En su nueva visita a Santiago, al lanzar a su orquesta contra los elementos,
Maazel ha tenido mayor fortuna que la que cupo al violoncello de Rostropovich,
otro músico habitual en la ciudad. La temperatura, fresca, no era
molesta. Las campanas de las horas y la Berenguela parecieron querer emular
la discreción inglesa. El ruido de platos de los bares y el timbre
de los teléfonos móviles tuvieron esporádicas intervenciones.
El fresco consiguió acallar pronto el rítmico batir de las
pulseras de las usuarias del castizo abanico. Incluso, no hizo acto de
presencia el camión de la basura que amenizara el concierto de Rostropovich.
Tampoco se produjeron interrupciones por parte
de grupos de peregrinos con prisa por acceder a la catedral, como había
sucedido en el concierto de la Real Filharmonía del día 12.
Posiblemente colaboró a ello el hecho de que la Catedral estuviera
cerrada. Cierto es que unos gamberros se divirtieron imitando grotescamente
los movimientos de Maazel y, con sus poco templadas voces, los sonidos
de la Philharmonia. Y que el concierto contó, por momentos, con
la espontánea colaboración vocal de grupos que transitaban
por la calle trasera del escenario, camino de los populares bares de la
calle del Franco, quizás con la esperanza de mantener su elevada
alcoholemia.
Quizás tenga razón el director
del Festival y estas cosas carezcan de importancia en un festival de verano.
Lo importante en un festival de verano es que la gente se divierta y he
de reconocer que eso se ha conseguido, al menos en el caso de los émulos
de Maazel que parecían muy divertidos. Si lo menciono es debido
a que Mundo Clásico es un diario y estas cosas tienen cierto interés
informativo, no sólo para la prensa local que no ha dejado de comentarlas.
En todo caso, les decía, Maazel se puede considerar afortunado pues
todas estas incidencias no pasaron de ser pequeñas molestias estivales,
como los mosquitos.
Y es que Lorin Maazel parece sufrir problemas
de salud cuando viene a dirigir a Santiago. Hace un año, en el Auditorio
de Galicia, intentó dirigir la Symphonieorchester der Bayerischen
Rundfuks a pesar del estado estuporoso en que se encontraba, el cuerpo
flojo, la cabeza caída hacia la derecha, teniendo que apoyarse,
por momentos, en el atril para conservar el equilibrio. En esta ocasión,
a juzgar por la torpeza motora, también parecía encontrarse
indispuesto, si bien, al contrario de la vez anterior, mostraba un gesto
de radiante optimismo que me hizo recordar a Jack Nicholson, actor con
el que Maazel tiene parecido facial, en Mejor imposible.
Si en el lamentable concierto de hace un año
no llegamos a escuchar nada calificable de discurso musical, debido a la
falta de dirección, en esta ocasión Maazel intentó
controlar la situación. Pero de modo tan confuso y arbitrario que
no llegamos a escuchar ni una sola "frase straussiana" salvo el par de
momentos del Don Juan en los que tomó el control la espléndida
concertino de la Philharmonia y, claro está, en la luminosa intervención
"molto espressivo e marcatto" de las trompas en fa en el "molto tranquilo".
El régimen de trabajo de la Philharmonia, una orquesta privada,
proporciona a sus músicos una gran experiencia en situaciones difíciles.
Gracias a esta capacidad de autonomía de la Philharmonia (desde
mi silla podía apreciar que los primeros atriles apenas dirigían
la vista hacia Maazel) transcurrió sin mayores sobresaltos el Don
Juan y dieron una versión arregladita del Bello Danubio azul,
como regalo. No fue así en la suite de valses de Rodzinsky sobre
el Caballero de la rosa, obra que ya había intentado dirigir Maazel
en su anterior visita a Santiago, con resultados aún peores que
en esta ocasión en la que, de todos modos, se hizo patente la descoordinación
entre el director y una orquesta que parecía tener insuficientemente
trabajada la obra.
Por lo que se refiere a la sinfonía
de Beethoven, tras un correcto primer movimiento en el que lo más
destacable fue la discreta intervención de la campana de las horas,
en el "Vivace", la orquesta ofreció un fino "Alegretto" en el que,
por única vez en la noche, escuchamos las texturas que han dado
justa fama a la Philharmonia. Los músicos, confiados, iniciaron
un equilibrado "Presto" que parecía prometer nuevas donosuras. La
segunda intervención de la campana de las horas, doble, pareció
estimular a Maazel quien decidió acabar la sinfonía antes
de la triple campanada de los tres cuartos. Maazel ganó a la campana
por dos minutos de ventaja. Los músicos, agotados por el esfuerzo,
fueron llegando un poco más tarde en tropelía, tal como habían
tocado el "Allegro con brio".
En un reportaje hagiográfico publicado
el día anterior por el suplemento "Babelia" del diario El País,
se afirmaba que Maazel "es el divo mejor pagado del planeta sinfónico".
Esto es inexacto, el cachet oficial de Maazel es de 70.000 marcos alemanes.
Exactamente la mitad del cachet oficial de Carlos
Kleiber. En titulares publica una tajante afirmación de
Lorin Maazel: "Cada vez hay más mediocres en el mundo de la música".
Su actuación en la plaza de la Quintana ha sido una prueba a favor
de sus palabras.
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