En esta ocasión, Cherubino no pude
ser imparcial. Reconozco mi pasión por Vengerov desde hace algunos
años, pasión que se confirmó definitivamente en un
concierto en 1997 bajo la batuta de Ch.
Dutoit con la Sinfónica de Montréal en el que interpretó
el Concierto para violín en Re mayor de Beethoven. En la
intimidad del teatro coruñés, esta vez sin necesidad de los
prismáticos a los que permanecí pegado en aquella ocasión,
ya que estaba situado en la primera fila, disfruté además
de una faceta del intérprete que no conocía: la de director.
Su protagonismo a lo largo de toda la noche fue absoluto. Sus movimientos
e incluso su histrionismo en escena desprenden musicalidad y talento en
todo momento. Aparte de su virtuosismo, que como siempre colmó las
expectativas del público que sigue su carrera, Venguerov demostró
algo no siempre presente en los solistas jóvenes de primera fila:
la madurez de sus ideas musicales y la solidez de su criterio personal.
El concierto para oboe y violín
de Bach fue un despliegue de control de la situación y la obra.
Venguerov lo hizo todo a la vez y todo bien: dirigió a la orquesta,
tocó su parte solista del concierto y demostró su buen gusto
en lo que se refiere a la faceta camerística o concertante, ya que
tanto él como John Anderson estuvieron espléndidos
en compenetración, unidad del criterio estilístico e incluso
empaste de la articulación y los timbres (¡sorprendente en
el caso de instrumentos de familias tan distintas!). Por supuesto, hubo
quien se sorprendió de que Vengerov no destacara en esta obra por
su volumen, o por el efectismo de su arco, como resulta lógico en
quien va a admirar al "virtuoso a cualquier precio". Pero es que
Vengerov es por encima de todo buen músico, y supo estar en su lugar
dentro del esquema concertante de la obra, de sus coordenadas estilísticas
y de su particular sencillez estructural. La parte del oboe, con mucho
más margen que la del violín para la exhibición individual,
resultó impecable de sonido y fraseo - ambos intensos y delicados.
Me gustaría que todos hubieran visto
a Vengerov dirigiendo la Sinfonía 29 de Mozart desde la fila
1 del teatro. Ni una sóla nota pasa desapercibida, ninguna sale
simplemente de las partituras de los atriles sin pasar por esa mente colectiva
brillante y rápida que Vengerov despierta de forma mágica
en la orquesta (por supuesto, es una excelente orquesta). No se
trata de un director-prestidigitador, ni de un director que maneja hábilmente
los hilos de sus muñecos, sino de un cerebro ágil y claro
que elimina la distancia entre el conjunto de músicos que suenan
y sus propios límites corporales. En el primer movimiento (en el
que, por otra parte, me sorprendió alguna pequeña desafinación
de los violines primeros) Vengerov optó por una lectura un tanto
dulzona de algunos pasajes, jugando con las modulaciones y hasta con los
distintos grados de presión del arco y entrada en la cuerda (¡exactamente
igual que lo haría él solo con su propio violín!).
En el Andante, en el que volvimos a disfrutar de un corto y precioso
solo de oboe de Anderson, me di cuenta de que Vengerov no usa la batuta
para dirigir: al igual que el arco cuando toca, es una prolongación
de su brazo derecho, pero en este caso creo que no le habría hecho
falta. Los cambios, entradas, el tono de los diferentes motivos y los juegos
rítmicos no salen de su batuta, sino de su "coreografía"
global. El Minueto, galante a ultranza, consiguió que el
motivo rítmico de las figuras con puntillo en el que se basa, repetido
hasta la saciedad, fuera deseado en cada una de sus apariciones. El Allegro
con spirito final constituyó una muestra de la gran agilidad
de los arcos, excelentes en la cuerda de cellos y muy notables en las violas,
que tuvieron una presencia fuera de lo común durante todo el concierto
por su calidad. Curiosamente, el primer violoncello, con una distribución
de arco muy diferente del resto de su cuerda (tocaba bastante desplazado
al talón en relación con el resto), resultó ser un
gran director de cuerda.
