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Esta semana en el Auditorio de Galicia se anunciaba una gran orquesta,
la Filarmónica de San Petersburgo, con un gran director, Yuri
Temirkanov. Y ciertamente no nos decepcionó. Se trataba de un
concierto que debía haberse celebrado la temporada pasada. Bajo
la dirección de Sir George Solti, iba a ser el gran acontecimiento
con que se cerrara la temporada 97-98. La muerte de Solti lo impidió
y este año nos devolvieron el concierto, en este caso recurriendo
al director titular de la orquesta. El programa también fue otro.
Temirkanov eligió un programa exclusivamente ruso: la 7ª de
Prokofiev en la primera parte y Petruska de Stravinski en la segunda.
Este concierto nos permitió ver una
escuela de dirección orquestal, la rusa, ya no muy habitual en la
actualidad. Temirkanov es considerado el principal, por no decir el único
entre los grandes directores, que sigue la escuela de Evgueni Mravinski,
su antecesor en la titularidad de esta orquesta. De entrada resulta extraño
ver un director tan sobrio: no tiene batuta, prácticamente no se
mueve en el estrado, y no se despeina ni en los momentos más apurados
porque dirige casi exclusivamente con los brazos y las manos. Para él,
como para los buenos bailarines de ballet, manos e incluso dedos son un
importante elemento de expresividad. Uno no puede menos de recordar que
Temirkanov fue y es un importante director de ballets en San Petersburgo.
Además esta dirección orquestal resultó aun más
chocante si tenemos en cuenta que el último gran director que vimos
por aquí fue Ricardo Mutti, totalmente opuesto en sus maneras.
La segunda sorpresa que nos trajo la orquesta–debería
haber sido la primera pero este crítico es muy miope- fue la propia
colocación de los instrumentos, con los violines segundos frente
a los primeros, o sea, a la derecha del director, y los violoncellos justo
enfrente del director pero a su vez separados de los contrabajos que se
situaban tras los violines primeros. Esa era la colocación clásica
de la orquesta, excepto en lo que se refiere a los contrabajos, y para
esa distribución se escribió la mayoría de la música
clásica y romántica casi hasta Mahler. Luego se optó
por unir a todos los violines para ganar en grandeza y sonoridad de la
orquesta, y en la actualidad casi todos los directores de grandes orquestas–Carlos
Kleiber sería la excepción más destacada- usan
esta distribución aunque signifique perder muchos juegos tímbricos.
De hecho los grupos de música antigua y poco a poco los directores
más puristas, están volviendo a la colocación clásica,
pero en las orquestas con más tradición esto no siempre es
posible, porque entre tanto los músicos se han acostumbrado a una
serie de interrelaciones que un director ocasional, y casi todos lo son,
no puede cambiar so pena de encontrarse a media orquesta perdida. En fin,
que manda la orquesta y sus tradiciones, y no la pureza de sonido ni la
autenticidad.
En la primera parte del programa, la séptima
sinfonía de Prokofiev, ya se mostró lo mejor y lo
peor de la orquesta: unas cuerdas muy buenas tanto en afinación
como en empaste además de numerosísimas; unos vientos irregulares,
con momentos muy buenos y otros no tanto, y con unos instrumentos de poca
calidad; y una percusión todavía peor aunque paradójicamente
funcionara mejor en los momentos más difíciles. La obra no
pretendía ser muy profunda, Prokofiev no la había concebido
como su testamento musical, sino para una asociación juvenil, aunque
luego la muerte la convirtiera en su última sinfonía. Temirkanov
y la orquesta sin embargo la convirtieron en una buena muestra del estilo
de Prokofiev, aparentemente sencillo y muy cinematográfico, pero
con más profundidad de la que aparece a primera vista. En toda la
obra destacaron los ritmos percusivos y nítidos que iban a repetirse,
aunque con un carácter muy distinto, en la segunda parte del programa.
