchos de cuyos postulados tienen un reflejo musical en los autores
que con un primer nacionalismo algo tardío prepararon la floración
del segundo nacionalismo español.
Con todo, el nacionalismo español parte
en un principio de la aplicación relativamente tímida de
las melodías populares españolas dentro de un ambiente influido
aún por la música italiana o por la tradición de la
música de salón. Pero pronto profundizará más
en las esencias de esa música nacional para extraer de ella consecuencias
armónicas y formales y no únicamente aspectos pintorescos
como los que habitualmente exponían los compositores extranjeros
al adoptar nuestras melodías.
Nuestro lenguaje musical sufrió una
renovación dentro de su estructura más íntima gracias
a las obras de Albéniz y Granados, que culminará a nivel
europeo con Manuel de Falla al hacer una música netamente española
con tendencias europeas.
La zarzuela
El compositor Manuel Bretón de los Herreros
en colaboración con Basilio Basili, por cierto un músico
italiano, emprendió resueltamente la lucha contra la influencia
musical italiana y en 1839 renace la zarzuela con el estreno de El novio
y el concierto. Esta obra contenía aires italianos y
españoles, aunque predominaban estos últimos, consiguiendo
un gran éxito que motivó que la zarzuela comenzase a disfrutar
de su mejor época. Obras como El barberillo de Lavapiés,
Jugar con fuego y Pan y Toros de Barbieri;
El dúo de la Africana, de Caballero; La Gran Vía,
de Chueca y La Verbena de la Paloma, de Tomás
Bretón, son muestra del auge inmediato que presentó la zarzuela
así como de la buena base musical que tenían sus autores.
Esto quiere decir que para nada se trata de un género inferior ni
sus cultivadores son músicos menos dotados.
Más problemática, sin embargo,
ha resultado la creación de una ópera nacional a pesar de
los esfuerzos de Tomás Bretón (1850-1923), autor de óperas
como Los amantes de Teruel, y los profundos estudios de Felipe Pedrell
que se esforzó en revalorizar los maestros españoles antiguos
y las fuentes de la música española. De tales fuentes consideraba
Pedrell que habría de surgir el teatro verdaderamente nacional.
Como en el caso de la renovación literaria
o de las artes plásticas que se llevó a cabo en la sociedad
española de estos mismos años, esta labor no se operó
sin frecuentes resistencias, ya que había que cambiar toda una serie
de hábitos del público y elevar la música a su categoría
de hecho cultural desde una consideración de mero espectáculo
o pasatiempo. El hecho de que, con la perspectiva de los años, la
música nacionalista española haya tomado carta definitiva
de naturaleza y aparezca como un patrimonio muy conocido, no debe hacer
olvidar que la labor de estos compositores fue realmente vanguardista en
cuanto renovaron toda una situación que no se prestaba voluntariamente
a ello. El mismo Albéniz hubo de realizar la mayor parte de su obra
en el extranjero, donde asimismo Granados recibiría el espaldarazo
definitivo. Y los comienzos de Falla, en plena segunda etapa nacionalista,
no serían menores en dificultades internas dentro de su propio país.
Más allá de las vicisitudes políticas
de una época, de las tensiones sociales no aminoradas por un cierto
avance económico y tecnológico, los compositores españoles
de este período, al igual que los escritores, supieron dar testimonio
de su momento y lograr un renacer de la cultura española después
de uno de sus peores baches. Tras el desastre colonial de 1898 y la pérdida
de Cuba, el aldabonazo en la conciencia nacional de la cultura de esos
años consistió en una insistencia en la renovación
y planteamiento de los valores nacionales partiendo precisamente de ellos
mismos. Esto es lo que hicieron los compositores que se plantearon la música
popular, y también la música histórica española,
como un punto de partida e investigación, siguiendo, como decíamos
más arriba, las pautas de Pedrell, desechando, al mismo tiempo,
el exotismo fácil de la música folclórica de un país
que, a principios del siglo XX, estaba de moda en Europa, como era el caso
de España. Esta tarea exige una elevada técnica musical y
una profunda concienciación, no fiándose en la sola intuición
para la realización de una tarea difícil y necesaria, mostrando
los compositores de este período un nivel general de conocimientos
notablemente superior al de sus antecesores.
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