Si no hubiese asistido a la última representación de Lady Macbeth de Mtsensk, posiblemente hubiese titulado esta crónica con algo parecido a No se la pierdan; porque les aseguro que el espectáculo que se ha puesto en escena estos días en el Teatro Real de Madrid, es de los que merecen ser vistos y de los que hacen afición. Y el público del Real ha debido pensar y sentir lo mismo que yo, porque todo el elenco artístico, el maestro Rostropovich y, ¡ hasta la orquesta !, fueron aplaudidos y aclamados con una unanimidad y un entusiasmo, poco habituales en el coliseo madrileño. Y lo fueron, en mi opinión, con toda justicia. Lady Macbeth de Mtsensk es algo más que una opera, es toda una declaración de principios del compositor de San Petersburgo condensada en una partitura genial, y cuyos avatares desde que se estreno podrían reflejar muy bien la propia experiencia de Shostakovich con el régimen comunista de la extinta Unión Soviética. Sabido es que en su estreno, que tuvo lugar en el Teatro Stanislavsky de Moscú el 22 de enero de 1934, la ópera obtuvo un gran éxito tanto de crítica como de público, sin embargo, dos años más tarde cayó en desgracia. ¿ Los motivos? Pues sencillamente porque a Stalin no le gustó, lo que provocó una durísima crítica del diario Pravda, la posterior condena de la Unión de Compositores Soviéticos y finalmente, su desaparición de los escenarios hasta el año 1963, en que fue repuesta con un nuevo título - Katerina Ismailova -, después de haber sido modificados tanto su partitura como su libro por el propio compositor. En Madrid, por vez primera en España, hemos visto la versión original. Les voy a transcribir una parte de la mencionada crítica del Pravda, que figura en el programa de mano: "Algunos teatros ofrecen como novedad a un público tan interesado por la cultura como el nuestro, Lady Macbeth de Mtsensk de Shostakovich. Una crítica musical complaciente ensalza esta ópera y la pone por las nubes. El Joven compositor sólo escucha las alabanzas en lugar de atender a una crítica objetiva y seria que podría serle muy útil en sus futuras obras. El público se encuentra desde el principio invadido por una ola de sonidos intencionadamente disonantes y caóticos. Aparecen jirones de melodía y apuntes de frases musicales sólo para desaparecer inmediatamente entre ruidos, crujidos y gritos. Seguir esta música es difícil, retenerla es imposible". Evidentemente, Stalin y sus correligionarios estaban, por lo menos, sordos. Si quieren ustedes comprobar por sí mismos lo equivocados que estaban, al pie les voy a dar la referencia de las dos únicas grabaciones que existen de la versión original de Lady Macbeth de Mtsensk. Shostakovich tenía tan sólo 28 años cuando compuso esta obra, en la que invirtió casi dos años, y que reúne todos los ingredientes que han hecho de la ópera un género apasionante. En ella se cuenta la historia de una apasionada mujer - Katerina -, casada con un rico comerciante que está siempre de viaje - Zinovi - y completamente insatisfecha, por supuesto también sexualmente pero no sólo; que vive en una apartada hacienda y que, además, sufre el acoso de su suegro - Boris -, un hombre despótico que tiene absolutamente dominado a su hijo. En este ambiente opresivo, aparece un nuevo empleado con fama de seductor y grandes dosis de ambición - Serguéi -, que termina convertido en su amante. Al ser descubiertos por el suegro, Katerina le asesina y continua su pasional historia. El siguiente en morir asesinado por los amantes es el aburrido marido, cuyo cadáver ocultan en una bodega. Desaparecido éste, ya nada impide a los amantes regularizar su situación y se prepara la boda, pero entonces el destino, como siempre, pasa factura y un borracho descubre el cadáver de Zinovi durante la fiesta de esponsales. El último acto nos presenta a los amantes sufriendo la prisión y el inclemente invierno ruso. Serguéi no sólo se ha cansado de Katerina sino que la culpa de su desgracia y se dedica a seducir a otra prisionera - Sónetka -, pero nuestra Lady Macbeth sin embargo sigue enamorada de él y lo busca continuamente. La tragedia concluye con un último crimen, el de Sónetka - a quien Katerina, presa