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Inextinguible

Las Palmas. 18 de enero. Schubert: Gesang der Geister über den Wassern (D. 714). Beethoven: Concierto para piano n.4, Op. 58. Nielsen: Sinfonía n.4 La Inextinguible, Op. 29. Finnish Radio Symphony Orchestra. The Polytech Choir. Yefim Bronfman (piano). Jukka-Pekka Saraste (director). Concierto patrocinado por Canresa con la colaboración de Audi y Sintel.

     El programa comenzó con la obra de SchubertGesang der Geister über den Wassern (D. 714) sobre texto de Goethe. Esta pieza, que después de varias modificaciones su autor dió por concluída en febrero de 1821, exige la presencia de voces y cuerda, originalmente 4 tenores, 4 bajos y quinteto formado por dos violas, dos violonchelos y un contrabajo. Pero no fue esta la versión que escuchamos. En la interpretación, Saraste utilizó al completo la masa coral del Politécnico finlandés, divididos como exige Schubert , ampliando consecuentemente los efectivos de arco (diez violas, ocho violonchelos y cuatro contrabajos) y el resultado fue magnífico. De nuevo volvieron a brillar las voces, esta vez sin la tensión del destino de ayer pero en el tono grave y coloratura que exige el texto de Goethe, en perfecta conjunción con la cuerda, que al carecer de violines se amoldaba a la sonoridad densa de las voces graves.

     Siguiendo la convensión, el concierto solista cerró la primera parte. En él pudimos escuchar a Yefim Bronfman, pianista norteamericano -nacionalizado en 1989- acólito del círculo que se formara en torno al violinista Isaac Stern. La dulzura con la que inició el primer tema de la obra, que presenta el piano solo, fue tornándose en efusión. Su técnica es, desde luego, su mejor baza. Depurada hasta el máximo domina todo el espectro del teclado, al que sabe aplicar en cada momento el matiz adecuado. Marcó las disonancias que Beethoven se permite en el Allegro moderato inicial y no forzó hasta la cadencia, donde pudimos ver la plenitud de su dominio que continuó impecable hasta el final. Mientras, la orquesta ejecutó su parte resaltando los elementos rítmicos. Sin embargo, director y solista raramente se encontraron en el mismo plano expresivo, limitándose cada uno a resolver su parte sin excesiva convicción.

     Lo mejor de la noche quedaba aún por llegar. Saraste volvió a elegir una pieza del siglo XX y una de las mejores obras de Nielsen, la Sinfonía n.4, La Inextinguible para cerrar el programa. Si uno se pregunta cuáles son las cualidades de un buen director, la interpretación de esta pieza desvela las dudas. Basta con oir el final, los dos últimos compases, de esta extraordinaria obra bajo la batuta de Saraste para comprenderlo. El trabajo de Nielsen comienza a tomar forma durante la Primera Guerra Mundial, estrenándose en 1916. Esta circunstancia hace que el compositor la componga como una música que reflexiona sobre la vida, una vida -la naturaleza entendida en su más amplia concepción- que sobrevive incluso a la catástrofe más desgarradora. Nielsen entreteje sensaciones de pesimismo con las de optimismo, en una suerte de declamación vital.  La tensión que la pieza produce es inextinguible, acentuada por el dramatismo de los timbales. Saraste supo transmitirnos todo el sufrimiento pero también todo el entusiasmo. La orquesta ejecutó sus directrices y la percusión estuvo magnífica al iniciar, mantener y finalizar la idea del director suomi que realizó un final inmenso. Los aplausos del público hicieron que Saraste volviera a subir a la tarima dos veces para interpretar sendas propinas -Danzas eslavas de Dvorak-.
 

Luisa del Rosario
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