El título
de esta primeriza ópera -en rigor terminológico, la primera-
que compuso Mozart a los doce años, puede ser traducido al castellano
como la simple, la ingenua, la tonta, o incluso la boba fingida. Esta última
denominación, como nos recuerda Fernando
Peregrín en su artículo sobre la obra, en el libro-programa
del Festival, tiene en el teatro clásico español honda "raigambre
y significación". No obstante, el término "ingenua"
parece traducir de manera más apropiada la falsa actitud que adopta
la protagonista para conquistar al escarmentado y recalcitrante misógino
Don Cassandro.
Una música falsamente simple
Pues bien: para esta ópera, que se cimenta
sobre la fingida ingenuidad de Rosina, Mozart compone una partitura igualmente
de una falsa simplicidad. Asombra constatar lo que puede hacer un genio
creativo a los doce años de edad. Sobre todo, si tenemos en cuenta
que el compositor no amaba el género bufo. Suyas son estas palabras
en una de las innumerables cartas escritas a su padre: "Se pueden componer
(óperas bufas), pero sólo para ejercitarse o para no estar
ocioso".
Naturalmente, no hemos de buscar en esta obra
de juventud la grandeza, el sentido dramático o el extraordinario
oficio compositivo de sus grandes óperas de madurez: Don Juan,
Las bodas de Fígaro, La flauta mágica... Pero
sí podemos hallar el ingenio rítmico, la riqueza melódica,
la nerviosa vivacidad de una música que fluye de manera incesante
y de un modo por completo natural, y que es propia del joven Mozart. Todo
ello traducido mediante la utilización de una orquesta que muestra
ya un sentido del "color" más que notable, en especial por
el empleo frecuente de instrumentos pertenecientes al grupo de las Maderas.
Por citar un solo ejemplo, hay que referirse a la bellísima aria
de Rosina, situada hacia el final del primer acto, donde el oboe acompaña,
comenta y glosa las hermosas expresiones vocales de la soprano, a la manera
de una segunda voz.
Un ingenuo montaje escénico
El escenógrafo y director de escena,
Ryszard Peryt, ha realizado un montaje sobre las tablas que también
podría calificarse de ingenuo o de simple, ya que se ha limitado
a vestir a los personajes de la ópera con los típicos e inconfundibles
atuendos propios de los actores de la llamada "Commedia dell'Arte",
y a enmarcar el escenario con unas reproducciones de las clásicas
vistas de Venecia, tal como nos la muestra Canaletto en sus conocidos cuadros.
Hay una cierta violencia en esta traslación geográfica ("la
acción transcurre en la región de Cremona", es decir, en
la Lombardía; Venecia se halla situada mucho más hacia el
Este). Pero es verdad también que el autor de la comedia (adaptada
por Coltellini) era Carlo Goldoni, el célebre autor teatral
italiano, vinculado a la "Commedia dell'Arte" y veneciano de nacimiento.
De manera que bien pueden aceptarse estas transposiciones y asumir unas
convenciones teatrales en las que el vestuario parece conferir a los personajes
un carácter a la vez más universal y más ingenuo.
Teniendo en cuenta que La finta semplice
se representa raramente, que para La Coruña constituye un estreno
absoluto, y que con gran probabilidad lo sea también para España,
hay que valorar de manera especial este montaje de la Ópera de Cámara
de Varsovia pues nos permite escuchar y ver con absoluta dignidad esta
deliciosa primicia mozartiana.
Es, en efecto, ese dignísimo nivel medio
lo que caracteriza esta producción: un conjunto más bien
modesto, pero armonioso, sin discordancias, sin estridencias ni altibajos.
Y de un evidente buen gusto. La escena -ya lo hemos dicho- enmarcada con
discreción por las reproducciones de los paisajes urbanos de Canaletto.
Los personajes -también lo hemos anticipado- caracterizados como
figurantes de la Commedia dell'Arte. Uno de los aspectos más interesantes
resultó el elemento cromático: en el vestuario y en el maquillaje
predominaba un color determinado que identificaba a cada actor: rojo para
Don Cassandro, violeta para Don Polidoro, amarillo para Rosina... Intervinieron
sin voz en el juego escénico dos mimos que parecían personificar
la muerte -lógicamente de negro- y un espectro -en tonos grises-.
Excelente base musical
El Teatro Rosalía fue un marco ideal.
Su dimensión, relativamente reducida, resulta muy adecuada para
la representación de una ópera de cámara; por otra
parte, su espléndida acústica permite escuchar con absoluta
nitidez todos los elementos que integran el complejo espectáculo
operístico.
La base instrumental, en conjunto, mantuvo
un estimable nivel artístico. Mejor los arcos que los metales, y
estimables las maderas; extraordinario, el clave. Perfecta conjunción
de foso y escena, fruto de un trabajo previo exhaustivo.
Los cantantes mostraron excelentes cualidades
vocales y escénicas.
Rosina estuvo a cargo de una soprano lírica
dotada de la agilidad y el mecanismo suficientes como para hallarse sobrada
en las coloraturas de su parte; preciosa voz, muy bien impostada, homogénea,
precisa y emitida con absoluta corrección; espléndida línea
de canto; notable movilidad escénica.
Un espléndido bajo cantante -voz poderosa,
de bello esmalte, bien timbrada y valiente en el registro agudo- encarnó
a Don Cassandro; como actor mide muy bien un personaje que, en otro caso,
puede resultar grotesco.
Don Polidoro, fue servido por un tenor
dotado de una voz de excepcional calidad, muy bien situada y manejada a
la perfección; espléndido como actor en la traducción
de otro personaje proclive a caer en lo ridículo.
Interesante voz la de la soprano que dio vida
a Giacinta; timbre oscuro, mórbido, un punto inquietante, original...
Su actuación sobre la escena con escasa desenvoltura.
En un plano menos eminente, el tenor que representó
al militar Fracasso, y la soprano que hizo la Ninetta. Muy notable, en
cambio, el barítono (que no, bajo) que cantó el personaje
de Simone.
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