Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 14/11/2002

Una noche italiana en Baviera

Por J.G. Messerschmidt
Múnich, 02/11/2002. Centro Cultural Gasteig. Orquesta de la Radio de Baviera. Ingolf Turban, violín. Fabrizio Ventura, director. Obras de Rossini (Obertura de Guillermo Tell), Paganini (Concierto n° 2 para violín y orquesta), Boccherini-Berio (Cuatro versiones originales de la Ritirata notturna di Madrid) y Respighi (Pinos de Roma). Ruggero Raimondi, barítono. Orquesta del Teatro Lírico de Cagliari. Stefano Ranzani, director. Oberturas, arias y música de ballet de Mozart (Las bodas de Fígaro), Rossini (El Barbero de Sevilla, El viaje a Reims) y Verdi (Don Carlos, Nabuco, Atila).
El centro cultural Gasteig es un complejo que alberga a la Filarmónica de Múnich, el Conservatorio Richard Strauss, la Biblioteca Municipal y la Escuela Superior Popular y en cuyas instalaciones se celebran habitualmente manifestaciones de carácter muy diverso. El pasado sábado 2 de noviembre sirvió de marco a la Noche italiana, un conjunto de actos dedicados a la cultura del país mediterráneo y organizados por la Radio de Baviera.Entre las dos de la tarde y las dos de la madrugada, seis salas acogieron de manera simultánea proyecciones de cine, funciones de teatro, recitales de poesía y, sobre todo, conciertos. En los amplios vestíbulos del centro se instalaron mostradores que ofrecían especialidades culinarias italianas en un ambiente festivo amenizado por música de cámara. Hubo oportunidad de asistir a conciertos verdaderamente interesantes, por lo poco frecuente de las obras programadas.Por ejemplo, un recital de arpa y clarinete con obras de Rossini, Berio, Rota y Monti; o el concierto para niños de la Orquesta de la Radio de Múnich con La boutique fantasque, de Respighi-Rossini, en programa; o la proyección de la película muda Rapsodia satánica (1915) de Nino Oxili con la música compuesta por Pietro Mascagni para la cinta, también en la interpretación, en vivo, de la Orquesta de la Radio de Múnich; o diversos recitales en los que la música barroca y contemporánea estuvieron generosamente representadas, etc., etc. Y todo ello a precios que oscilaban entre la entrada libre y los 8 euros, según el acto.Los eventos más sobresalientes fueron un concierto de la Orquesta de la Radio de Baviera y un recital de Ruggero Raimondi, ambos celebrados en el auditorio de la Filarmonía.En el primero, la orquesta bávara, dirigida por Fabrizio Ventura, inició su actuación con la Obertura de Guillermo Tell, de Rossini, en una versión mesurada en la que se lucieron las cuerdas, pero en la que se detectaron bastantes imperfecciones en las maderas. A continuación el violinista Ingolf Turban interpretó el Concierto n° 2 de Paganini; sus tiempos fueron demasiado lentos, le faltó tensión y se echó de menos la bravura mefistofélica y el virtuosismo técnico sin el que la pieza pierde todo su carácter; el acompañamiento orquestal languideció de manera inevitable.Fabrizio Ventura y la Orquesta de la Radio de Baviera se mostraron mucho más a gusto en las Cuatro versiones originales de la “Ritirata notturna di Madrid”, en la que Luciano Berio, a partir de un esquema de crescendi y diminuendi alternantes, investiga las posibilidades armónicas y sobre todo tímbricas de la pieza de Boccherini. Ahora bien, parece que tanto el director como los músicos reservaron todas sus fuerzas y facultades para Los pinos de Roma, de los que ofrecieron una versión realmente muy estimable. En el primer episodio del poema sinfónico de Respighi, Los pinos de la villa Borghese, predominó un sonido brillante y luminoso, si bien logrado a costa de una cierta falta de cohesión entre las familias instrumentales. En Los pinos de las catacumbas y Los pinos del Janículo, el tono fue marcadamente lírico y las melodías se desenvolvieron con fluidez. El final, Los pinos de la vía Apia, fue abordado con