La Orquesta de Cámara
se formó en el seno de la Orquesta Sinfónica de Galicia para
abarcar un repertorio de gran interés que ésta no podía
cubrir. La agrupación es aún muy joven y, en consecuencia,
todavía se halla en proceso de maduración y perfeccionamiento.
Pero resulta evidente que está en el buen camino ya que, a medida
que transcurren los meses, se encuentra más conjuntada; el reiterado
trabajo en común hace que sus interpretaciones resulten cada vez
más perfectas.
Hay además otra cuestión de la
mayor importancia: el repertorio para orquesta de cámara obliga
a las colectividades instrumentales a un ajuste muy preciso; a un particular
refinamiento en el fraseo, sobre todo en la articulación de los
arcos; a una exquisita planificación de la dinámica. De todo
ello se beneficia la hermana mayor, la Sinfónica de Galicia, puesto
que los integrantes de la agrupación camerística también
forman parte de ella.
Massimo Spadano ha mostrado en repetidas
ocasiones que es un excelente músico. Su aportación a la
Orquesta de Cámara, tanto en el papel de director como en su doble
desempeño de concertino y solista, es muy importante. Tal vez, por
el momento, la agrupación no esté madura para tocar prácticamente
sin director, como fue el caso del hermoso Concierto para violín,
de Mozart, donde Spadano, situado lógicamente de espaldas a los
músicos, tuvo que dar prioridad absoluta a su función como
ejecutante. Por eso, aun reconociendo que la versión fue muy estimable
y que el violinista mantuvo un brillante nivel interpretativo (espléndida
la difícil cadencia del primer tiempo, por citar un solo ejemplo),
creo que no fue éste el mejor momento del concierto.
Escuchando la singular broma musical mozartiana,
ese sorprendente "Sexteto de músicos populares" (un cuarteto de
cuerda con dos trompas), no podía menos de pensar en el esfuerzo
que costaba al compositor escribir música deliberadamente mala y
errónea. Digo mala porque es evidente la búsqueda -no siempre
conseguida- de una inspiración vulgar (el tema zafio del Allegro,
por ejemplo); y digo errónea porque las disonancias de las trompas
y la progresión ascendente conclusiva en el Minuetto, así
como el aspecto caótico del último tiempo, que concluye con
unos acordes absolutamente insólitos, son errores de bulto buscados
también de intento. Un público numeroso y muy entendido (a
las doce de la mañana de un domingo sólo va a un concierto
quien tiene verdadero interés por la música, al menos en
esta ciudad) siguió encantado la tomadura de pelo mozartiana.
Se hablaba en el entreacto de que nuestros
oídos actuales están habituados a disonancias mucho más
fuertes. Cierto. Y también a los evidentes pasajes politonales del
último tiempo, y a los singulares cambios de tonalidad. Por eso
en nuestros días, la partitura se escucha con una sonrisa en los
labios. Hoy la vemos más como una broma inocente que como un violento
sarcasmo. Versión excelente de la orquesta, muy bien conducida por
Spadano en su doble función de director y concertino.
El momento culminante del concierto fue
la espléndida versión del Concierto para clarinete.
La Orquesta mantuvo un altísimo nivel para dar réplica a
la extraordinaria versión del primer clarinetista de la Sinfónica,
Vicente Alberola. Este joven virtuoso ha dado repetidas muestras de su
categoría artística tanto en los pasajes a solo del repertorio
habitual para gran orquesta como formando parte de conjuntos instrumentales
más reducidos. La espléndida sonoridad que obtiene del instrumento,
su justeza, perfecta afinación y -acaso sobre todo- el fraseo exquisito
que le caracteriza, obtenido mediante un delicado juego con los volúmenes
y un sutilísimo "rubato"; todo ello hace que sus interpretaciones
resulten inconfundibles.
El público coruñés
ha sabido reconocer, desde hace ya mucho tiempo, la excepcional calidad
artística de Alberola; de manera que su versión del Concierto
para clarinete de Mozart sólo asombró a nuestros visitantes;
para nosotros, fue una nueva muestra de la categoría de nuestro
clarinetista principal. Los ataques en pianísimo, los juegos de
volúmenes y de tesituras, los efectos-eco, el cuidado en los pasajes
transicionales, el modelado dinámico de las más sutiles frases...
Y, acaso por encima de todo, un segundo tiempo en verdad maravilloso, pleno
de serena belleza. Cuando expiró la última nota de la hermosa
partitura mozartiana, la audiencia prorrumpió en interminables aplausos
y exclamaciones de entusiasmo. Un acto de entera justicia.
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