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La música de la Escuela Nacionalista Española
Más artículos de este autorAntonio García Castiñeira
     El gusto italiano imperaba de tal modo en la España del siglo XIX que parecía condenada a la ineficacia toda inspiración genuina que surgiese de compositores españoles. Y es que, desde la época de la invasión francesa, la música española acusa los efectos de una invasión italiana que se había gestado en el siglo anterior y que tuvo como efecto una amplia influencia sobre todos nuestros músicos que se dedicaron a imitar el estilo italiano en todas sus composiciones y de forma más avasalladora en el campo operístico. Un ejemplo lo tenemos en el compositor valenciano Martín y Soler (1756-1806), que triunfó en Viena con su ópera Una cosa rara eclipsando al mismísimo Mozart con Las bodas de Fígaro, y esto gracias a que asumió con total destreza el estilo dominante de su época que no era otro que el italiano.

     Esta corriente italianizante alcanzó su punto álgido en España con Rossini, cuyo estilo llegó incluso a contagiar la misma música religiosa, por lo que resulta imposible imaginarse una manifestación musical, tanto orquestal como lírica, genuinamente española.

     El fracaso de los intentos por sacar una producción musical que recordase la música autóctona de España motivó que el sinfonismo español se desarrollase tarde y mal hacia mediados del siglo XIX, corriendo la misma suerte la música de cámara y las composiciones para piano, no pudiendo, por tanto, hablarse de un romanticismo en la música española a no ser en algunas óperas de influencia italiana.

      No obstante, como se sentía la necesidad de crear algo que fuera, al menos, un sucedáneo de lo que tanto se echaba en falta, nuestros compositores buscaron refugio en un género que surgió entonces para alcanzar en breve una extraordinaria difusión. El esfuerzo nacional de los primeros zarzuelistas y el intento fracasado de crear una ópera española serán los primeros esbozos de un renacer musical español que quedará definitivamente establecido a comienzos del siglo XX. En este renacer actúan varios factores importantes, tanto exteriores como interiores. Entre los exteriores pueden citarse el auge de las corrientes nacionalistas en toda Europa, que acabaron justificando un nacionalismo español así como la atención muy especial que compositores extranjeros habían dedicado al folclore español. Tenemos, por ejemplo, a Glinka, Liszt o a los franceses Chabrier, Bizet, Ravel, Debussy, etc. que realizaron grandes incursiones en el folclore español utilizando en varias de sus producciones lo exótico que resultaba la música de España. 

     Un factor interior importante será la corriente regenerativa de la cultura española comandada por la Generación del 98, muchos de cuyos postulados tienen un reflejo musical en los autores que con un primer nacionalismo algo tardío prepararon la floración del segundo nacionalismo español.

     Con todo, el nacionalismo español parte en un principio de la aplicación relativamente tímida de las melodías populares españolas dentro de un ambiente influido aún por la música italiana o por la tradición de la música de salón. Pero pronto profundizará más en las esencias de esa música nacional para extraer de ella consecuencias armónicas y formales y no únicamente aspectos pintorescos como los que habitualmente exponían los compositores extranjeros al adoptar nuestras melodías.

     Nuestro lenguaje musical sufrió una renovación dentro de su estructura más íntima gracias a las obras de Albéniz y Granados, que culminará a nivel europeo con Manuel de Falla al hacer una música netamente española con tendencias europeas.

La zarzuela

     El compositor Manuel Bretón de los Herreros en colaboración con Basilio Basili, por cierto un músico italiano, emprendió resueltamente la lucha contra la influencia musical italiana y en 1839 renace la zarzuela con el estreno de El novio y el concierto. Esta obra contenía aires italianos y españoles, aunque predominaban estos últimos, consiguiendo un gran éxito que motivó que la zarzuela comenzase a disfrutar de su mejor época. Obras como El barberillo de Lavapiés, Jugar con fuego y Pan y Toros de Barbieri; El dúo de la Africana, de Caballero; La Gran Vía, de Chueca y La Verbena de la Paloma, de Tomás Bretón, son muestra del auge inmediato que presentó la zarzuela así como de la buena base musical que tenían sus autores. Esto quiere decir que para nada se trata de un género inferior ni sus cultivadores son músicos menos dotados.

     Más problemática, sin embargo, ha resultado la creación de una ópera nacional a pesar de los esfuerzos de Tomás Bretón (1850-1923), autor de óperas como Los amantes de Teruel, y los profundos estudios de Felipe Pedrell que se esforzó en revalorizar los maestros españoles antiguos y las fuentes de la música española. De tales fuentes consideraba Pedrell que habría de surgir el teatro verdaderamente nacional. 

     Como en el caso de la renovación literaria o de las artes plásticas que se llevó a cabo en la sociedad española de estos mismos años, esta labor no se operó sin frecuentes resistencias, ya que había que cambiar toda una serie de hábitos del público y elevar la música a su categoría de hecho cultural desde una consideración de mero espectáculo o pasatiempo. El hecho de que, con la perspectiva de los años, la música nacionalista española haya tomado carta definitiva de naturaleza y aparezca como un patrimonio muy conocido, no debe hacer olvidar que la labor de estos compositores fue realmente vanguardista en cuanto renovaron toda una situación que no se prestaba voluntariamente a ello. El mismo Albéniz hubo de realizar la mayor parte de su obra en el extranjero, donde asimismo Granados recibiría el espaldarazo definitivo. Y los comienzos de Falla, en plena segunda etapa nacionalista, no serían menores en dificultades internas dentro de su propio país.

     Más allá de las vicisitudes políticas de una época, de las tensiones sociales no aminoradas por un cierto avance económico y tecnológico, los compositores españoles de este período, al igual que los escritores, supieron dar testimonio de su momento y lograr un renacer de la cultura española después de uno de sus peores baches. Tras el desastre colonial de 1898 y la pérdida de Cuba, el aldabonazo en la conciencia nacional de la cultura de esos años consistió en una insistencia en la renovación y planteamiento de los valores nacionales partiendo precisamente de ellos mismos. Esto es lo que hicieron los compositores que se plantearon la música popular, y también la música histórica española, como un punto de partida e investigación, siguiendo, como decíamos más arriba, las pautas de Pedrell, desechando, al mismo tiempo, el exotismo fácil de la música folclórica de un país que, a principios del siglo XX, estaba de moda en Europa, como era el caso de España. Esta tarea exige una elevada técnica musical y una profunda concienciación, no fiándose en la sola intuición para la realización de una tarea difícil y necesaria, mostrando los compositores de este período un nivel general de conocimientos notablemente superior al de sus antecesores.
 

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