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Un concierto histórico
Más artículos de este autorFernando López Vargas-Machuca
Jerez de la Frontera, Teatro Villamarta, 29 de octubre de 1999. Brahms, Doble concierto para violín y violonchelo, en la menor, opus 102; Bruckner, Tercera Sinfonía, en Re menor. Frank Peter Zimmermann (violín), Antonio Meneses (violonchelo), Orquesta Sinfónica de Galicia. Director, Víctor Pablo.
      Jerez de la Frontera, tan decisiva en la configuración y el desarrollo del cante flamenco, cuenta con una escasa tradición de música clásica: concretamente tres años, desde que el Teatro Villamarta reabriera sus puertas en noviembre de 1996. Antes el panorama era desolador: conciertos de la banda municipal (recordados maestros Joaquín Villatoro y Moisés Davia), muy contadas intervenciones de orquestas del Este, algún recital camerístico, la desaparecida Muestra de Música Antigua, y poco más. Porque en la primera gran etapa del teatro que edificara Teodoro Anasagasti, entre 1928 y 1986, el grueso de la programación lo integraban teatro, cine, variedades y -por supuesto- flamenco: en su escenario se pudo gozar del arte de Lola Flores a lo largo de toda su carrera. La zarzuela también contó con un lugar destacado, contándose con la presencia de figuras ilustres como Emilio Sagi Barba o Jacinto Guerrero, entre otros. Pero de clásica-clásica, sólo los esporádicos conciertos organizados por esa modesta gloria local que fue Germán Álvarez Beigbeder, en su mayor parte de cámara, y alguna que otra ópera. Ni que decir tiene que las obras que podían escucharse pertenecían al repertorio más tradicional.

     Por ello la actuación de la Orquesta Sinfónica de Galicia, y muy concretamente la interpretación de Tercera del organista de San Florián, ha supuesto un acontecimiento histórico en la vida musical de la ciudad gaditana. Doblemente histórico. Primero, por ser -casi con total seguridad- la primera ejecución de una sinfonía de Anton Bruckner que aquí haya podido escucharse. Segundo, por tratarse de la mejor interpretación de música sinfónica que los jerezanos hayamos escuchado en nuestra tierra. Al menos en este siglo que se nos acaba. ¿Cuándo ha venido antes una orquesta tan potente, dúctil, empastada, homogénea y capaz? ¿Cuándo hemos visto a un director tan centrado, sabio y apasionado (no en el gesto, parco, sino en el resultado sonoro)? Cierto es que en la lujosa programación que nos viene ofreciendo el nuevo Villamarta hemos contado con la Orquesta de Cadaqués bajo la dirección de Gennadi Rozhdestvensky, con la Sinfónica de Sevilla bajo la de Yuri Temirkanov y con la English Chamber dirigida por Leopold Hager, pero en ninguno de los casos -aun tratándose de espléndidos conciertos- se llegó la altura que ha alcanzado esta magistral interpretación bruckneriana.

     Por desgracia, el pueblo de Jerez no ha estado a la altura de las circunstancias. Ante todo, por la escasa asistencia: no dispongo de datos exactos, pero calculo que habría poco más de quinientas personas. Y aunque el gallinero estaba a rebosar, un patio de butacas medio vacío causó una triste impresión a los músicos. Tal vez las cuatro mil pesetas que costaba una entrada de primera (las de anfiteatro estaban entre mil ochocientas y mil cien) sean un poco excesivas para una ciudad con un alto índice de paro y nula tradición musical de pago. Me consta que a aquellos que, aun no faltándoles interés por la música, nunca han viajado a la cercana Sevilla a escuchar un concierto, y por ello no están al tanto de los precios usuales en España, les parece un desembolso terrible. Una cuestión de mentalidad que se corregirá con el tiempo, claro está; pero lo cierto es que hoy por hoy seguiremos encontrándonos con vacíos desoladores.

     Algunos de los que sí asistieron tampoco estuvieron a la altura. Se aplaudió mucho, incluso con palmas flamencas a la jerezana (que casi matan de risa a una violinista oriental de los segundos violines), pero algunos comentarios a la salida eran tremendos: "sí, ha estado bien" era el menos desesperanzador entre los mismos. Porque lo de "demasiado ruido en esta segunda parte" me hacía caer el alma a los pies. Incluso hubo alguien que me preguntó algo así como "¿siempre se toca a este compositor con tanta orquesta?". En fin, para qué seguir. Falta lo esencial: educación musical. A estas alturas es difícil que la adquieran determinadas capas de población, pero otras sí que están a tiempo. Por ello pienso que el futuro de la cultura en Jerez está en manos de los jóvenes, aquellos que, aún sin tener ni idea de quiénes fueron Brahms o Bruckner, salían maravillados y con ganas de repetir la experiencia. Ellos serán quienes dentro de unos años abarroten el Villamarta y conformen su público habitual. De ahí que sea indispensable que, haciendo caso omiso de aquellos que piden que se ofrezca "lo que aquí le gusta al público", la programación siga con la admirable línea hasta ahora mantenida, lo que implica un ineludible compromiso económico de últimamente nuestras poco atentas autoridades.

     Por lo que respecta al concierto en sí, sólo añadiré a lo ya escrito por Julio Andrade Malde -cuya valoración comparto plenamente- con motivo del concierto coruñés, que me gustó mucho más Antonio Meneses, con sonido bellísimo y cien por cien brahmsiano, que F. P. Zimmermann, más que frío y distanciado, incapaz de transformar en música todas las emociones que asegura que le produce el Doble concierto. Y que la Tercera de Víctor Pablo, aunque no me ha hecho olvidar la magistral -y muy diferente- versión que nos ofreció hace unos años Celibidache en Sevilla, me pareció del mejor Bruckner que se puede escuchar hoy en directo en España. Por cierto, sorprendió por sus nada morosos tempi a quienes habíamos escuchado por la radio la lentísima -pero no por ello menos hermosa- Novena que ofrecieran los mismos intérpretes en junio.

    Una cosa más: es una vergüenza que una orquesta como la OSG y un director como Víctor Pablo estén tan desaprovechados fuera de tierras gallegas. Sobre todo teniendo en cuenta el triste panorama de la capital, con sus orquestas de tercera y sus directores de gesto chulesco y batuta de esparto. Pero esa es otra historia.
 

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© 1999 by Fernando López Vargas-Machuca, Jerez