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Vengerov: Curvas perfectas
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A Coruña. Festival Mozart. 13 de junio de 1999. Teatro Rosalía de Castro. Maxim Vengerov; John Anderson. English Chamber Orchestra. J. S. Bach, Doble Concierto para violín y oboe en do menor, BWV 1060. W. A. Mozart, Sinfonía nº 29 en la mayor, K. 201 y Concierto para violín y orquesta nº 4 en re mayor, K. 218. F. Schubert, Adagio y Rondó para violín y orquesta en la mayor, D. 438

     En esta ocasión, Cherubino no pude ser imparcial. Reconozco mi pasión por Vengerov desde hace algunos años, pasión que se confirmó definitivamente en un concierto en 1997 bajo la batuta de Ch. Dutoit con la Sinfónica de Montréal en el que interpretó el Concierto para violín en Re mayor de Beethoven. En la intimidad del teatro coruñés, esta vez sin necesidad de los prismáticos a los que permanecí pegado en aquella ocasión, ya que estaba situado en la primera fila, disfruté además de una faceta del intérprete que no conocía: la de director. Su protagonismo a lo largo de toda la noche fue absoluto. Sus movimientos e incluso su histrionismo en escena desprenden musicalidad y talento en todo momento. Aparte de su virtuosismo, que como siempre colmó las expectativas del público que sigue su carrera, Venguerov demostró algo no siempre presente en los solistas jóvenes de primera fila: la madurez de sus ideas musicales y la solidez de su criterio personal.

     El concierto para oboe y violín de Bach fue un despliegue de control de la situación y la obra. Venguerov lo hizo todo a la vez y todo bien: dirigió a la orquesta, tocó su parte solista del concierto y demostró su buen gusto en lo que se refiere a la faceta camerística o concertante, ya que tanto él como John Anderson estuvieron espléndidos en compenetración, unidad del criterio estilístico e incluso empaste de la articulación y los timbres (¡sorprendente en el caso de instrumentos de familias tan distintas!). Por supuesto, hubo quien se sorprendió de que Vengerov no destacara en esta obra por su volumen, o por el efectismo de su arco, como resulta lógico en quien va a admirar al "virtuoso a cualquier precio". Pero es que Vengerov es por encima de todo buen músico, y supo estar en su lugar dentro del esquema concertante de la obra, de sus coordenadas estilísticas y de su particular sencillez estructural. La parte del oboe, con mucho más margen que la del violín para la exhibición individual, resultó impecable de sonido y fraseo - ambos intensos y delicados.

     Me gustaría que todos hubieran visto a Vengerov dirigiendo la Sinfonía 29 de Mozart desde la fila 1 del teatro. Ni una sóla nota pasa desapercibida, ninguna sale simplemente de las partituras de los atriles sin pasar por esa mente colectiva brillante y rápida que Vengerov despierta de forma mágica en la orquesta (por supuesto, es una excelente orquesta). No se trata de un director-prestidigitador, ni de un director que maneja hábilmente los hilos de sus muñecos, sino de un cerebro ágil y claro que elimina la distancia entre el conjunto de músicos que suenan y sus propios límites corporales. En el primer movimiento (en el que, por otra parte, me sorprendió alguna pequeña desafinación de los violines primeros) Vengerov optó por una lectura un tanto dulzona de algunos pasajes, jugando con las modulaciones y hasta con los distintos grados de presión del arco y entrada en la cuerda (¡exactamente igual que lo haría él solo con su propio violín!). En el Andante, en el que volvimos a disfrutar de un corto y precioso solo de oboe de Anderson, me di cuenta de que Vengerov no usa la batuta para dirigir: al igual que el arco cuando toca, es una prolongación de su brazo derecho, pero en este caso creo que no le habría hecho falta. Los cambios, entradas, el tono de los diferentes motivos y los juegos rítmicos no salen de su batuta, sino de su "coreografía" global. El Minueto, galante a ultranza, consiguió que el motivo rítmico de las figuras con puntillo en el que se basa, repetido hasta la saciedad, fuera deseado en cada una de sus apariciones. El Allegro con spirito final constituyó una muestra de la gran agilidad de los arcos, excelentes en la cuerda de cellos y muy notables en las violas, que tuvieron una presencia fuera de lo común durante todo el concierto por su calidad. Curiosamente, el primer violoncello, con una distribución de arco muy diferente del resto de su cuerda (tocaba bastante desplazado al talón en relación con el resto), resultó ser un gran director de cuerda.

