Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 11/02/2003

Gergiev al rescate

Por Jorge Binaghi
París, 01/02/2003. Théâtre du Châtelet. El demonio, ópera de Anton Rubinstein sobre libreto de A. Maikov y P.Viskovatov (San Petersburgo, Teatro Marinski, 13 de enero de 1875). Escenografía: David Borovsky. Vestuario: Chloe Obolensky. Luces: Jean Kalman. Puesta en escena: Lev Dodin. Intérpretes: Evgeni Nikitin (el Demonio), Natalia Evstafieva (el Ángel), Marina Mescheriakova (Tamara), Olga Markova (Nodriza), Gennadi Bezoubenkov (Goudal), Ilya Levinsky (Sinodal), Viatcheslav Loukanin (Viejo servidor). Orquesta y coro del Teatro Marinski de San Petersburgo (maestro de coro: Andrei Petrenko). Dirección de orquesta: Valery Gergiev
En una entrevista en el programa de mano Gergiev defiende con ardor esta obra y se muestra confiado en que podrá dar un impulso a su recuperación para el repertorio, no sólo en los teatros rusos. Hay que reconocerle al maestro un fervor en la empresa que hasta ahora ha conseguido, no sé si para siempre y desligado de su presencia, ampliar el conocimiento en Occidente (y también en su propio país), de una serie de obras maestras o de gran interés: la lista es larga y no voy a caer en la trampa de olvidar o agregar alguna que ya se defendía modestamente sola. Pero me temo que con la obra del gran pianista, pedagogo y fundador de los conservatorios rusos, Anton Rubinstein, va a ser difícil. Con todo el respeto por el músico, este título, único que es algo más que un nombre en el papel de los quince que escribió para el teatro, puede ser interesante para escuchar alguna vez y salir de nombres trillados, y punto.En primer lugar, hay que reconocer que en los pasajes sinfónicos (unos cuantos) la orquestación brilla y gracias a Gergiev y a la orquesta del teatro donde se estrenó uno está medio convencido y dispuesto a creer que sí, que merecía otra oportunidad. Pero esa música pocas veces habla un lenguaje particular: es impersonal, sincrético. Y encima de todo, fundamentalmente antidramático. A Rubinstein no le gustaba Wagner, pero lo conocía y dirigía: convertir el tercer acto en un inmenso dúo (en realidad casi dos monólogos superpuestos) claramente inspirado -como idea- en el del Holandés errante pone rápidamente en claro que, con toda la desmesura que se quiera y los momentos en que la música ayuda a un pensamiento poco interesante o discutible, Wagner era un hombre de teatro y Rubinstein no.La puesta de Dodin no hizo más que acentuar el estatismo, y en particular en el acto de la fiesta en el palacio, hizo prevalecer un enfoque casi de oratorio. Ciertamente es preferible este enfoque a las locuras por las que fue silbado en Florenci a y París con su “nueva versión” de La dama de picas (que también creó perplejidad en Amsterdam sin llegar a la sanción), pero aquí ocultó el brillo y los giros orientalizantes y “folclóricos” y puso de relieve que la acción “interior” es plana, como la caracterización de los personajes.Vocalmente, todos cumplieron, pero salvo los dos bajos (Bezubenkov y Lukanin), que estuvieron espléndidos, no hubo una gran figura. O el rol era pequeño (Markova en la ‘Nodriza’), o el cantante exhibía limitaciones en el registro agudo (una característica que parece definitiva del tenor Ilya Levinsky). El ‘Ángel’ de la mezzo Evstafieva era interesante, pero no inolvidable. Y ninguno parecía convencido de lo que decía o hacía. Las dos partes de mayor compromiso y extensión estaban en manos de dos voces notables por volumen y potencia, pero no por la técnica. El mejor de los dos fue el protagonista de Nikitin, un hombre de treinta años, que se presenta como bajo cuando se trata de un barítono oscuro de medios impresionantes pero de emisión abierta y forzada (sin necesidad) en el agudo. Tamara es el personaje clave de la ópera y que tiene que comenzar con una especie de cavatina convencional a la italiana para explorar después otras dimensiones vocales. Marina Mescheriakova es un nombre conocido, pero lamento decir que no observo ningún progreso en su canto estridente (su volumen es enorme, pero eso es un dato: el mérito está en cómo utilizarlo). Lo único que puedo decir en su favor es que parece estar en posesión de dos formas de emisión, y por fortuna sus pianísimos fueron extraordinarios. Ni por figura ni por actuación ni fraseo era memorable. Nos queda el coro -por la mayor parte del tiempo obligado a cantar desde las bambalinas- que convierte cada intervención suya en una fiesta (la ópera parece al principio una obra maestra…durante unos diez o doce minutos aproximadamente) y la maravillosa orquesta y su increíble director. Pero ni los mejores ejecutantes, ni la mayor dedicación y afecto, pueden resucitar a un cadáver.

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Fotografía: © 2003 by MN Robert, por cortesía del Théâtre du Châtelet