Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 01/02/2001

Aquí hay mucha música

Por Francisco de Borja Mariño
Madrid, 29/01/2001. Auditorio Nacional de Música. Lorin Maazel (violín) y Yefim Bronfman (piano). Johannes Brahms: Sonatas para violín y piano Op. 78, 100 y 108
Auditorio a rebosar, quiero pensar que no debido al anuncio de Freixenet, para escuchar a Lorin Maazel en su faceta de violinista, la cual no ha prodigado demasiado en nuestro país. De todas las integrales para violín y piano, pocos programas pueden competir con el ciclo de las tres sonatas de Brahms, obras de gran lucimiento para ambos solistas.Lorin Maazel es un gran prestidigitador capaz de enmascarar sus errores con altas dosis de romanticismo y unas buenas tablas. Hubo en su interpretación muchísimos momentos bellos, pero se quedaron en eso, perlas separadas a las que faltó una unidad que, tratándose de Brahms, un autor donde la forma tiene tanta importancia, hacen peligrar el conjunto que sonó desarticulado ante muchas exquisiteces aisladas. Dejo a un lado temas como los arcos o la utilización de portatos que entran en el campo de la lectura personal que cada violinista realiza de la partitura; no así los problemas de afinación que afearon algunos pasajes. Con todo el concierto, tanto en la primera parte como en la segunda fue ganando en hondura, y creo estar seguro que no se debe a ese dicho de que 'el oído es el primer sentido que se vicia' sino a la compenetración con su pianista.Así es, Yefim Bronfman, bordó su interpretación en las tres sonatas, contagiando al maestro Maazel y a todos los presentes su pasión. Las tres sonatas son piezas enormemente complejas para piano, y Bronfman las desgranó con su técnica en inteligibles pasajes como el maravilloso tercer tiempo de la primera sonata con su perfecta pulsación en las notas repetidas sin una sola vacilación de tempo, sus estupendas introducciones al Adagio de la Op.78 y la enunciación de los dos temas del Allegro amabile de la Op. 100. En la segunda parte, ya totalmente compenetrado con Maazel después de un vacilante primer movimiento, ofrecieron dos estupendos tiempos finales, un Scherzo y un Presto memorables por su precisión técnica y sonora unidos a su entrega apasionada. Si tuviésemos que reprocharle algo sería únicamente haberse mantenido muchas veces en un plano inferior al del violín cuando podría haber dado más profundidad a sus partes, algo a lo que la escritura se presta, sin necesidad de tapar a su acompañante.Hay mucha música en estas obras con las que Maazel y Bronfman nos regalaron los oídos. Un buen detalle fue repetir el segundo tiempo de la Op.100, ya que después de las tres sonatas muchos ya no queríamos escuchar nada más que Brahms. Ambos artistas conocen y disfrutan estas obras, algo que supieron comunicar al público, que recibió mucha música, la que ideó en su día Brahms y toda la que estos dos estupendos intérpretes supieron crear en este momento.