Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 29/01/2002

Io conobbi la voce che adoro e che impressa ognor serbo nel cor

Por Patxi Madariaga
Bilbao, 21/01/2002. Palacio Euskalduna. Le nozze di Figaro. Ópera en cuatro actos. Música: Wolfgang Amadeus Mozart. Libreto: Lorenzo da Ponte. Estrenada en Viena, Burgertheater, el 1 de mayo de 1786. La Condesa Almaviva: Miriam Gauci. El Conde Almaviva: Manuel Lanza. Figaro: Ildebrando d'Arcangelo. Susanna: Maria José Moreno. Cherubino: Petia Petrova. Don Bartolo: Matteo Peirone. Marcelina: Emilia Boteva. Don Basilio: Francisco Vas. Barbarina: Sabina Puértolas. Antonio: Gian Carlo Tosi. Don Curzio: Eduardo Santamaría. Campesinas: Arantza Gómez y Noemi Santisteban. Director Musical: Roberto Rizzi Brignoli. Dirección de escena: José Luis Castro. Escenografía: Ezio Frigerio. Vestuario: Franca Squarciapino. Diseño de iluminación: Vinicio Cheli. Coreografía: Cristina Hoyos. Orquesta Sinfónica de Bilbao. Coro de Ópera de Bilbao. Producción del Teatro de la Maestranza de Sevilla.
Confieso que siento una especial debilidad por Las Bodas de Figaro. Recurriendo al tópico, si me plantearan el dilema de elegir una sola obra para llevar a una isla desierta elegiría ésta sin dudar. En pocas óperas se da tal conjunción casi perfecta entre texto y música. La partitura es un prodigio que envuelve en una atmósfera deliciosa y el libreto está extraordinariamente bien escrito, con personajes creíbles y un pulso teatral que no decae en ningún momento y que la música de Mozart acentúa aún más (suena casi ocioso hablar aquí del magnífico final del segundo acto).No obstante, además de estas razones, en este montaje, presentado por la ABAO, dentro de su 50ª temporada, creo que hay motivos sobrados para el entusiasmo. Y los hay, en primer lugar, por el excelente trabajo de un reparto equilibrado que realizó un trabajo modélico tanto vocal como teatralmente.María José Moreno hizo una Susanna plena de intención, cantando con una voz preciosa y una línea de canto impecable. Construyó su parte transmitiendo con elocuencia todas las emociones por las que su personaje pasa a lo largo de la obra: enfadada, guasona, apurada, tierna, coqueta o pícara. Y lo hizo no sólo a través de la música sino también con una ajustada actuación teatral, llena de gracia y encanto. Miriam Gauci cantó la parte de la Condesa de manera exquisita y delicada, expresando toda la melancolía de su personaje, especialmente en Dove sono, Juguetón, travieso y gracioso el Cherubino de Petia Petrova, con un muy adecuado color vocal para el personaje. En la parte masculina, teatral y muy ajustado dramáticamente el Figaro de Ildebrando d'Arcangelo aunque mostró, sobre todo en el primer acto, una voz de volumen algo escaso, mientras que Manuel Lanza compuso un Conde impecable.Bien el resto del reparto, con especial mención a Sabina Puértolas que causó una espléndida sensación encarnando a Barbarina. Cantó con sentimiento la breve cavatina del cuarto acto L'ho perduta… y en todo momento dio la sensación de estar preparada para tareas más importantes. Interesante la aportación de un breve ballet, con coreografía de Cristina Hoyos, en el tercer acto, y en el que sonaron castañuelas marcando el ritmo de la música de Mozart.Algún pero a la labor de Roberto Rizzi Brignoli, quien, sobre todo durante los dos primeros actos, hizo sonar a la Orquesta Sinfónica de Bilbao de forma demasiado imponente y marcó tempi algo atropellados que dieron la impresión de poner en situaciones incómodas a los cantantes.Magnífica, también, la producción del Teatro de la Maestranza de Sevilla. De corte absolutamente clásico, la escenografía de Ezio Frigerio cuida minuciosamente hasta el más mínimo detalle y se ve realzada por la espléndida iluminación de Vinicio Cheli. Sensacional el cuarto acto, con un jardín iluminado por la luna en el que daban ganas de sentarse en un banco a contemplar las estrellas. Y sobre todo, es de destacar la dirección escénica de José Luis Castro, quien logró una perfecta fusión entre lo teatral y lo musical, algo que, por otra parte, debería ser siempre así en la ópera, pero que no resulta fácil de ver.