El
Maggio Musicale Fiorentino comenzó su 63 edición con una
Traviata
de gran éxito en lo musical y muy contestada en lo escénico.
No es nada fácil conmover, emocionar, con una obra
del repertorio tan conocida como esta ópera, en la que más
o menos cada aficionado tiene una idea preconcebida de cómo debe
ser interpretada.
La Orquesta del Maggio Fiorentino y la dirección
de Zubin Metha pudo con todos los posibles condicionantes y fueron capaces
de ofrecer en cada sonido toda una paleta luminosa de colores. Un Verdi
vibrante, transparente, renacido en cada instante de lirismo o en cada
momento de fuerza dramática.
Acompañó, sin duda, la excelente labor del
coro y los solistas.
Mariella Devia creó una 'Violetta' madura, una mujer
que conoce su drama, que sabe que 'Alfredo' supone para ella su última
esperanza y que a pesar de eso renuncia a todo por amor. El paso del tiempo
ha concedido unos valores de madurez a su voz muy atractivos, que no perjudican
para nada el canto legato, las agilidades, las sfumature, los pianos plenos
de timbre, los filados, los rubatos a media voz. Quede como muestra de
su capacidad expresiva la forma de decir, lenta y desnuda, el Addio
del pasato. Junto a ella Marcelo Alvarez dio vida a un 'Alfredo' de
voz fresca, técnica cuidada, capaz de mostrarse absolutamente apasionado
o recrearse en un canto delicado, con una voz brillante y una emisión
fácil.
Juan Pons dio magníficamente la figura del padre
y todo lo que representa en la obra. No se puede pedir a su voz una expresión
más cantabile, un cierto legato, en momentos como su aria Di
Provenza il mar, il suol o en el dúo con 'Violetta'.
En cuanto a los aspectos escénicos, responsabilidad
de Cristina Comencini, su propuesta era claramente simbolista. La
Traviata no se mueve en un ambiente de lujo y oropeles, sino en un
mundo doloroso, nada sutil, en donde todo recuerda que es un drama sin
esperanza, hasta los aires de fiesta. Los ambientes que recrea se parecen
más a los cafés de Irma la Dulce que a los suntuosos
salones de la casa de 'Flora', y sólo permitió una atmósfera
de luz diáfana en la habitación de los enamorados en la casa
de campo de las afueras de París, posiblemente para reflejar
el único momento auténticamente feliz en la vida de 'Violeta'.
El uso de la luz pudo resultar a veces pobre, incluida la idea de
centrarla sobre los personajes que están cantando. Quizá
uno de los elementos más contestable sea el desenlace, no porque
'Violetta' muera en el patio de su casa, sino porque resultó forzado
el que al caer fuera recogida por 'Alfredo' y trasladada rápidamente
al interior en donde la esperaba la tradicional cama. Esto no resultó
nada plástico y pudo distraer la atención del público
en un punto en que la orquesta ofrecía un sonido que se extinguía
en pura emoción.
Una gran Traviata, con un planteamiento escénico
que puede ser discutido, -no lo fue en la función que se comenta-
aunque con muchos aspectos válidos, y una extraordinaria versión
musical, cimentada en la soberbia dirección y la respuesta de orquesta
y cantantes.
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