Ahora bien; digamos dos palabras más
sobre la peculiar "coreografía" de Vengerov. ¿En qué
consiste exactamente? A riesgo de que se me califique de excéntrico,
diré que el maestro dirige sobre todo con su expresión facial
y su respiración. Vengerov maneja tres curvaturas esenciales, que
corresponden a otros tres "arcos": el arco de su violín, el arco
de de su espalda y el arco de sus cejas.
Del primero sale un sonido espectacular por
su uniformidad y profundidad, que recuerda en algo al arco de David
Oistrakh sin llegar a tener la rotundidad del peso del brazo de éste.
De espectacular pasa a asombroso cuando se trata de la cuarta cuerda del
violín, que suena en las posiciones altas sin la opacidad un tanto
amanerada propia de las digitaciones llenas de glissandi usadas
en las obras virtuosísticas para cuerda, sobre todo a partir del
romanticismo. Este aspecto en especial hizo contener la respiración
al público en el Andante cantabile del Concierto nº
4 para violín de Mozart. Hay otros dos usos fascinantes de la
cuarta cuerda que Vengerov mostró con la sencillez característica
de lo genial a lo largo de la misma obra. Por una parte, su utilización
como simple generadora de armónicos en algunos pasajes de dobles
cuerdas, en las que casi puedo afirmar que el roce del arco despertaba
la vibración haciendo surgir los armónicos sin tocar
la nota exactamente, a pesar de pisar la cuerda a fondo (ya sé que
es imposible, pero créanme: lo hizo). Por otra parte, en el Rondeau
final, realiza un pasaje en el que el sol al aire funciona como bordón
con la despreocupación valiente que esto exige - despreocupación
por redondear el sonido, por regular las velocidades en las distintas partes
del arco. En definitiva, una brillante renuncia momentánea de la
técnica elemental de la producción del sonido en el instrumento
en aras de un efecto imitativo lúdico. El bordón es como
un zumbido, insistente y poco pulido: además, Vengerov lo acompañó
con un significativo ademán corporal de monotonía.
El arco de su espalda fue la curtavura con
la que dirigió el Adagio y Rondó de Schubert. Es muy
característica de su expresión corporal propia este gesto
de enarcamiento de la columna paralelo al desplazamiento del arco por las
cuerdas (tanto en el paso sucesivo de las cuerdas graves a las agudas y
viceversa, como en el desplazamiento a lo largo del recorrido del talón
a la punta del arco). Pero en el caso de esta obra, cuya ejecución
como solista fue realmente espectacular, su espalda se convirtió
en un verdadero regulador gráfico hecho carne. Créanme de
nuevo: Vengerov puede dirigir con la curvatura de la espalda y con la punta
del arco que sobresale de cara a la orquesta cuando toca mirando hacia
el público.
El arco de cejas, acartonado y un tanto mefistofélico
en sus fotografías, tan exageradamente retocadas y cargadas de maquillaje,
tiene vida propia cuando se trata de comunicarse con los músicos.
Verdadero actor en todo momento, como todos los grandes maestros, re-crea
la música que interpreta con la frescura de la improvisación
que aflora en su rostro; un rostro que asusta un poco por lo explícito,
por la exigencia constante de atención ante lo que en el ocurre
- porque, en efecto, lo que ocurre en su cerebro no sólo se oye,
sino que también se ve corporalmente.
Dominando la situación en todo momento,
consciente del éxtasis en el que había sumido al público,
aprovechó el momento de la propina para hacer un conmovedor alegato
de solidaridad y hablar de su experiencia personal con los niños
soldados de Uganda. En homenaje a ellos, y regalando al público
otra nueva faceta de su virtuosismo, tocó en un dificilísimo
pizzicato,
sentado en una silla que se convirtió casi en la de Charlie Rivel,
la Balalaika de Shedrin.
Aún hay una cuarta curva sorprendente
en Vengerov: la curva de la tercera falange de los dedos de su mano izquierda.
Sin duda de ahí brota su magnífico vibrato y gran parte del
sonido compacto y nítido con el que oímos cada nota en los
pasajes de velocidad. Pero ahondar en esta cuarta curva ya sería
una especie de fanatismo escolástico que podría agotar al
lector.
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