Hubo un tiempo en el que nuestra sociedad
comprendió que estamos conviviendo en un mundo donde existen multitud
de razas, con sus respectivas maneras de entender la vida. Ocurrió
también que aceptamos a todo ese ingente grupo humano y supimos
otorgarle el mismo respeto que exigimos para nuestro micromundo. De esas
loables ideas participaron, como era lógico, todas las artes.
El compositor bilbaíno Luis de Pablo
(1930) acarició todo ese manantial de renovados pensamientos y los
aplicó en la que sin duda es una de las pioneras creaciones electroacústicas
en nuestro país (sin olvidar, por supuesto, a Juan Hidalgo
y su Etûde de Stage): se trata de We, cuyo embrión
surge en torno a 1968 pero el definitivo alumbramiento esperaría
a 1984 en el Laboratorio de Música Electroacústica de Cuenca.
El poder contemplar en nuestros días
una música como We, y digo bien, teniendo en cuenta el trabajo
audiovisual preparado por Eugenia Funes conjuntamente con
el músico, se asemeja al hecho de ser partícipes de algo
que sucedió mucho tiempo atrás: un denso fresco musical que
despliega y clarifica el personalísimo universo de Luis de Pablo,
donde cobra protagonismo absoluto su particular inclinación hacia
las músicas étnicas, y un engañoso cóctel de
tintes político-filosóficos en el que se cita desde GarcilasodelaVega
hasta a Adolf Hitler, de
SantoTomás a Mao
Tse Tung.
Aquella incipiente y prometedora situación
social que se refiere al comienzo, queda sin embargo en el mismo punto
donde termina We, esto es, en la mayor del las utopías: música
pseudodocumental que adolece de todo lo pretendido por Luis de Pablo, probablemente
porque nunca fue interés del músico contar ninguna historia.
Cuando De Pablo realiza Chamán en
1975, ya poseía un mayor trabajo de campo en los generadores electroacústicos:
Tamaño
Natural, Soledad Interrumpida o Portrait Imaginé
(una de las más bellas composiciones del bilbaíno) son algunos
ejemplos intermedios.
Hay en Chamán (cuya cinta fue
realizada en la Universidad de MacGuill, en Montreal) una mayor corrección
técnica. La obra comienza con un acorde grave que evoluciona casi
imperceptiblemente, emparentándola con cierto tipo de música
objetual (François Bayle muy presente) que va transmutándose
en un singular viaje mediático hasta el trance (el mismo que realiza
el chamán) para finalizar en un estado donde nada es reconocible
y todo parece provenir de otra dimensión.
La estaticidad del discurso y las hipnóticas
imágenes de Funes convirtieron su compleja audición
en la cúpula del Planetario en una singular y recomendable experiencia.
El esforzado y valiente público (que llenaba el aforo) agradeció
con espontáneos aplausos, a pesar de la ausencia del compositor,
la nueva vía descubierta; algo que sin duda quedará en el
haber de Luis de Pablo: conseguir realizar dos obras de correcta factura
y discutibles resultados en un tiempo de precariedad en lo que se refiere
a los medios electroacústicos, y con el mérito añadido
de trabajar estos materiales sin poseer suficientes conocimientos, lo que
le llevaría a ceñirse posteriormente a los instrumentos tradicionales.
Pero eso es otro asunto... |