     Ahora bien; digamos dos palabras más sobre la peculiar "coreografía" de Vengerov. ¿En qué consiste exactamente? A riesgo de que se me califique de excéntrico, diré que el maestro dirige sobre todo con su expresión facial y su respiración. Vengerov maneja tres curvaturas esenciales, que corresponden a otros tres "arcos": el arco de su violín, el arco de de su espalda y el arco de sus cejas. 

     Del primero sale un sonido espectacular por su uniformidad y profundidad, que recuerda en algo al arco de David Oistrakh sin llegar a tener la rotundidad del peso del brazo de éste. De espectacular pasa a asombroso cuando se trata de la cuarta cuerda del violín, que suena en las posiciones altas sin la opacidad un tanto amanerada propia de las digitaciones llenas de glissandi usadas en las obras virtuosísticas para cuerda, sobre todo a partir del romanticismo. Este aspecto en especial hizo contener la respiración al público en el Andante cantabile del Concierto nº 4 para violín de Mozart. Hay otros dos usos fascinantes de la cuarta cuerda que Vengerov mostró con la sencillez característica de lo genial a lo largo de la misma obra. Por una parte, su utilización como simple generadora de armónicos en algunos pasajes de dobles cuerdas, en las que casi puedo afirmar que el roce del arco despertaba la vibración haciendo surgir los armónicos sin tocar la nota exactamente, a pesar de pisar la cuerda a fondo (ya sé que es imposible, pero créanme: lo hizo). Por otra parte, en el Rondeau final, realiza un pasaje en el que el sol al aire funciona como bordón con la despreocupación valiente que esto exige - despreocupación por redondear el sonido, por regular las velocidades en las distintas partes del arco. En definitiva, una brillante renuncia momentánea de la técnica elemental de la producción del sonido en el instrumento en aras de un efecto imitativo lúdico. El bordón es como un zumbido, insistente y poco pulido: además, Vengerov lo acompañó con un significativo ademán corporal de monotonía.

     El arco de su espalda fue la curtavura con la que dirigió el Adagio y Rondó de Schubert. Es muy característica de su expresión corporal propia este gesto de enarcamiento de la columna paralelo al desplazamiento del arco por las cuerdas (tanto en el paso sucesivo de las cuerdas graves a las agudas y viceversa, como en el desplazamiento a lo largo del recorrido del talón a la punta del arco). Pero en el caso de esta obra, cuya ejecución como solista fue realmente espectacular, su espalda se convirtió en un verdadero regulador gráfico hecho carne. Créanme de nuevo: Vengerov puede dirigir con la curvatura de la espalda y con la punta del arco que sobresale de cara a la orquesta cuando toca mirando hacia el público.

     El arco de cejas, acartonado y un tanto mefistofélico en sus fotografías, tan exageradamente retocadas y cargadas de maquillaje, tiene vida propia cuando se trata de comunicarse con los músicos. Verdadero actor en todo momento, como todos los grandes maestros, re-crea la música que interpreta con la frescura de la improvisación que aflora en su rostro; un rostro que asusta un poco por lo explícito, por la exigencia constante de atención ante lo que en el ocurre - porque, en efecto, lo que ocurre en su cerebro no sólo se oye, sino que también se ve corporalmente.

     Dominando la situación en todo momento, consciente del éxtasis en el que había sumido al público, aprovechó el momento de la propina para hacer un conmovedor alegato de solidaridad y hablar de su experiencia personal con los niños soldados de Uganda. En homenaje a ellos, y regalando al público otra nueva faceta de su virtuosismo, tocó en un dificilísimo pizzicato, sentado en una silla que se convirtió casi en la de Charlie Rivel, la Balalaika de Shedrin.

     Aún hay una cuarta curva sorprendente en Vengerov: la curva de la tercera falange de los dedos de su mano izquierda. Sin duda de ahí brota su magnífico vibrato y gran parte del sonido compacto y nítido con el que oímos cada nota en los pasajes de velocidad. Pero ahondar en esta cuarta curva ya sería una especie de fanatismo escolástico que podría agotar al lector.


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