La
Consagración de Zimmermann
y Dohnanyi
Las Palmas. 21 de enero. Concierto patrocinado por Canresa
con la colaboración de Cepsa
Beethoven: Concierto para violín y orquesta
Op. 61; Stravinsky: La Consagración de la primavera, cuadros
de la Rusia pagana en dos partes. The Cleveland Orchestra. Frank-Peter
Zimmermann (violín). Christoph von Dohnanyi (director).
La calidad de los intérpretes y la confección
del programa predecían el éxito de la velada. A una de las
grandes orquestas americanas dirigida por un maestro excepcional, Dohnanyi,
se unía uno de los violinistas más importantes de Europa,
Zimmermann, y las expectativas se cumplieron.
El concierto para violín y orquesta
de Beethoven es una pieza clave de la literatura violinística
y requiere tanto una destreza técnica como una profunda comprensión
musical. La obra cambia de carácter con cada uno de sus movimientos
(Allegro ma non troppo, Larghetto, Rondo) exigiendo al intérprete
solista un equilibrio constante entre la potencia sonora y la sutilidad
melódica. Zimmermann supo hacerlo. Nada puede objetarse a su afinación,
vibrato o facilidad para hacer los trinos y adornos -técnica que
ya sorprende oyendo sus interpretaciones de Mozart, en el cual es
un consumado experto-. Lo que verdaderamente gustó fue su entrega,
su lirismo en el Larghetto y su expresión no ya romántica
sino apasionada del Allegro inicial en el que interpretó la cadencia
de Leopold Auer. Escalas (en dobles cuerdas) y arpegios tañidas
como si fueran los más bellos pasajes, aumentando la tensión
hasta llegar al delicado movimiento central. Zimmermann decidió
no forzar en éste, y su elección fue correcta. Y si bien
algunos prefieren disminuir el tiempo de la ejecución para transmitir
el tono melódico del tema principal, el alemán optó
por una interpretación más expresiva que lírica, sin
concesiones superficiales.
Siguiendo las directrices de la partitura se
atacó súbito el rondo, y de nuevo cambió el carácter
de la obra. Basado este tercer movimiento en una melodía popular,
cierra el concierto con un tono optimista que expresa de nuevo la confianza
de Beethoven en la vida. Y así lo sentimos a través de Zimmermann,
que imprimió un ritmo adecuado explotando las posibilidades sonoras
de su Stradivarius. El público -que abarrotaba la sala- aplaudió
a Zimmermann con entusiasmo, y éste nos obsequió con el Capricho
n.13 de Niccolo Paganini.
La Cleveland bajo la batuta de Dohnanyi estuvo
en todo momento perfecta. La orquestación de Beethoven no se limita
al acompañamiento, sino que deja en manos de la masa orquestal la
presentación de temas que combina con un diálogo constante
entre solista y conjunto. Y ese dúo se escuchó anoche, pues
sonó como si realmente fueran sólo dos instrumentos. Impecable.
En la segunda parte, aun con el recuerdo del
concierto de Beethoven en nuestros oídos Dohnanyi extrajo
de sus músicos todo el potencial rítmico y sonoro que estos
poseen. Endiablados pasajes disonantes que mantienen la tensión
del público. Marcha perfectamente orquestada por la percusión
que aumenta rítmicamente hasta la provocación. Vientos y
maderas que combinan sus sonoridades de principio a fin de la obra evocando
el miedo. Una cuerda correctísima, que siguió en todo momento
la batuta de Dohnanyi, expuso con delicadeza cada una de las melodías.
Dohnanyi presta atención tanto a la línea horizontal como
a la vertical de la partitura, resaltando sin prisa cada conjunción
sonora y llevando de forma excelente el ritmo sincopado que añade
a la lectura una dificultad mayor.
Cierto es que Le Sacre es actualmente una obra
consagrada, una de las más importantes de nuestro siglo,
y por eso muy conocida, interpretada y grabada, pero también lo
es que no todos los conjuntos pueden hacer aún hoy una ejecución
tan excelente como la que pudimos escuchar anoche.
Luisa del Rosario
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