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Così non fan tutti
(Así no lo hacen todos los teatros de ópera, pero ojalá lo hicieran)
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A Coruña. 18 de junio de 1999. Teatro de la Ópera. Festival Mozart. W.A. Mozart: Così fan tutte. María Bayo, "Fiordiligi". Liliana Nikiteanu, "Dorabella". Raúl Giménez, "Ferrando". Pietro Spagnoli, "Guglielmo". Gwendolyn Bradley, "Despina". Giovanni Furlanetto, "Don Alfonso". Dirección de escena y escenografía de Jonathan Miller. Vestuario de Sue Blane. Producción del Maggio Musicale Fiorentino, Teatro Comunale de Florencia. Coro del Festival Mozart de A Coruña. Orquesta Sinfónica de Galicia. Víctor Pablo Pérez, director musical.

     Dudo que haya alguna persona con conocimiento de la historia de la ópera y que sea tan obtusa que no considere la colaboración entre Mozart y Da Ponte como uno de esos momentos gloriosos de este género artístico. Sabido es que dicha colaboración termina con Così fan tutte, pero rara vez se destaca el prodigioso finale de esta obra, verdadera glosa musical, poética y filosófica de ese grandioso compendio del conocimiento humano sobre el amor, la vida y la muerte que es la genial trilogía de Mozart y Da Ponte. "Afortunado el hombre que toma las cosas por su lado bueno, y en todos los casos y sucesos se deja guiar por la razón"; así comienza el tutti final de Così fan tutte, y que precisamente constituyó uno de los momentos cumbres de la representación coruñesa que tuve la fortuna de presenciar la otra tarde.

     Es lógicamente elemental resaltar esta cita del libreto en relación con el espectáculo mencionado, pues me da la impresión que la razón y el más elemental sentido común han guiado a los responsables artísticos y administrativos a la hora de ofrecer al público coruñés el estreno en su ciudad de una ópera que es, a la vez, repertorio clásico y perenne novedad; simplicidad y claridad en escena y foso, pero de compleja y exigente realización; que instruye a público e intérpretes a la vez que les divierte y emociona; y que cuando se programa y ejecuta con seriedad, con buen gusto y estilo, sacando el máximo partido de los medios disponibles, constituye un acabado y perfecto ejemplo de la razón de ser, de la posible vigencia de la ópera, en este final de milenio, en una sociedad como la nuestra. Si los responsables del nuevo teatro lírico de A Coruña son capaces de proseguir con esta inteligente política de gestión, dejándose guiar por la razón y el buen sentido artístico y administrativo, más allá del acontecimiento singular que significa el Festival Mozart, no debe extrañarnos que esta ciudad abierta al Atlántico se convierta en el primer centro lírico español capaz de hablar con voz propia en el complejo, bullicioso y desorientado foro operístico internacional.

     Y sin embargo, la fórmula del éxito ahora alcanzado por la ópera en el Festival Mozart de A Coruña parece ser de una simplicidad bíblica que haría reír a "Don Alfonso", remedo escénico de propio libretista Da Ponte: una orquesta de calidad, fluida y cómoda en el lenguaje mozartiano; un director que es, ante todo, un buen concertador, amén de conocedor y comunicador del talante y las maneras expresivas del salzburgués; una producción rodada, hecha con el sentido común teatral de la gran tradición inglesa, fácil de comprender para el neófito y llena de detalles, de guiños de complicidad para el espectador experimentado; y una compañía de canto formada por cantantes de probadas calidad y eficacia y dominadores del personalísimo estilo escénico de Mozart y Da Ponte. 

