La presencia de Mstislav Rostropovich en el
Festival Internacional de Música de Galicia era una de las principales
bazas con las que contaba la organización para activar una política
publicitaria de nombres tan frecuente en este tipo de eventos.
La tarde se le presentaba un tanto apretada
a Rostropovich. Tras la puntual rueda de prensa de las seis menos cuarto
tuvo lugar la "prueba acústica" que resultó ser un ensayo
más o menos improvisado en el que el violonchelista usurpó
el puesto del director y dio numerosas indicaciones de última hora
a la orquesta.
Si para algo sirvió la "prueba" fue
principalmente para dos cosas: una; unificar criterios sobre la interpretación,
lo que no es muy recomendable hacer poco antes de empezar un concierto
y más si el solista es quien los impone, y dos; darse cuenta de
que la Berenguela supera en varios decibelios a la orquesta.
De esta segunda constatación tomaron
buena nota los organizadores y tras un cálculo horario muy apretado
redistribuyeron el orden de las obras y retrasaron el inicio 25 minutos
para que no coincidieran las once campanadas y los cuatro cuartos previos
con alguna de las obras. Así primero interpretaron las dos obras
para Violoncelo, el concierto en do mayor de Haydn y las variaciones Rococó,
pasando la Sinfonía 104 "Londres" de Haydn y la nº 1 "Clásica"
de Prokofiev a ocupar la segunda parte.
En cuanto a lo estrictamente musical Rostropovich
ofreció un Chaikowski muy bien elaborado, cosa que no puedo decir
del concierto de Haydn en el que la afinación no quedó nada
clara, especialmente en los registros agudos y en los pasajes rápidos,
carencia que compensó con una brillante cadencia en el primer movimiento
y un Adagio molto cantabile de excepcional expresividad.
Tras un intervalo en que la campana pudo explayarse
dieron comienzo las variaciones Rococó, eso si acompañadas
del móvil de turno, los relojes digitales atrasados y los platos
de las cafeterías de detrás del escenario. Ahora las notas
estaban perfectamente afinadas y los agudos se mantuvieron nítidos
y claros, golpes de arco seguros en las partes más enérgicas
que daban paso a las suaves notas sostenidas y a unos silencios perfectamente
respetados y cargados de gran valor musical. Aunque algunos momentos del
ensayo estuvieron por encima del resultado final, Rostropovich hizo gala
de su profesionalidad y virtuosismo.
Por su parte la Real Filharmonía me
sorprendió gratamente. Siempre he considerado que uno de los principales
problemas de los que adolecía era la falta de vitalidad, pero quizás
haya sido la motivación de acompañar a un carismático
solista o la novedad de ponerse en las manos de Andreas S. Weiser, no lo
sé, la cuestión es que funcionó.
Su labor acompañante en la primera parte
del concierto se caracterizó por los altibajos. Partiendo de un
Haydn temeroso y expectante llegó a un Chaikowski mucho más
acertado a todos los niveles, donde cabe destacar el papel del viento en
el "ritornello" final de cada variación moviéndose con delicada
exactitud.
Si bien Weiser tuvo poco que decir en el concierto
de Haydn y en las variaciones de Chaikowski, inmóvil y escueto en
sus indicaciones ya que Rostropovich dejó bien claro desde el principio
quien mandaba, se liberó en el momento que se encontró a
solas con la orquesta. La segunda parte estuvo más animada, especialmente
en la sinfonía "Clásica" de Prokofiev con un Allegro exaltado
y vigoroso, teniendo sólo algunos problemas la cuerda en el finale.
Pero en general la orquesta estuvo en todo momento a la altura de las circunstancias,
con una comodidad que supongo les viene dada por el repertorio clásico
que han trabajado constantemente en la "escuela" Rilling-Zumalave.
El mayor inconveniente fue el entorno. Acústicamente
la Quintana deja mucho que desear cuando se trata de música "unplugged"
(si se me permite el extranjerismo) ya no sólo por todas las molestias
que se puedan producir en la calle, sino en mayor medida por la perdida
de potencia sonora que esto supone. Esta fue la razón por la que
muchas de las frases rápidas de Rostropovich se quedaban en simple
intuición de movimiento ascendente o descendente, y obligó
a la orquesta a exagerar los fortes para contrarrestar este efecto.
Aunque esto también tiene sus ventajas ya que la reverberación
natural hizo que el sonido fuese más empastado.
Quizás Weiser debía haber buscado
una dinámica más plana para evitar que muchos de los pianísimos
se perdiesen pero esto ya sería pedir demasiado.
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