"Éste tenía que haber sido
el concierto inaugural". Lo pongo entrecomillado porque fue un comentario
bastante generalizado entre el público asistente al concierto del
domingo por la noche, nada más acabar la primera parte. Y es que,
con un programa tan especial, la orquesta veneciana y el maestro Karabtchevsky
marcaron una notable diferencia respecto al concierto del pasado viernes.
El programa consistía en dos obras consideradas
como locuras en la época en que fueron escritas, es decir,
obras atípicas que traspasaron los límites de las formas
tradicionales en busca de nuevas soluciones técnicas y expresivas:
la Quinta de Beethoven, y la Cuarta de Charles
Ives, que se estrenaba en España en este concierto. La peculiar
sinfonía del compositor norteamericano, que ocupaba la primera parte,
rompió los esquemas de gran parte de los oyentes, que no esperaban
escuchar algo tan originalmente revolucionario. La interpretación
fue bastante impactante, con una orquesta valiente y segura, enorme en
cuanto a efectivos musicales como requiere la partitura, y con un coro
también muy en su lugar, señales de que detrás de
eso había muchas horas de buen trabajo, dada la tremenda complejidad
de la obra. Y todo ello de la mano de un Karabtchevsky que se movía
con mucha más soltura que en la ocasión anterior, asistido
por Giuseppe Marotta, que ayudaba a que las polirritmias realizadas
entre unos grupos y otros de la orquesta fueran siempre perfectas.
El resultado sonoro era realmente de impresión,
especialmente en los vientos y la percusión, que jugó un
papel fundamental. La cuerda también gustó mucho con su sonido
cálido y atrevido y sus desafiantes golpes de arco. Aunque no se
trataba de una obra conocida, la Cuarta sinfonía de Ives
fue sin duda alguna la rareza triunfadora de la noche.
En cuanto a la Quinta de Beethoven,
podemos llevarnos de esta interpretación un grato recuerdo, similar
o casi mejor que el que nos dejó hace pocos años en este
mismo escenario la Orquesta Nacional de España. La sección
mantón-de-manila
del público disfrutó mucho más que con Ives (comprensiblemente),
aunque particularmente la versión me pareció por momentos
algo apresurada (a decir verdad, el concierto estaba ya ganado gracias
a la primera obra). No obstante, tras salvar algunas ligeras imprecisiones,
y especialmente desde el desarrollo del primer movimiento, el conjunto
sonó bastante más compacto y se sucedieron simpáticos
guiños de innovación, como por ejemplo en las articulaciones
y en la dinámica. Todo el resto de la sinfonía pasó
en un abrir y cerrar de ojos, y nos plantamos de repente en un brillante
final donde poco faltó para que los violines comenzasen a echar
humo (incluso a una viola parece ser que se le rompió una cuerda
nada más empezar). Tan rápido fue que, ante la generosa ovación,
hubo que repetir el final del cuarto movimiento.
De este modo, con un programa de extremos
– propios de la temática de esta edición del Festival –,
se cierra un denso fin de semana de arranque, un fin de semana que podemos
valorar como muy positivo y de buenos augurios para el resto de los conciertos
que quedan por celebrar, que no son pocos. Esperamos que así sea.
|