Autenticidad y buen gusto es algo que
no se les puede negar al saxofonista noruego Jan Garbarek y al veterano
cuarteto vocal británico The Hilliard Ensemble, que este
pasado mes de abril han presentado en Madrid, Barcelona, Zaragoza y Murcia
su nuevo trabajo en colaboración, Mnemosyne (ECM New Series
1700/01), un álbum doble que muestra un repertorio más variado
que Officium (ECM New Series 1525), con el que sorprendieron en
1.994 a cuantos se encontraron con tan singular experiencia apadrinada
por el productor Manfred Eicher.
Nadie parece poder sustraerse a tomar partido
ante tan exótica combinación de texturas y estilos. De entre
las empastadas voces de cabeza del Hilliard se asoma el saxo de Garbarek,
que se escondía fundido en el acorde, y empieza a improvisar contundentemente
hasta cobrar un protagonismo extático en el clímax de la
obra. ¿Pero es esto absolutamente nuevo?
Grabaciones como Mnemosyne quizá
se parezcan más a cómo sonaba la música en las grandes
catedrales que las interpretaciones de tantos orfeones y corales actuales.
Las capillas contaban con instrumentistas (violones, bajones, sacabuches,
cornettos) que glosaban las partes cantadas. La música no
era pues ni compuesta ni improvisada del todo, y también los cantantes
se tomaban sus libertades para adornar, hasta tal punto que nadie incapaz
de hacer diferencias espontáneamente en una ejecución
podía ser considerado buen músico. Hoy, eso es algo incuestionable
en el jazz, pero no tanto en la música culta de nuestros
conservatorios.
En el mundillo de la interpretación
de la música antigua algunos han defendido que la fidelidad histórica
es el valor supremo, y por ello se han procurado para sí y para
otros (justos por pecadores) no pocas rechiflas. Rescatar obras olvidadas
e instrumentos originales tiene más que ver con una cuestión
de gusto y sensibilidad popular contemporánea que con fútiles
viajes arqueológicos por el sonido. Nunca podremos saber cómo
sonaba un organum de Perotinus o cómo era un quodlibet
en casa de los Bach, pero sí podemos explicar por qué preferimos
el violoncelo sin vibratto. Mnemosyne, como lo fue Officium,
no es sino una muestra del gusto actual por una música sin etiquetas
y con una concepción estética liberada de muchos prejuicios,
incluso más allá de las fusiones.
Los conciertos de presentación de Mnemosyne
han demostrado la posibilidad de aplicar la fórmula de Officium
a un repertorio más extenso y surtido, que va desde von Bingen y
Duffay, a temas folklóricos como una canción quechua del
Perú, pasando por alguna balada escocesa y un salmo ruso. The Hilliard
Ensemble se suelta el pelo, trabaja con bocetos y materiales incompletos,
sacándolos de su tumba urtext, y se anima a improvisar, compitiendo
brillantemente con Garbarek y jugando con la atonalidad en un clima místico
y a veces demasiado solemne.
A muchos les pudo sorprender que estos conciertos
no fueran unplugged, e incluso puede que se llevaran alguna decepción
al no tener la oportudidad de presenciar al natural el efecto de la mezcla
de las texturas de las voces y el saxofón , tan resultona en el
disco. A cambio, y gracias a la mesa de sonido, se pudieron apreciar reverberaciones
de silicio en imaginarias bóvedas. Divagar sobre la pertinencia
de este marco artificial quizá sea demasiado para hoy. Bástenos
que la memoria que simboliza Mnemosyne propicie el triunfo del espíritu,
y que sus hijas las musas no descansen. |