Puede parecer a estas alturas reiterativo presentar en el mercado una nueva
revisión del mítico Concierto de Aranjuez (1939).
Pero dejando de lado la mayor o menor importancia de la desdichada y azarosa
confluencia en la que ha hecho acto de presencia el disco, debemos suponer
que cuando la totalidad de los músicos fue reunido para realizar
la grabación, todos se creían en la confianza de que tenían
algo que decir.
Una vez escuchado el trabajo, y toda vez que
intentar no entrar en comparaciones se antoja tarea francamente difícil
pero no imposible, lo que más debemos agradecer a este nuevo compacto
es brindarnos la oportunidad de guardar celosamente la intervención
de la escasamente prodigada discográficamente, Orquesta Sinfónica
de Sevilla.
Ya en el siglo dieciseis, los libros de tablatura
apuntaban que las obras compuestas para la ancestral vihuela corrían
la posibilidad de ser tocadas en el arpa. Esta similitud se ha mantenido,
no sin cierta discusión, a lo largo de la historia y, sea como fuere,
ha posibilitado el conocimiento de nuevos puntos de vista sobre determinadas
obras.
Moretti, en el caso que nos ocupa, aporta
a esta "obra maestra sin discusiones", como la definía Poulenc,
una delicada y aún sencilla brillantez que lo aleja de trillados
efecticismos. La menor capacidad de vibrato del instrumento solista
y su voz menos intensa confieren una agradable melancolía, muy notable,
por ejemplo en el segundo movimiento. Colomer se apega a una contenida
sutilidad y conduce a los sevillanos con idéntico ritmo pausado.
Por la idiosincracia de la obra, Moretti
se reserva su mejor papel en las dos obras que completan el disco. Sones
en la Giralda (1963) es un breve cuadro colorista dedicado a la inmensa
torre que surge en el contexto de la catedral hispalense. Y tras este pretexto,
Rodrigo,
por medio de sencillos procedimientos orquestales, articula un discurso
minado de referencias sevillanas, propias a su nunca del todo reconocido
nacionalismo.
Festiva y nostálgica resulta el no menos
popular, Concierto Serenata de 1952 en la que el compositor recuerda
el ambiente universitario de su época, donde tiene cabida toda suerte
de alusiones al sobresaliente españolismo que se respiraba en aquel
entonces.
Tanto la solista como el grupo orquestal, sabidos
de la menor competencia en ambas obras, firman un despreocupado y lúcido
conjunto en donde se respira una mayor comodidad.
Como broche a tan correctos y equilibrados
resultados, la original elegancia de la presentación del registro,
con una Moretti radiante, en portada, no deciden, pero sí,
invitan a que forme parte de nuestra discoteca.
Es, pues, una frágil y distinguida contribución
a la colección de posibilidades disponibles, que en todo caso puede
quedar en sano empate con la soberbia pero algo vetusta versión
de Nicanor Zabaleta.
Ante la naturalidad e intrascendencia histórica
del corpus musical que nos ha legado Joaquín Rodrigo
conviene reseñar las palabras de Federico Sopeña
al respecto de su catálogo: "El Concierto como tantas otras obras
ha vencido al tiempo: rebasa la clasificación de música conservadora
o de vanguardia".
Son casos como el presente, donde la realidad
de una música popularizada al máximo, superan a todo atisbo
de lógica que se quiera aplicar. Muy probablemente, no haya segura
explicación. Así pues, disfrútenla, si saben como
hacerlo.
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