     Sorprendente en verdad la forma en que Víctor Pablo Pérez, director titular de la Orquesta Sinfónica de Galicia, fue capaz de gobernar con mano firme el discurrir conjunto de orquesta y cantantes, sobre todo si tenemos en cuenta la escasa experiencia teatral del maestro. El director musical tuvo sus mejores momentos en los dos finales, de impecable realización, posiblemente una de los mayores logros en la interpretación operística reciente en nuestro país. También hay que alabar su calidad como acompañante, tanto en las arias como en los conjuntos, atento siempre a lograr que música y cantantes respiren al unísono. A veces, como en los recitativos acompañados, se echa en falta un mayor pálpito dramático, una más evidente expresividad del sentimiento vocal y musical, una falta de carne y nervio en los personajes. Víctor Pablo es consciente de la gran diferencia que existe entre el pulso dramático de una ópera en versión de concierto y dramatizada en el escenario; pero le falta la experiencia necesaria para llevar a la práctica esos conocimientos, que solo se dominan, cuando se logra, con muchas horas de foso. Así el primer acto fue algo irregular -- ya la obertura fue presagio de lo que seguiría --, con ciertas caídas de tensión en la acción escénica y excesivo realce de los aspectos concertantes de la obra -- a veces tenía la sensación de oír una sinfonía concertante con voces obligadas -- en detrimento del desarrollo dramático de la misma.

     Los recitativos secos, generalmente recortados y descuidados en las versiones de concierto, se muestran como sutiles trampas para el director musical no muy experimentado. También es patente que Víctor Pablo se ha dado cuenta de que la música de Mozart constituye un auténtico subrayado a la acción escénica, que está llena de detalles explicativos de ambientes, estados de ánimo o de simples y evidentes elementos de la acción dramática; mas no es lo mismo ejecutar, plasmar esos detalles musicales en una versión de concierto que en un foso, como no es lo mismo describir un paisaje que retratarlo. Pero todo se andará; con la clase y la musicalidad de Víctor Pablo, con sus dotes de gran acompañante, si elige bien sus próximos compromisos operísticos, no me cabe duda de que en un breve plazo estaremos ante un verdadero maestro concertador de foso y escena, que, repito, es algo más que concertador de voces e instrumentos. De hecho, ya en A Coruña, se notó una clara mejora en el segundo acto, que fue a más, alcanzando momentos de gran intensidad y fulgor orquestal al servicio del movimiento escénico y el decurso dramático, lo que por otro lado está implícito en el lógico desarrollo de la acción y de la música de Così fan tutte.

     Hubo acierto también en la elección del reparto, aunque Gwendolyn Bradley, pizpireta y simpática soprano de color, no parece que dé lo mejor de si misma como "Despina"; en un escenario de acústica no muy favorable para las voces como es el nuevo Teatro de la Ópera de A Coruña, papeles como el de la inquieta, vivaz y muñidora sirvienta requieren de una voz más potente que la exhibida por la cantante americana. Los timbres de las chicas emparejaban francamente bien, lo que añadió disfrute a sus intervenciones conjuntas. María Bayo, gran triunfadora de la función, fue muy aplaudida por el público al final de sus arias. A mí, personalmente, me convenció más en la segunda, el rondó "Per pietà, ben mio" que en la primera, la célebre "Come scoglio", en la que estuvo magníficamente arropada por el maestro. Y es que no solo hay que dar todas y cada una de las notas (y los graves hay que entonarlos, no hablarlos), sino que éstas deben tener un valor expresivo directo y sincero, sin sombra de afectación. La soprano española se acercó más a ese ideal mozartiano, reservado para las grandes de verdad, en algunos pasajes de "Per pietá", donde logró emocionarme con cierta intensidad. Su "Fiordiligi", siendo ya de calidad, es susceptible de mejoras, entre las cuales conviene citar el corregir una ligera tendencia hacia el amaneramiento efectista. Menos ovacionada pero no por ello menos triunfadora Liliana Nikiteanu, gran mezzo rumana afincada en Zürich. Encarna una "Dorabella" de gran sentido escénico a la que la dota de ricos colores tanto en el canto como en los recitativos. Hubo mucha música y mucha verdad dramática en su aria "È amore un ladroncello", expuesta con exquisito gusto y sentida declamación. Mérito de ambas y de Víctor Pablo y su orquesta fue que su canto conjunto se convirtiese en uno de los grandes logros de esta representación.