arrebatadora monumentalidad, pero con un muy laudable equilirbiro y sin caer, como suele ocurrir, en la grandilocuencia.Tras una pausa de media hora, les tocó el turno a Ruggero Raimondi y a Stefano Lanzani, con la Orquesta del Teatro Lírico de Cagliari. El cantante italiano se enfrentó con absoluto dominio de la materia a un rosario de arias de Mozart, Rossini y Verdi, saliendo airoso de todas ellas sin ninguna dificultad. El contraste entre sus arias verdianas (aria de Felipe II Ella giammai m’amò!, de Don Carlos y Oltra quel limite t’attendo de Atila) y su Fígaro mozartiano fue un brillante ejercicio de virtuosismo y versatilidad.Sin embargo, lo más interesante fueron sus versiones de Rossini: las arias de la calumnia (de El barbero de Sevilla) y Medaglie incomparabile (de El viaje a Reims). En ellas Raimondi dio una lección de musicalidad y teatralidad perfectamente aunadas. La riqueza de matices, la magnífica articulación, el fraseo vivaz, el acoplamiento ideal de texto musical y literario y, por encima de todo, la soberbia administración de las propias facultades vocales y dramáticas fueron un excelente ejemplo de cómo pueden hermanarse elementos como sabiduría y arte, sensibilidad e inteligencia, téncica y temperamento; algo de lo que, desgraciadamente, no muchos cantantes parecen ser conscientes.Un capítulo propio merece la actuación de la Orquesta del teatro Lírico de Cagliari y de su director, Stefano Ranzani, quienes además de acompañar con modélica eficacia a Ruggero Raimondi, ofrecieron un serie de páginas orquestales. Muy raramente se tiene ocasión de escuchar en una misma velada a dos grandes formaciones sinfónicas, y menos aún a dos de la gran calidad y de características tan diferentes como la Orquesta de la Radio de Baviera y la del Teatro Lírico de Cagliari; la primera, una orquesta alemana de concierto, la segunda una formación filarmónica italiana de ópera, ambas excelentes representantes de sus respectivos géneros. Tras la escucha de la orquesta bávara (sólida, de timbre relativamente sombrío, con marcados relieves y una “pátina“ de seriedad y romanticismo) el sonido de la Orquesta del Teatro Lírico contrastó por su ligereza, su elegancia y su juvenil ductilidad. En la Obertura de Las bodas de Fígaro las cuerdas sonaron aterciopeladas y los vientos discretos, algo pálidos. La Obertura de Nabuco se desplegó brillante, aérea y con una refrescante y despreocupada levedad, muy operística y muy italiana. Tanto la dirección de Ranzani como las prestaciones de la orquesta alcanzaron su nivel máximo en la música del Ballet de la reina, de Don Carlos, (inexplicablemente no anunciado ni en el programa de mano ni por los presentadores del concierto, retransmitido por radio) y que fue una verdadera delicia. A lo largo de toda la suite se pudieron apreciar las grandes cualidades del conjunto y su director: exquisitas texturas tímbricas, pulso rítmico espléndido, sostenido sin desfallecimientos, excepcional limpeza en la ejecución, y gran finura en el juego de fraseos y volúmenes sonoros. Con estos medios y un evidente y contagioso júbilo en el hecho mismo de hacer música, la orquesta sarda demostró hasta qué punto intérpretes adecuados pueden sacar a la luz los tesoros ocultos en una música a menudo olvidada y generalmente considerada “menor”, como es la obra balletística de Verdi.Pese al indiscutible mérito de los organizadores, no podemos pasar por alto una serie de fallos sorprendentes y difíciles de justificar: la falta en el programa de mano de una lista pormenorizada de las obras interpretadas en el recital de Ruggero Raimondi; la ya señalada no mención por parte de los presentadores de la música de ballet de Don Carlos; y, por encima de todo, el muy bajo nivel de las notas a los programas y de los comentarios de los presentadores. Que un concierto sea “popular”, no quiere decir que haya que prescindir en él del rigor profesional.