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Jerez de la Frontera, tan decisiva en la configuración y el desarrollo
del cante flamenco, cuenta con una escasa tradición de música
clásica: concretamente tres años, desde que el Teatro Villamarta
reabriera sus puertas en noviembre de 1996. Antes el panorama era desolador:
conciertos de la banda municipal (recordados maestros Joaquín
Villatoro y Moisés Davia), muy contadas intervenciones
de orquestas del Este, algún recital camerístico, la desaparecida
Muestra de Música Antigua, y poco más. Porque en la primera
gran etapa del teatro que edificara Teodoro Anasagasti, entre 1928
y 1986, el grueso de la programación lo integraban teatro, cine,
variedades y -por supuesto- flamenco: en su escenario se pudo gozar del
arte de Lola Flores a lo largo de toda su carrera. La zarzuela también
contó con un lugar destacado, contándose con la presencia
de figuras ilustres como Emilio Sagi Barba o Jacinto Guerrero,
entre otros. Pero de clásica-clásica, sólo los esporádicos
conciertos organizados por esa modesta gloria local que fue Germán
Álvarez Beigbeder, en su mayor parte de cámara, y alguna
que otra ópera. Ni que decir tiene que las obras que podían
escucharse pertenecían al repertorio más tradicional.
Por ello la actuación de la Orquesta
Sinfónica de Galicia, y muy concretamente la interpretación
de Tercera del organista de San Florián, ha supuesto un acontecimiento
histórico en la vida musical de la ciudad gaditana. Doblemente histórico.
Primero, por ser -casi con total seguridad- la primera ejecución
de una sinfonía de Anton Bruckner que aquí haya podido escucharse.
Segundo, por tratarse de la mejor interpretación de música
sinfónica que los jerezanos hayamos escuchado en nuestra tierra.
Al menos en este siglo que se nos acaba. ¿Cuándo ha venido
antes una orquesta tan potente, dúctil, empastada, homogénea
y capaz? ¿Cuándo hemos visto a un director tan centrado,
sabio y apasionado (no en el gesto, parco, sino en el resultado sonoro)?
Cierto es que en la lujosa programación que nos viene ofreciendo
el nuevo Villamarta hemos contado con la Orquesta de Cadaqués
bajo la dirección de Gennadi Rozhdestvensky, con la Sinfónica
de Sevilla bajo la de Yuri Temirkanov y con la English Chamber dirigida
por Leopold Hager, pero en ninguno de los casos -aun tratándose
de espléndidos conciertos- se llegó la altura que ha alcanzado
esta magistral interpretación bruckneriana.
Por desgracia, el pueblo de Jerez no ha estado
a la altura de las circunstancias. Ante todo, por la escasa asistencia:
no dispongo de datos exactos, pero calculo que habría poco más
de quinientas personas. Y aunque el gallinero estaba a rebosar,
un patio de butacas medio vacío causó una triste impresión
a los músicos. Tal vez las cuatro mil pesetas que costaba una entrada
de primera (las de anfiteatro estaban entre mil ochocientas y mil cien)
sean un poco excesivas para una ciudad con un alto índice de paro
y nula tradición musical de pago. Me consta que a aquellos
que, aun no faltándoles interés por la música, nunca
han viajado a la cercana Sevilla a escuchar un concierto, y por ello no
están al tanto de los precios usuales en España, les parece
un desembolso terrible. Una cuestión de mentalidad que se corregirá
con el tiempo, claro está; pero lo cierto es que hoy por hoy seguiremos
encontrándonos con vacíos desoladores.
Algunos de los que sí asistieron tampoco
estuvieron a la altura. Se aplaudió mucho, incluso con palmas flamencas
a
la jerezana (que casi matan de risa a una violinista oriental de los
segundos violines), pero algunos comentarios a la salida eran tremendos:
"sí, ha estado bien" era el menos desesperanzador entre los mismos.
Porque lo de "demasiado ruido en esta segunda parte" me hacía caer
el alma a los pies. Incluso hubo alguien que me preguntó algo así
como "¿siempre se toca a este compositor con tanta orquesta?". En
fin, para qué seguir. Falta lo esencial: educación musical.
A estas alturas es difícil que la adquieran determinadas capas de
población, pero otras sí que están a tiempo. Por ello
pienso que el futuro de la cultura en Jerez está en manos de los
jóvenes, aquellos que, aún sin tener ni idea de quiénes
fueron Brahms o Bruckner, salían maravillados y con ganas de repetir
la experiencia. Ellos serán quienes dentro de unos años abarroten
el Villamarta y conformen su público habitual. De ahí que
sea indispensable que, haciendo caso omiso de aquellos que piden que se
ofrezca "lo que aquí le gusta al público", la programación
siga con la admirable línea hasta ahora mantenida, lo que implica
un ineludible compromiso económico de últimamente nuestras
poco atentas autoridades.
Por lo que respecta al concierto en sí,
sólo añadiré a lo ya escrito por Julio
Andrade Malde -cuya valoración comparto plenamente- con
motivo del concierto coruñés, que me gustó mucho más
Antonio
Meneses, con sonido bellísimo y cien por cien brahmsiano, que
F. P. Zimmermann, más que frío y distanciado, incapaz
de transformar en música todas las emociones que asegura que le
produce el Doble concierto. Y que la Tercera de Víctor
Pablo, aunque no me ha hecho olvidar la magistral -y muy diferente-
versión que nos ofreció hace unos años Celibidache
en Sevilla, me pareció del mejor Bruckner que se puede escuchar
hoy en directo en España. Por cierto, sorprendió por sus
nada morosos tempi a quienes habíamos escuchado por la radio
la lentísima -pero no por ello menos hermosa- Novena que
ofrecieran los mismos intérpretes en junio.
Una cosa más: es una vergüenza que una
orquesta como la OSG y un director como Víctor Pablo estén
tan desaprovechados fuera de tierras gallegas. Sobre todo teniendo en cuenta
el triste panorama de la capital, con sus orquestas de tercera y sus directores
de gesto chulesco y batuta de esparto. Pero esa es otra historia.
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