La Orquesta Ciudad de Granada ha cerrado una
gran temporada 98/99 con dos conciertos dedicados a la figura de Johannes
Brahms, conciertos que, con otros dos que abrirán la temporada 1999/2000,
componen este Festival Brahms al que hacemos referencia en esta breve reseña.
Un cierre que marca diferencias con el resto de la programación
que nos ha ofrecido la OCG, pues la temporada 98/99 ha tenido "un perfume
francés", y se ha clausurado con obras cumbres del sinfonismo
alemán.
En el primer concierto, celebrado el pasado
viernes 21 en el Auditorio "Manuel de Falla", tuvimos la ocasión
de escuchar la Sinfonía nº 1 en do menor, op.68,
precedida por la "Inacabada" de Schubert y por el Vals del emperador
de J. Strauss. Un acertado programa, sin duda, en el que todas las obras
cautivaron, de un modo u otro, al público allí presente.
Y esto fue así gracias al intensísimo
trabajo de los profesores de la orquesta con el gran artífice de
este éxito, el maestro Salvador Mas, cuya labor ha sido profundamente
elogiada. El director catalán, que cada vez que visita Granada nos
demuestra que realmente es "más", impresionó por su modo
de conducir a los músicos y su habilidad para mover la música.
La sutileza de su gesto no contrarrestaba para nada su precisión,
y le bastaba una mirada para transmitir una relación o un matiz
diferentes. Ahí pudimos comprobar la perfecta armonía en
que habían trabajado los músicos con el maestro, dando una
impresión muy distinta a la que recibimos en el concierto precedente,
en el que una cierta falta de conexión y simpatía entre la
orquesta y el director Günter Neuhold provocó unos resultados
sonoros descuidados, incoloros e imprecisos en ciertas ocasiones.
Pero volviendo al "programa Brahms", diremos
que la orquesta estuvo aquí muy a la altura de las circunstancias,
respondiendo con calidad muy notable a todos los problemas que las partituras
iban planteando. De esta manera nos impactó la "Inacabada",
especialmente su primer movimiento, con el que los músicos dejaron
muy claro cómo iban a hacernos disfrutar esta vez. El sonido era
esta vez claro y compacto, especialmente en los vientos, y todos los músicos
pasaban con destreza las dificultades técnicas para interpretar
y hacer música de verdad, que era de lo que se trataba. Un fraseo
justo y proporcionado, un balance de sonoridades siempre equilibrado, y
un buen trabajo de los instrumentos solistas, hicieron de aquella interpretación
de la misteriosa sinfonía de Schubert un momento inolvidable de
superación.
Para relajarnos un poco tras el impacto inicial,
nos llegó el simpático guiño del vals vienés
con el Vals del emperador. Sin complejo alguno y como si todos los
intérpretes tuviesen la más pura sangre vienesa, disfrutaron
como enanos tocando esta famosísima pieza (se les veía sonreír
como nunca desde el público). Y tras el descanso, llegó el
esperado momento, el momento con el que no pocos aficionados y músicos
de Granada habían soñado tanto: escuchar a la OCG tocar las
sinfonías de Johannes Brahms.
El inicio de la Primera se movió
solemne y majestuosamente arrebatador, siempre guiado por el genial gesto
de Salvador Mas, y creó un ambiente de quasi-sobrecogimiento romántico
que se mantuvo creciente hasta el final de toda la ejecución. De
hecho a más de uno el final de la obra le dejó el vello de
punta. Fue un continuo fluctuar de tensiones entre secciones más
intensas y momentos algo más serenos, donde la calidad de los solos
resultaba decisiva. Casi sin que nos diéramos cuenta estabamos así
ya en el último movimiento, resuelto con gran maestría por
el director y los músicos e impactante en su efectividad gracias
a los recursos interpretativos. Tras el final, la impresión era
unánime entre los asistentes: hacía ya bastante tiempo que
no escuchábamos así a la OCG.
A la semana siguiente (hablamos ahora del pasado
viernes 28), ávidos por asistir a otra proeza musical del estilo
de la anterior, subimos de nuevo al Auditorio para disfrutar de un segundo
programa no menos atractivo: la Segunda de Brahms, arropada por
su fantástica Obertura trágica op.81 y las Variaciones
sobre un tema de Haydn. En pocas palabras, se podría decir que
se seguía apreciando la cordialidad entre músicos y director
(de nuevo Salvador Mas, que dirigirá también el resto del
ciclo) en un trabajo de ejecución limpio y en una interpretación
tan bien conseguida como magistral. Gran parte de la efectividad se debió
a la riqueza de contrastes (del tenso dramatismo de la Obertura
a la sólida dulzura de las Variaciones) y a una cuidadosa
y detallada lectura de la partitura.
Pero lo que ya rompió con todas las
posibles dudas fue la audición de la Sinfonía nº
2. Limpia, con toda seguridad y serena pero siempre llena, la música
de esta bella composición ascendía con toda ligereza de la
mano del maestro Mas a lo más alto de la sala; era realmente una
masa sonora muy compacta pero amablemente moldeable, atrevida pero siempre
dócil. Los momentos de mayor brillantez se sucedían suavemente,
deslizándose por la calidez de las cuerdas, que independientemente
de los diferentes timbres que pudieran ofrecer, tocaron siempre con una
calidad muy especial. En cuanto a los vientos, en la misma línea,
obtuvieron resultados igualmente brillantes pero nunca estridentes, muy
en proporción a las cuerdas, ya fuera en conjunto, ya fuera en los
solos.
Muy equilibrado también el color en
los violonchelos, y sorprendentemente satisfactorio en las trompas. La
coherencia en la interpretación provocaba una línea ascendente
en la tensión de los asistentes, los cuales, al término del
último movimiento, soltaron de golpe la respiración contenida
en una exhalación de admiración que resonó en toda
la sala, a la que siguió una prolongada ovación, merecida
recompensa a la labor de Salvador Mas y a los profesores de la Orquesta
Ciudad de Granada, que de esta inolvidable manera se despedían de
su público hasta el mes de octubre, cuando concluirá el Festival
Brahms con sus otras dos sinfonías y el Doble concierto.
Esperemos que octubre llegue pronto, si es
que la orquesta va a seguir en esta línea. Algunos ya estamos impacientes
por escuchar la Cuarta. Por cierto, un dato curioso: con un poco
de imaginación, estos conciertos se pueden disfrutar más,
sobre todo si observamos al primero de los violines segundos, Anatoli Romanov,
que guarda un asombroso parecido físico con Brahms (al menos desde
el patio de butacas parece como si el propio compositor hubiese querido
estar presente). En fin, un ciclo que, si se cierra tal y como se inició,
va a ser francamente inolvidable.
|