En un intervalo de muy pocos días he tenido ocasión de escuchar dos magníficas interpretaciones del Réquiem de Verdi, tan buenas como distintas; difieren en todo o en casi todo, desde los medios a disposición del maestro de turno a la concepción y exposición de las respectivas ideas musicales de cada uno de ellos. Así pues, en principio, ambos conciertos, este que reseño y el recientemente ofrecido por Víctor Pablo Pérez al frente de la Orquesta Sinfónica de Tenerife, no son comparables; lo que no impide que mi memoria haga por su cuenta, con los recuerdos dejados por ambas audiciones, esas comparaciones subjetivas tan difíciles de racionalizar. Hay, no obstante, posibles parangones objetivos, como es la clara inferioridad del cuarteto solista con que contó Jesús López Cobos respecto del de su colega: voces poco o nada verdianas, desiguales, sin fuelle, de poca presencia y personalidad. La soprano es musical y dice a veces algunas frases con intención y belleza; mas su voz carece de cuerpo y se descolora en cuanto la fuerza un poco o tiene que pasar a la zona más aguda. La mezzo estuvo toda la noche luchando con su particella y apenas pudo matizar su canto; el tenor, vulgar y no muy seguro y al bajo le sobraban agudos mal colocados y le faltaban graves, no digo rotundos, sino al menos audibles y algo consistentes. Ellas, pese a sus patentes limitaciones para cantar esta obra, me dejaron mejor impresión que sus compañeros. Si en un Réquiem de Verdi fallan los solistas, mucho y bueno deben ofrecernos el coro y la orquesta para que se pueda hablar, como he dicho al principio de estas líneas, de una magnífica interpretación. De ello hubo, indudablemente. Sobre todo por parte del coro, que cantó con entusiasmo, afinación y gran efusividad. Muy bien llevado por las manos del maestro, tuvo momentos de mucha calidad y fuerza expresiva; su canto, rico en matices, siguió con disciplina las gradaciones exigidas por la batuta y respondió en todo momento con uniformidad y flexibilidad. En algunos momentos, muy pocos en verdad, se pudo echar en falta un mayor virtuosismo en la unanimidad y limpieza de los ataques a plena voz, mayor pastosidad y robustez en los graves y más esplendor y precisión en los agudos de las sopranos; pero la entrega y el entusiasmo puestos en esta interpretación me conmovieron profundamente. La orquesta no estuvo a la zaga del coro en cuanto a entusiasmo y entrega. Las instrucciones precisas y elocuentes de López Cobos se tradujeron en detalles de belleza y relevancia expresiva. Todas y cada una de las secciones sonaron con clase y estilo, con musicalidad justa y precisa, pese a ser evidente que no estamos ante una orquesta que destaque por el gran virtuosismo de sus instrumentistas ni por una calidad individual que apabulle. Esta orquesta, cuando la dirige un maestro con la experiencia, oficio y sensibilidad como la mostrada por López Cobos en este concierto, es un claro ejemplo de que el todo puede ser más que la simple suma de las partes. Un buen director de orquesta debe saber qué se puede y qué no se puede exigir a los músicos que tiene delante, y en función de ello, plantear la forma de exponer su concepción de una determinada obra. Dame la impresión que López Cobos ha buscado esta vez con la Sinfónica de la RTVE cuidar la belleza del sonido, el canto ligado de las hermosas melodías verdianas (¡lástima que las encomendadas a los violonchelos no resaltaran suficientemente por falta de densidad de sonido!), el emotivo lamento de las medias voces más que el desgarro que asociamos a una ejecución de contrastes exagerados, de briosa respiración entrecortada, de tintas cargadas en líricos arrebatos o exclamaciones estentóreas. No pretendo afirmar con esto que el maestro, con otra orquesta más virtuosa y de arcos más ágiles, y con otro coro de más quilates se hubiese decantado por una ejecución de extremos expresivos más remarcados, de aristas más cortantes, de mayor acento melodramático; ni que la interpretación ofrecida por López Cobos y sus músicos haya carecido de nervio dramático ni de suficientes contrastes dinámicos y expresivos. En absoluto; sino señalar que el Réquiem de Verdi es una obra que tanto por su naturaleza como por su rica tradición interpretativa permite diversos e igualmente válidos enfoque a la hora de abordarlo; y si se hace como se debe, con magisterio, a la gran manera, nunca se puede exagerar demasiado. Lleno absoluto y largas y calurosas ovaciones para los intérpretes, que arreciaban cuando iban dirigidas al maestro, al coro y a la orquesta. Los habituales del Monumental y los que acudieron esta vez atraídos por el programa y el renombre de Jesús López Cobos disfrutaron ampliamente. La lluviosa tarde produjo atascos en Madrid y muchos espectadores llegaron con retraso, hasta el extremo de tenerse que improvisar un mini-intermedio tras el "Dies Irae" para acomodar a tantos y tan ruidosos rezagados. |