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Una escena ingenua 
para una ingenua fingida
Por Julio Andrade Malde
La Coruña, 30 de Mayo de 1999. Teatro Rosalía Castro. " Festival Mozart". W.A. Mozart: La finta semplice. Producción, Coros y Orquesta de la Ópera de Cámara de Varsovia. Clave: Dagmara Dudzinska. Dirección musical, Zbigniev Graca. Rosina, Olga Paslecznik; Don Cassandro, Adam Kruszewski; Don Polidoro, Leszek Swidzinski; Giacinta, Eugenia Rezler; Ninetta, Danuta Hajduk; Fracasso, Jerzy Knetig; Simone, Andrzej Klimczak.
 
     El título de esta primeriza ópera -en rigor terminológico, la primera- que compuso Mozart a los doce años, puede ser traducido al castellano como la simple, la ingenua, la tonta, o incluso la boba fingida. Esta última denominación, como nos recuerda Fernando Peregrín en su artículo sobre la obra, en el libro-programa del Festival, tiene en el teatro clásico español honda "raigambre y significación". No obstante, el término "ingenua" parece traducir de manera más apropiada la falsa actitud que adopta la protagonista para conquistar al escarmentado y recalcitrante misógino Don Cassandro.

Una música falsamente simple

     Pues bien: para esta ópera, que se cimenta sobre la fingida ingenuidad de Rosina, Mozart compone una partitura igualmente de una falsa simplicidad. Asombra constatar lo que puede hacer un genio creativo a los doce años de edad. Sobre todo, si tenemos en cuenta que el compositor no amaba el género bufo. Suyas son estas palabras en una de las innumerables cartas escritas a su padre: "Se pueden componer (óperas bufas), pero sólo para ejercitarse o para no estar ocioso".

     Naturalmente, no hemos de buscar en esta obra de juventud la grandeza, el sentido dramático o el extraordinario oficio compositivo de sus grandes óperas de madurez: Don Juan, Las bodas de Fígaro, La flauta mágica... Pero sí podemos hallar el ingenio rítmico, la riqueza melódica, la nerviosa vivacidad de una música que fluye de manera incesante y de un modo por completo natural, y que es propia del joven Mozart. Todo ello traducido mediante la utilización de una orquesta que muestra ya un sentido del "color" más que notable, en especial por el empleo frecuente de instrumentos pertenecientes al grupo de las Maderas. Por citar un solo ejemplo, hay que referirse a la bellísima aria de Rosina, situada hacia el final del primer acto, donde el oboe acompaña, comenta y glosa las hermosas expresiones vocales de la soprano, a la manera de una segunda voz.

Un ingenuo montaje escénico

     El escenógrafo y director de escena, Ryszard Peryt, ha realizado un montaje sobre las tablas que también podría calificarse de ingenuo o de simple, ya que se ha limitado a vestir a los personajes de la ópera con los típicos e inconfundibles atuendos propios de los actores de la llamada "Commedia dell'Arte", y a enmarcar el escenario con unas reproducciones de las clásicas vistas de Venecia, tal como nos la muestra Canaletto en sus conocidos cuadros. Hay una cierta violencia en esta traslación geográfica ("la acción transcurre en la región de Cremona", es decir, en la Lombardía; Venecia se halla situada mucho más hacia el Este). Pero es verdad también que el autor de la comedia (adaptada por Coltellini) era Carlo Goldoni, el célebre autor teatral italiano, vinculado a la "Commedia dell'Arte" y veneciano de nacimiento. De manera que bien pueden aceptarse estas transposiciones y asumir unas convenciones teatrales en las que el vestuario parece conferir a los personajes un carácter a la vez más universal y más ingenuo.

     Teniendo en cuenta que La finta semplice se representa raramente, que para La Coruña constituye un estreno absoluto, y que con gran probabilidad lo sea también para España, hay que valorar de manera especial este montaje de la Ópera de Cámara de Varsovia pues nos permite escuchar y ver con absoluta dignidad esta deliciosa primicia mozartiana.

     Es, en efecto, ese dignísimo nivel medio lo que caracteriza esta producción: un conjunto más bien modesto, pero armonioso, sin discordancias, sin estridencias ni altibajos. Y de un evidente buen gusto. La escena -ya lo hemos dicho- enmarcada con discreción por las reproducciones de los paisajes urbanos de Canaletto. Los personajes -también lo hemos anticipado- caracterizados como figurantes de la Commedia dell'Arte. Uno de los aspectos más interesantes resultó el elemento cromático: en el vestuario y en el maquillaje predominaba un color determinado que identificaba a cada actor: rojo para Don Cassandro, violeta para Don Polidoro, amarillo para Rosina... Intervinieron sin voz en el juego escénico dos mimos que parecían personificar la muerte -lógicamente de negro- y un espectro -en tonos grises-.

Excelente base musical

     El Teatro Rosalía fue un marco ideal. Su dimensión, relativamente reducida, resulta muy adecuada para la representación de una ópera de cámara; por otra parte, su espléndida acústica permite escuchar con absoluta nitidez todos los elementos que integran el complejo espectáculo operístico.

     La base instrumental, en conjunto, mantuvo un estimable nivel artístico. Mejor los arcos que los metales, y estimables las maderas; extraordinario, el clave. Perfecta conjunción de foso y escena, fruto de un trabajo previo exhaustivo.

     Los cantantes mostraron excelentes cualidades vocales y escénicas.

     Rosina estuvo a cargo de una soprano lírica dotada de la agilidad y el mecanismo suficientes como para hallarse sobrada en las coloraturas de su parte; preciosa voz, muy bien impostada, homogénea, precisa y emitida con absoluta corrección; espléndida línea de canto; notable movilidad escénica.

     Un espléndido bajo cantante -voz poderosa, de bello esmalte, bien timbrada y valiente en el registro agudo- encarnó a Don Cassandro; como actor mide muy bien un personaje que, en otro caso, puede resultar grotesco.

      Don Polidoro, fue servido por un tenor dotado de una voz de excepcional calidad, muy bien situada y manejada a la perfección; espléndido como actor en la traducción de otro personaje proclive a caer en lo ridículo.

     Interesante voz la de la soprano que dio vida a Giacinta; timbre oscuro, mórbido, un punto inquietante, original... Su actuación sobre la escena con escasa desenvoltura.

     En un plano menos eminente, el tenor que representó al militar Fracasso, y la soprano que hizo la Ninetta. Muy notable, en cambio, el barítono (que no, bajo) que cantó el personaje de Simone.
 


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© 1999 by Julio Andrade, La Coruña