También llamaron la atención los fortissimos, que parecían
superar los decibelios permitidos en una sala relativamente pequeña
como es la del Auditorio. Pero lo mejor de la interpretación fue
también lo mejor que tiene Prokofiev: los rasgos juguetones de algunos
instrumentos solistas que contrastan con la pesadez de la orquesta, el
romanticismo que suena banal y lleno de tópicos pero que al mismo
tiempo se intuye como lo más auténtico, el continuo juego
de ecos y alternancias o de melodías compartidas entre los instrumentos
solistas y todos son solistas antes o después, la ligera disonancia
que da un aire áspero –pero no desagradable- a la obra; las pequeñas
polirritmias rápidamente suavizadas; las frases melódicas
buenas, bien pensadas, pero conscientemente malgastadas, sumergidas en
el relleno orquestal. Y esa continua lucha entre lo auténtico y
lo permitido, lo melódico y lo percusivo, lo profundo y lo banal
es lo que Termíkanov transmite. Y tampoco en la obra se pretende
más.
La segunda parte fue aun mejor que la primera.
Temirkanov enfoca Petruska como una mezcla de caracteres, cada uno de ellos
totalmente individualizado, y no como un conjunto. El resultado aparentemente
es bello, pero muy brusco, muy áspero. Sin embargo a la larga hay
más belleza en esa interpretación que en los Petruskas europeos.
Toda la obra se lee como un cuadro puntillista: los sonidos se presentan
en estado puro y es el oyente el que hace la mezcla, de igual forma que
es el ojo el que reúne los colores puros del cuadro en un todo.
Esto se nota sobre todo en los dos primeros movimientos donde todo es confusión
y por momentos parece que incluso el director ha perdido el hilo conductor.
Y sin embargo cuando uno se fija más ve una enorme claridad en los
solistas, unos cambios rítmicos y unas síncopas muy precisas,
una cuerda que nunca pierde su función. En los dos últimos
movimientos el puntillismo descriptivo se transforma– por seguir con los
paralelismos pictóricos- en un expresionismo casi abstracto por
lo distorsionado, la historia del muñeco es ahora una realidad que
se impone, los elementos melódicos no se mezclan, se superponen
unos encima de otros sin ceder en absoluto. Las polirritmias del cuarto
movimiento pudieron tener fallos -la percusión y el viento metal
no tenían la misma calidad que los otros grupos- pero resultó
igualmente increíble por la nitidez y seguridad de cada uno de los
instrumentos. El director no necesitaba ni siquiera marcar los cambios
de ritmo o tempo, un mínimo gesto de expresión llegaba y
además la división física de los grupos de cuerdas
no les permitía contagiarse unos de otros. El final de Petruska,
cuando se convierte en fantasma, fue totalmente diferente al de Prokofiev,
todo un desvairse de la orquesta, y sin embargo tuvo la misma fuerza que
había tenido el tutti final de la séptima sinfonía.
Ese fue el mayor logro de Temirkanov: el imponernos su visión de
Petruska, esa coherencia dentro del desorden, de tal forma que nos parezca
la única posible, la que desde hoy esperaremos encontrar en los
otros directores. .
Y de propina, porque aplaudimos mucho, otra
vez música rusa. Faltaba el más popular de los compositores,
Chaikovski,
y a él se dedicaron las dos piezas fuera de programa. En primer
lugar, y como transición, El beso del hada, un ballet de
Stravinsky donde se orquestan varias piezas menores de Chaikovski. A continuación
la escena de la maldición de La bella durmiente del propio
Chaikovski. No añadieron nada nuevo, sólo confirmaron lo
que ya habíamos visto, una gran orquesta en tamaño y calidad,
que es capaz de mostrar todo el romanticismo descontrolado de Chaikovski
con la misma seguridad con que nos dieron su visión de Prokofiev
o de Stravinsky.
Finalmente y para terminar repetimos lo ya
dicho por Cherubino la semana pasada: el
público tiene menos problemas con el siglo XX de los que los programadores
parecen pensar. El comentario general era que Prokofiev o Stravinsky suenan
mejor que Schubert, y no porque sean mejores compositores, sino
porque es una estética mucho más cercana a la gente de lo
que es en este momento gran parte del repertorio clásico-romántico.
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