Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 27/11/2003

A Litton le va la marcha

Por Rafael Díaz Gómez
Valencia, 18/11/2003. Palau de la Música, Sala Iturbi. Décimo concierto de abono de la temporada de otoño. M. Ravel: Concierto para piano en sol mayor. G. Mahler: Sinfonía nº 7 en si menor. Orquesta Filarmónica de Bergen. Jean-Yves Thibaudet, piano. Andrew Litton, director. Aforo para la representación:1800. Ocupación: 100%
Es inevitable, si uno recuerda, que acabe comparando. Andrew Litton llegó al Palau y se enfrentó a varios recuerdos que aún pululaban por la sala. Uno muy fresco: el magnífico Mahler que Bychkov y la Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia habían recreado tres días antes. Otros no tan recientes, aunque bien asentados en la memoria: el Concierto de Ravel mágicamente interpretado por Grimaud y Saraste la temporada pasada y la Séptima de Mahler que Ashkenazy y la Filarmónica Checa brindaron hace ya más de tres años. Y comparando, lo de Litton con la orquesta noruega, aun siendo bueno, fue peor.El Concierto en sol de Ravel resultó tímbricamente algo tosco, como si a la orquesta le faltara refinamiento. Thibaudet, que había comenzado trazando unos tresillos de calidad exquisita, pareció contagiarse de esa leve brusquedad, diríamos que casi rural, de la formación y, sin abandonar la elegancia y el virtuosismo suficientemente bien resuelto, no estuvo al nivel de lo que sabemos que es capaz. Por ejemplo, le faltó vuelo en los trinos de la cadencia del primer movimiento, excesivamente pesados resultaron sus acordes con la mano izquierda en el 'Adagio' central y, junto al director, se obsesionó en marcar los tiempos fuertes en el 'Presto' final, hasta el punto de hacer demasiado evidente, machacón, su ritmo de marcha. Como todo Ravel es puro Ravel (se dice que Daphnis y Cloe sintetiza todo su arte, pero lo mismo de La valse o de El niño y los sortilegios), en esta versión se echó de menos, además de un brillo instrumental más pulido, ese aire danzante que se desprende de buena parte de lo que salió de su pluma.Mahler, en cambio, sí gozó de un armazón rítmico más flexible. Si hace poco considerábamos a la Tercera una sinfonía de lo espacial, la Séptima lo es de lo temporal. Todo en ella invita al movimiento, constantemente incitado por sus abundantes marchas y ritmos de danza. Litton acertó a la hora de conferir unidad a la relativa discontinuidad del discurso de la obra, gracias a que supo hacer de su orquesta un organismo dinámico, capaz de mecerse y de progresar a la vez. Con el pulso bien tomado a la partitura, el director norteamericano sacó petróleo del sonido del conjunto nórdico aunque, eso sí, más plenamente en los movimientos impares que en las dos músicas nocturnas.El público acogió la versión con entusiasmo y el director respondió con dos propinas (también Thibaudet regaló la Gymnopédie nº 1 de Satie, una pizca pasadita de pedal derecho, al final de la primera parte). En primer lugar, 'La muerte de Ase', de Peer Gynt, en una soberbia interpretación, profunda y cálida, en la que la sección de cuerda de la orquesta matizó mejor que en cualquier otro momento de la sesión. Y, para acabar, con Litton en plan simpático, diciendo en español que no anunciaba el título de la obra porque suponía que el público lo reconocería (uno: se ve que se preparó la gira por nuestro país con interés; dos: se ve que no nos conoce bien), para acabar, digo, el 'Intermedio' de La boda de Luis Alonso, quién sabe si como homenajeo o como guiño irónico, salido de los compatriotas de la modelo que se quedó en aspirante a reina, a la madre de todas las bodas. Y aunque ya casi teníamos los oídos saturados, llegamos a distinguir que el 'Intermedio' en cuestión se expuso con mucho garbo (aunque no tanto como el de Markevitch al frente de la Orquesta de RTVE en una antología zarzuelera en disco que, dicho sea de paso, merecería la pena que se reeditara).En definitiva, pareció claro que a Litton le va la marcha. Literalmente, pues no en vano estructuró su programa en torno a los ritmos de marcha (incluso en las propinas tuvimos un a modo de marcha fúnebre con 'La muerte de Ase') y, figuradamente, en la acepción popular de la palabra 'marcha' como fiesta con bailoteo, ya que fue la danza el otro puntal de su propuesta (también en la propina a través del 'Intermedio' de Giménez). Le fue la marcha y tuvo éxito, porque, pese a que su Ravel pudo parecer algo estricto o encorsetado, exhibió como principal entre sus cualidades la de un pujante sentido de la planificación rítmica que sabía mantener la tensión y, por ende, hacerle muy comunicativo. Ahora bien, si pretende que su orquesta suene francesa cuando toque Ravel, germana cuando haga Mahler o española cuando aborde Giménez, tal y como el director entendía que debía ser una buena orquesta en declaraciones efectuadas al diario El mundo, aún tiene trabajo por delante, porque la Filarmónica de Bergen cuando mejor sonó fue interpretando Grieg.