Dudo que haya alguna persona con conocimiento
de la historia de la ópera y que sea tan obtusa que no considere
la colaboración entre Mozart y Da Ponte como uno de esos momentos
gloriosos de este género artístico. Sabido es que dicha colaboración
termina con Così fan tutte, pero rara vez se destaca el prodigioso
finale
de esta obra, verdadera glosa musical, poética y filosófica
de ese grandioso compendio del conocimiento humano sobre el amor, la vida
y la muerte que es la genial trilogía de Mozart y Da Ponte. "Afortunado
el hombre que toma las cosas por su lado bueno, y en todos los casos y
sucesos se deja guiar por la razón"; así comienza el
tutti
final de Così fan tutte, y que precisamente constituyó
uno de los momentos cumbres de la representación coruñesa
que tuve la fortuna de presenciar la otra tarde.
Es lógicamente elemental resaltar esta
cita del libreto en relación con el espectáculo mencionado,
pues me da la impresión que la razón y el más elemental
sentido común han guiado a los responsables artísticos y
administrativos a la hora de ofrecer al público coruñés
el estreno en su ciudad de una ópera que es, a la vez, repertorio
clásico y perenne novedad; simplicidad y claridad en escena y foso,
pero de compleja y exigente realización; que instruye a público
e intérpretes a la vez que les divierte y emociona; y que cuando
se programa y ejecuta con seriedad, con buen gusto y estilo, sacando el
máximo partido de los medios disponibles, constituye un acabado
y perfecto ejemplo de la razón de ser, de la posible vigencia de
la ópera, en este final de milenio, en una sociedad como la nuestra.
Si los responsables del nuevo teatro lírico de A Coruña son
capaces de proseguir con esta inteligente política de gestión,
dejándose guiar por la razón y el buen sentido artístico
y administrativo, más allá del acontecimiento singular que
significa el Festival Mozart, no debe extrañarnos que esta ciudad
abierta al Atlántico se convierta en el primer centro lírico
español capaz de hablar con voz propia en el complejo, bullicioso
y desorientado foro operístico internacional.
Y sin embargo, la fórmula del éxito
ahora alcanzado por la ópera en el Festival Mozart de A Coruña
parece ser de una simplicidad bíblica que haría reír
a "Don Alfonso", remedo escénico de propio libretista Da Ponte:
una orquesta de calidad, fluida y cómoda en el lenguaje mozartiano;
un director que es, ante todo, un buen concertador, amén de conocedor
y comunicador del talante y las maneras expresivas del salzburgués;
una producción rodada, hecha con el sentido común teatral
de la gran tradición inglesa, fácil de comprender para el
neófito y llena de detalles, de guiños de complicidad para
el espectador experimentado; y una compañía de canto formada
por cantantes de probadas calidad y eficacia y dominadores del personalísimo
estilo escénico de Mozart y Da Ponte.
Sorprendente en verdad la forma en que Víctor
Pablo Pérez, director titular de la Orquesta Sinfónica de
Galicia, fue capaz de gobernar con mano firme el discurrir conjunto de
orquesta y cantantes, sobre todo si tenemos en cuenta la escasa experiencia
teatral del maestro. El director musical tuvo sus mejores momentos en los
dos finales, de impecable realización, posiblemente una de los mayores
logros en la interpretación operística reciente en nuestro
país. También hay que alabar su calidad como acompañante,
tanto en las arias como en los conjuntos, atento siempre a lograr que música
y cantantes respiren al unísono. A veces, como en los recitativos
acompañados, se echa en falta un mayor pálpito dramático,
una más evidente expresividad del sentimiento vocal y musical, una
falta de carne y nervio en los personajes. Víctor Pablo es consciente
de la gran diferencia que existe entre el pulso dramático de una
ópera en versión de concierto y dramatizada en el escenario;
pero le falta la experiencia necesaria para llevar a la práctica
esos conocimientos, que solo se dominan, cuando se logra, con muchas horas
de foso. Así el primer acto fue algo irregular -- ya la obertura
fue presagio de lo que seguiría --, con ciertas caídas de
tensión en la acción escénica y excesivo realce de
los aspectos concertantes de la obra -- a veces tenía la sensación
de oír una sinfonía concertante con voces obligadas -- en
detrimento del desarrollo dramático de la misma.
Los recitativos secos, generalmente recortados
y descuidados en las versiones de concierto, se muestran como sutiles trampas
para el director musical no muy experimentado. También es patente
que Víctor Pablo se ha dado cuenta de que la música de Mozart
constituye un auténtico subrayado a la acción escénica,
que está llena de detalles explicativos de ambientes, estados de
ánimo o de simples y evidentes elementos de la acción dramática;
mas no es lo mismo ejecutar, plasmar esos detalles musicales en una versión
de concierto que en un foso, como no es lo mismo describir un paisaje que
retratarlo. Pero todo se andará; con la clase y la musicalidad de
Víctor Pablo, con sus dotes de gran acompañante, si elige
bien sus próximos compromisos operísticos, no me cabe duda
de que en un breve plazo estaremos ante un verdadero maestro concertador
de foso y escena, que, repito, es algo más que concertador de voces
e instrumentos. De hecho, ya en A Coruña, se notó una clara
mejora en el segundo acto, que fue a más, alcanzando momentos de
gran intensidad y fulgor orquestal al servicio del movimiento escénico
y el decurso dramático, lo que por otro lado está implícito
en el lógico desarrollo de la acción y de la música
de Così fan tutte.