     Esperaba más, lo confieso, del "Ferrando" de Raúl Giménez, tenor argentino que cantaba por vez primera en España y que viene precedido de renombre internacional como intérprete rossiniano, logrado a lo largo de estos diez últimos años en grandes centros de la lírica. La voz no sonó por igual y no siempre salió bien proyectada y rica de resonancias, sino que a veces pareció entubada y algo nasal. Pese a ello, uno es consciente de que Giménez es un cantante con escuela y buen estilo y con vena teatral y sentido común para la comicidad, por lo que su "Ferrando" fue más que digno e incluso su intervención tuvo detalles de cantante de gran clase (como, por ejemplo, al abordar la repetición de "Un'aura amorosa", justo unos segundos antes de que sonara un teléfono móvil; en ese instante, indudablemente, se fastidió la magia del momento).

     Pietro Spagnoli es un consumado "Guglielmo", papel que viene interpretando con asiduidad y en producciones de categoría. Magnífico en los recitativos, simpático en sus gestos, adecuado en su canto, conjuntado con el tenor, expuso con mucha suficiencia y perfecta articulación el aria "Donne mie", en la que eché a faltar un poco más de bronce baritonal en la entonación de los graves finales de las frases más lapidarias y sentenciosas. Algo de esto hay que poner también en el debe de Giovanni Furlanetto, siempre y cuando anotemos en su haber una gran caracterización del filósofo "Don Alfonso", una gran habilidad escénica para hacer evidente que maneja los hilos de la trama con mano firme pero manteniéndose siempre en un discreto segundo plano; y una visión del personaje muy humana, menos cínica que lo que suele ser habitual y muy en la línea de ver en "Don Alfonso" una especie de personificación del alter ego no cortesano y filosófico de Da Ponte.

     La producción de Jonathan Miller, inicialmente concebida para el Maggio Musicale Fiorentino de 1991, se había ya puesto en escena en el Teatro de la Zarzuela, en 1995, dentro de la programación del 8º Festival Mozart. En ambas ocasiones, la realización práctica ha estado a cargo de Gianfranco Ventura. Se trata de un montaje clásico, de gran calidad y, como ya ha quedado dicho, lleno de detalles de ambiente, de referencias históricas y del propio devenir de la acción, y que ha estado en escena en numerosos teatros líricos. Si me fío de mi recuerdo, ha resultado más lograda esta segunda puesta en escena en A Coruña que la primera de Madrid. Tal vez se deba a las mejores condiciones escénicas del Teatro de la Ópera de A Coruña, aunque la falta de experiencia con la tramoya les haya jugado una mala experiencia a los técnicos coruñeses, haciendo que la luna entrase en escena un tanto a la deriva. 

     El Coro del Festival Mozart de A Coruña, formado por coruñeses nacidos en A Coruña, Austria, Rumanía, Inglaterra, etc., en su debut escénico, cumplió sobradamente, tanto en su canto como en su cometido teatral.

     La representación fue muy aplaudida, y todos los intérpretes tuvieron que salir a saludar varias veces, lo que le costó a más de uno algún que otro tropezón con unos bancos dispuestos en el borde de la escena. La orquesta recibió sus ovaciones desde el escenario, costumbre que ha instituido en A Coruña el gerente Enrique Rojas, quien confiesa habérsela adueñado de Daniel Barenboim, tras haberle visto hacer lo mismo en su teatro berlinés. Miren ustedes por donde, a veces, el que los gerentes de nuestras instituciones musicales viajen por todo el mundo para asistir a los grandes acontecimientos internacionales -- y esto no va precisamente por el señor Rojas ni por todos aquellos que solo viajan por motivos de trabajo -- puede servir para algo más que para ponernos los dientes largos cuando nos enteramos que han ido todos en peregrinación a oír a Carlos Kleiber.


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