de la ira y la locura, arroja a las heladoras aguas del Volga, para después lanzarse ella misma consumando el suicidio y la ópera. Como ven no le falta de nada, porque a esta trama central hay que añadir toda una galería de personajes, policía del régimen incluida, que reflejan maravillosamente el clima de represión del estalinismo. No es de extrañar que el dictador saliese hecho una furia de la representación a la que asistió. Por supuesto está la música, de impresionante belleza, que es un personaje más de esta ópera. Como en todas, podrán decirme ustedes; y eso mismo pensaba yo, cuando leí que la orquesta ocupaba el centro del escenario. Pero no, aquí la música es ciertamente otro personaje más; les aseguro que la original - y heterodoxa - idea de colocar a los instrumentistas en el mismísimo palco escénico no molesta en absoluto; es más, parece algo natural que esté allí y una termina por concluir que con la orquesta en el foso a la puesta en escena le faltaría algo. No me pregunten qué, yo soy la primera sorprendida y les confieso, que iba al Real con todos mis prejuicios y dispuesta a criticar, en el peor sentido del verbo, tan excéntrica solución escénica. Ni tan siquiera me parecieron fueron de lugar las apariciones y mutis de la sección de metales en el escenario, y lo que es más extravagante todavía, que trompetas, trompas, tuba y trombones terminasen la ópera en dos palcos enfrentados del primer piso. Salí fascinada, no tengo ningún empacho en reconocerlo. Yo tenía muchas ganas de ver un gran éxito en el Teatro Real, pero nunca pensé que éste llegase con Lady Macbeth de Mtsensk. El responsable no ha sido otro que Mstislav Rostropovich, amigo y discípulo del compositor. Y lo es, como lo hubiese sido del fracaso, porque suya es la dirección musical, la selección de los cantantes, la concepción de la puesta en escena, en la que plasmó las ideas que el compositor tenía para la misma, la elección del regista y la decisión de colocar una pantalla de cine como otro elemento más de la escenografía. Pantalla en la que se proyectaban imágenes abstractas y, en tiempo real, escenas de la propia representación. Todo un homenaje a Shostakovich que, de jovencito, se ganaba la vida tocando el piano en las proyecciones cinematográficas mudas y que también compuso obras destinadas al cine. La puesta en escena, en resumen, es espectacular y lo realmente curioso es el contraste, nada estridente, entre tal despliegue de medios técnicos y el naturalismo del vestuario y la dramaturgia de los cantantes. La mezcla es extraña, pero funciona. Se preguntarán ustedes como se movía todo aquél grupo de cantantes y figurantes en un escenario que tenía una orquesta sinfónica en medio, bien, era bastante sencillo. Hay que tener en cuenta que la caja escénica del Teatro Real es mucha caja escénica y que sus posibilidades son casi ilimitadas. Sólo hay que utilizar todas las posibilidades que ofrece, lo que se ha hecho en contadísimas ocasiones. En cuanto a los cantantes, hay que destacar a Svetlana Savina, magnífica soprano dramática, como exige la partitura, que ha debido cantar todo el repertorio ruso y que también debe conocerse todos los escenarios de la antigua Unión Soviética. Una cantante, por lo tanto, alejada de los circuitos del marketing con una voz espléndida y muy bonita que, además, es una estupenda actriz. Lástima que el tenor Badri Maidsuradze no estuviese a su altura, pero no todo puede ser perfecto. Cabe también resaltar, en su breve papel, al bajo Fiodor Kuztnetsov, brillante en su papel del pope. El resto del reparto estuvo a gran altura y el coro búlgaro, sencillamente espléndido. ¿ Y la orquesta? Pues la orquesta sonó como hacía mucho tiempo que no lo hacía. No sé si ya tendrán instrumentos nuevos o si es cuestión de quien esté en el podium, pero supongo que sí, que Rostropovich tendría algo que ver, porque lo cierto es que la Sinfónica de Madrid desde que está en el Real, está padeciendo direcciones muy desafortunadas. No fue ese el caso de la noche del viernes. El éxito alcanzó también a la orquesta y el público salía del teatro con la expresión de quien ha vivido una gran noche de ópera. Ya iba siendo hora. |