Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 23/01/2004

Lo universal en lo particular

Por Jorge Binaghi
Génova, 17/01/2004. Teatro Carlo Felice. 'Le nozze di Figaro', (Viena, 1 de mayo de 1786). Libreto de Lorenzo Da Ponte y música de Wolfgang Amadé Mozart. Dirección escénica: Robert Carsen. Escenografía: Jean-Marc Puissant. Vestuario: Gabrielle Dalton. Intérpretes: Patrizia Ciofi (Susanna), Eteri Gvazava (Condesa), Pietro Spagnoli (Conde), Nicola Ulivieri (Figaro), Marina Comparato (Cherubino), Ugo Benelli (Basilio), Carlo Lepore (Bartolo), Francesca Pedacci (Marcellina) y otros. Orquesta y coro (director: Giovanni Andreoli) del Teatro. Dirección de orquesta: Julia Jones
Génova, capital europea de la cultura en 2004. Llena de obras, con grandes planes y una ciudad siempre muy especial, que no te deja extasiado como otras en Italia, pero que se revela de a poco y como de mala gana, y que me resulta particularmente entrañable (probablemente porque en parte de allí provengo). Hay cosas espléndidas y, como en toda ciudad portuaria que se respete, contrastes de todo tipo. O sea que está viva. Y su teatro aprovecha la ocasión para una temporada variada e interesante y, por un fin de semana, cosa inédita en los teatros italianos, uno puede encontrar dos títulos uno junto al otro. Montar un Mozart y un Rossini no es cualquier cosa. Ya hacerlo es una hazaña. Y lograr resultados -mejor en un caso que en otro- más. Y la sala estaba más llena que cualquiera de las otras veces en que la he visitado, con gente joven (demasiado apegada a su móvil, alguna) y en la mayor parte de la ciudad y alrededores.Ahora, hay que hablar de Le Nozze. Y caigo en la cuenta de que en estas páginas virtuales nunca he hablado de uno de esos títulos que estaría entre los que seleccionaría para refugiarme en la famosa isla desierta. Obra dificilísima donde las haya, porque requiere un dominio vocal absoluto, auténticas grandes figuras que, además, sepan integrarse en un conjunto y hacer trabajo de equipo. No se la salva con divos. Y en esta época en que no hay tantos, tal vez sea preferible una versión bien ensayada, aceptablemente cantada, que una o dos figuras 'importantes'.Y tal vez ahora una puesta como la de Carsen, traída de Burdeos, la haga más 'familiar'. Personalmente, encontré cosas buenas y no tanto; hay tics que se repiten (por un momento creía haber vuelto a la Rusalka de París), detalles innecesarios (el ‘Conde’ que lee a escondidas Playboy, por las dudas de que no nos hayamos dado cuenta a esa altura -tercer acto- de que es un mujeriego) y un acto -el último- jugado al golpe de efecto final, que es bueno, pero que nos priva del jardín totalmente.Es verdad que Mozart es universal, pero al mismo tiempo está anclado profundamente en su sociedad y época (las obras -la de teatro y la de prosa- son contemporáneas): jugar con los vestidos de entonces y de ahora, 'aburguesar' la nobleza, no sirve. Como de costumbre, el personaje que más sufre de todos con esto es la ‘Condesa’: francamente convertirla en una neurótica caprichosa y la mitad de la obra en combinación (no veo en qué ayuda a comprender mejor el personaje). Seguramente, hace tomar menos en serio 'Porgi amor' y 'Dove sono' (dos momentos privilegiados de la música de occidente por su hondura expresiva).Desde que le he oído una Traviata que me dejó perplejo en el Liceu, no entiendo qué es lo que se le ve de especial a la directora Jones. No será su visión de estas 'bodas' lo que me ayude. Si dejamos la obertura, monótona y dirigida con piloto automático y con una gesticulación enfática y excesiva -como en el resto de la velada-sólo habría que echar una mirada al duettino 'Via resti servita' y al aria 'Non so più' (para limitarme al primer acto) para ver que en tiempo, dinámica, intención, hay poco que alabar salvo el asegurar una noche sin zozobras. Pero la orquesta estaba en excelente forma.Y los cantantes… Seguramente el más completo era Spagnoli, al que el ‘Conde’, salvo ciertos momentos en que fuerza algo sin necesidad, parece irle mejor que el ‘Figaro’ rossiniano como personaje y como vocalidad. Ulivieri es un buen protagonista, no uno que se vaya a recordar cuando pasen los años, pero que tiene la voz y la gestualidad adecuadas y canta y actúa con gusto evidente. Ciofi ha aumentado ligeramente su volumen y ha perdido timbre -en una voz ya no de por sí muy bonita ni personal- en centro y grave, pero es una muy buena música, conoce la parte al dedillo, sobreactúa un poco, pero dice muy bien los recitativos. Gvazava tiene una figura de ensueño, lo que puede explicar su elección como ‘Traviata’ televisiva, pero ni su canto ni su interpretación pasaron de la discreción (no hizo nada particularmente negativo, pero su personaje quedó completamente opacado). Comparato tiene la figura ideal y una voz más que suficiente para el paje, y resultaban en carácter la ‘Marcellina’ de Pedacci y atractiva la ‘Barbarina’ de Kristina Hansson. Benelli no estaba en una buena noche, pero siempre se lo ve y oye con gusto (ha prestado, y sigue prestando, leales servicios a la causa de Mozart y del belcanto italiano con honestidad y profesionalidad). Lepore, en cambio, después de haberme impresionado favorablemente en esta misma sala en Le Comte Ory, tiene problemas con el aria de ‘Bartolo’ (reconozcamos que es difícil, pero no estaba pidiendo yo un Kipnis).El público lo pasó bien. Quizás sea en el fondo lo más importante, pero yo creo que de este regalo que nos vino -una vez más- de Mozart hay mucho más que extraer.