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Una Traviata para recordar
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Florencia, 26 de abril de 2000, Teatro Comunale. La Traviata, ópera en tres actos de Giuseppe Verdi. Mariella Devia, Violetta; Marcelo Alvarez, Alfredo; Juan Pons, Giorgio Germont; Laura Brioli, Flora Bervoix; Enrico  Cossutta, Gastone. Orquesta y Coro del Maggio Musicale Fiorentino. Dirección musical: Zubin Metha. Dirección de escena: Paola Comencini.
El Maggio Musicale Fiorentino comenzó su 63 edición con una Traviata de gran éxito en lo musical y muy contestada en lo escénico.

   No es nada fácil conmover, emocionar, con una obra del repertorio tan conocida como esta ópera, en la que más o menos cada aficionado tiene una idea preconcebida de cómo debe ser interpretada.

   La Orquesta del Maggio Fiorentino y la dirección de Zubin Metha pudo con todos los posibles condicionantes y fueron capaces de ofrecer en cada sonido toda una paleta luminosa de colores. Un Verdi vibrante, transparente, renacido en cada instante de lirismo o en cada momento de fuerza dramática. 

   Acompañó, sin duda, la excelente labor del coro y los solistas.

   Mariella Devia creó una 'Violetta' madura, una mujer que conoce su drama, que sabe que 'Alfredo' supone para ella su última esperanza y que a pesar de eso renuncia a todo por amor. El paso del tiempo ha concedido unos valores de madurez a su voz muy atractivos, que no perjudican para nada el canto legato, las agilidades, las sfumature, los pianos plenos de timbre, los filados, los rubatos a media voz. Quede como muestra de su capacidad expresiva la forma de decir, lenta y desnuda, el Addio del pasato. Junto a ella Marcelo Alvarez dio vida a un 'Alfredo' de voz fresca, técnica cuidada, capaz de mostrarse absolutamente apasionado o recrearse en un canto delicado, con una voz brillante y una emisión fácil. 

   Juan Pons dio magníficamente la figura del padre y todo lo que representa en la obra. No se puede pedir a su voz una expresión más cantabile, un cierto legato, en momentos como su aria Di Provenza il mar, il suol o en el dúo con 'Violetta'.

   En cuanto a los aspectos escénicos, responsabilidad de Cristina Comencini, su propuesta era claramente  simbolista. La Traviata no se mueve en un ambiente de lujo y oropeles, sino en un mundo doloroso, nada sutil, en donde todo recuerda que es un drama sin esperanza, hasta los aires de fiesta. Los ambientes que recrea se parecen más a los cafés de Irma la Dulce que a los suntuosos salones de la casa de 'Flora', y sólo permitió una atmósfera de luz diáfana en la habitación de los enamorados en la casa de campo de las afueras de París,  posiblemente para reflejar el único momento auténticamente feliz en la vida de 'Violeta'. El uso de la luz pudo resultar  a veces pobre, incluida la idea de centrarla sobre los personajes que están cantando. Quizá uno de los elementos más contestable sea el desenlace, no porque 'Violetta' muera en el patio de su casa, sino porque resultó forzado el que al caer fuera recogida por 'Alfredo' y trasladada rápidamente al interior en donde la esperaba la tradicional cama. Esto no resultó nada plástico y pudo distraer la atención del público en un punto en que la orquesta ofrecía un sonido que se extinguía en pura emoción.

   Una gran Traviata, con un planteamiento escénico que puede ser discutido, -no lo fue en la función que se comenta- aunque con muchos aspectos válidos, y una extraordinaria versión musical, cimentada en la soberbia dirección y la respuesta de orquesta y cantantes.
 

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© 2000 by Agustín Achúcarro, Italia