Hubo acierto también en la elección
del reparto, aunque Gwendolyn Bradley, pizpireta y simpática
soprano de color, no parece que dé lo mejor de si misma como "Despina";
en un escenario de acústica no muy favorable para las voces como
es el nuevo Teatro de la Ópera de A Coruña, papeles como
el de la inquieta, vivaz y muñidora sirvienta requieren de una voz
más potente que la exhibida por la cantante americana. Los timbres
de las chicas emparejaban francamente bien, lo que añadió
disfrute a sus intervenciones conjuntas. María Bayo, gran
triunfadora de la función, fue muy aplaudida por el público
al final de sus arias. A mí, personalmente, me convenció
más en la segunda, el rondó "Per pietà, ben mio"
que en la primera, la célebre "Come scoglio", en la que estuvo
magníficamente arropada por el maestro. Y es que no solo hay que
dar todas y cada una de las notas (y los graves hay que entonarlos, no
hablarlos), sino que éstas deben tener un valor expresivo directo
y sincero, sin sombra de afectación. La soprano española
se acercó más a ese ideal mozartiano, reservado para las
grandes de verdad, en algunos pasajes de "Per pietá", donde logró
emocionarme con cierta intensidad. Su "Fiordiligi", siendo ya de calidad,
es susceptible de mejoras, entre las cuales conviene citar el corregir
una ligera tendencia hacia el amaneramiento efectista. Menos ovacionada
pero no por ello menos triunfadora Liliana Nikiteanu, gran mezzo
rumana afincada en Zürich. Encarna una "Dorabella" de gran sentido
escénico a la que la dota de ricos colores tanto en el canto como
en los recitativos. Hubo mucha música y mucha verdad dramática
en su aria "È amore un ladroncello", expuesta con exquisito
gusto y sentida declamación. Mérito de ambas y de Víctor
Pablo y su orquesta fue que su canto conjunto se convirtiese en uno de
los grandes logros de esta representación.
Esperaba más, lo confieso, del "Ferrando"
de Raúl Giménez, tenor argentino que cantaba por vez
primera en España y que viene precedido de renombre internacional
como intérprete rossiniano, logrado a lo largo de estos diez últimos
años en grandes centros de la lírica. La voz no sonó
por igual y no siempre salió bien proyectada y rica de resonancias,
sino que a veces pareció entubada y algo nasal. Pese a ello, uno
es consciente de que Giménez es un cantante con escuela y buen estilo
y con vena teatral y sentido común para la comicidad, por lo que
su "Ferrando" fue más que digno e incluso su intervención
tuvo detalles de cantante de gran clase (como, por ejemplo, al abordar
la repetición de "Un'aura amorosa", justo unos segundos antes
de que sonara un teléfono móvil; en ese instante, indudablemente,
se fastidió la magia del momento).
Pietro Spagnoli es un consumado "Guglielmo",
papel que viene interpretando con asiduidad y en producciones de categoría.
Magnífico en los recitativos, simpático en sus gestos, adecuado
en su canto, conjuntado con el tenor, expuso con mucha suficiencia y perfecta
articulación el aria "Donne mie", en la que eché a faltar
un poco más de bronce baritonal en la entonación de los graves
finales de las frases más lapidarias y sentenciosas. Algo de esto
hay que poner también en el debe de Giovanni Furlanetto,
siempre y cuando anotemos en su haber una gran caracterización del
filósofo "Don Alfonso", una gran habilidad escénica para
hacer evidente que maneja los hilos de la trama con mano firme pero manteniéndose
siempre en un discreto segundo plano; y una visión del personaje
muy humana, menos cínica que lo que suele ser habitual y muy en
la línea de ver en "Don Alfonso" una especie de personificación
del alter ego no cortesano y filosófico de Da Ponte.
La producción de Jonathan Miller,
inicialmente concebida para el Maggio Musicale Fiorentino de 1991, se había
ya puesto en escena en el Teatro de la Zarzuela, en 1995, dentro de la
programación del 8º Festival Mozart. En ambas ocasiones, la
realización práctica ha estado a cargo de Gianfranco Ventura.
Se trata de un montaje clásico, de gran calidad y, como ya ha quedado
dicho, lleno de detalles de ambiente, de referencias históricas
y del propio devenir de la acción, y que ha estado en escena en
numerosos teatros líricos. Si me fío de mi recuerdo, ha resultado
más lograda esta segunda puesta en escena en A Coruña que
la primera de Madrid. Tal vez se deba a las mejores condiciones escénicas
del Teatro de la Ópera de A Coruña, aunque la falta de experiencia
con la tramoya les haya jugado una mala experiencia a los técnicos
coruñeses, haciendo que la luna entrase en escena un tanto a la
deriva.
El Coro del Festival Mozart de A Coruña,
formado por coruñeses nacidos en A Coruña, Austria, Rumanía,
Inglaterra, etc., en su debut escénico, cumplió sobradamente,
tanto en su canto como en su cometido teatral.
La representación fue muy aplaudida,
y todos los intérpretes tuvieron que salir a saludar varias veces,
lo que le costó a más de uno algún que otro tropezón
con unos bancos dispuestos en el borde de la escena. La orquesta recibió
sus ovaciones desde el escenario, costumbre que ha instituido en A Coruña
el gerente Enrique Rojas, quien confiesa habérsela adueñado
de Daniel Barenboim, tras haberle visto hacer lo mismo en su teatro
berlinés. Miren ustedes por donde, a veces, el que los gerentes
de nuestras instituciones musicales viajen por todo el mundo para asistir
a los grandes acontecimientos internacionales -- y esto no va precisamente
por el señor Rojas ni por todos aquellos que solo viajan por motivos
de trabajo -- puede servir para algo más que para ponernos los dientes
largos cuando nos enteramos que han ido todos en peregrinación a
oír a Carlos Kleiber.
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