Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 30/03/2004

El buey sobre el teclado

Por Alfredo López-Vivié Palencia
Santiago de Compostela, 25/03/2004. Auditorio de Galicia. Claudio Prieto: Ensoñaciones. Ludwig van Beethoven: Concierto para piano y orquesta nº 4 en sol mayor, op. 58. Darius Milhaud: La création du monde, op. 81; Le boeuf sur le toit, op. 58. Iván Martín, piano. Real Filharmonía de Galicia. Alejandro Posada, director. Ocupación: 60%
Uno de los atractivos de la temporada de conciertos de cualquier orquesta es el desfile de solistas y directores invitados, porque justamente uno de los atractivos de la música es que suena distinta según quién la toque. Si además los invitados de una noche son jóvenes, el atractivo se multiplica porque uno no espera complaciente la lección de un maestro veterano, sino el ímpetu y las nuevas ideas de quien está obligado a abrirse paso. Esta noche actuaban dos jóvenes invitados con la Real Filharmonía (a pesar de la diferencia de edad, considero que un director de 38 años es más joven que un pianista de 26), aunque sólo uno satisfizo las expectativas.En el cuarto de hora escaso que dura Ensoñaciones -obra escrita en 1994 para orquesta de cuerda-, Alejandro Posada tuvo tiempo de sobra para poner de manifiesto que sabe respirar con naturalidad los ritmos más intrincados, que le cuesta poco trabajo descubrir las atmósferas de una partitura irresistiblemente envolvente, y que además una y otra cosa las consigue con un gesto claro y con actitud contagiosa de cómplice. La cuerda de la Filharmonía estuvo –otra vez, quiero subrayarlo- a la altura en agilidad y en lirismo. Dice Xoán M. Carreira en las notas al programa de mano que "una de las peculiaridades de Claudio Prieto como compositor es que a lo largo de toda su carrera consiguió mantener unas excelentes relaciones con los intérpretes y con el público": los aplausos que Prieto, presente en el Auditorio, recibió de unos y otro así lo atestiguaron.De nuevo Posada y la cuerda de la Filharmonía proporcionaron un acompañamiento vibrante, profundo y expresivo en el maravilloso andante del concierto beethoveniano. Pero Iván Martín no estuvo por la labor de dialogar con ellos (las poquísimas veces que pianista y director cruzaron sus miradas no dejaban lugar a dudas), y si algún ejemplo es paradigmático de la necesidad de diálogo entre una orquesta y un solista es precisamente este movimiento. Durante toda la obra los dedos de Martín leyeron, sin más, las notas de su parte -no todas, aunque eso es lo de menos- con un sonido raquítico y con nula capacidad para alcanzar un fraseo que al menos atisbara un Beethoven que ya tenía la Eroica a sus espaldas. Las dos propinas (¿scarlattianas?) no quitaron el mal sabor de boca que deja la impresión de una promesa que muy posiblemente se quedará en eso.Afortunadamente, la Real Filharmonía y su director perfumaron ese aire, que había quedado enrarecido, con las mil especias de las partituras coreográficas de Darius Milhaud. En La creación del mundo Alejandro Posada y los diecisiete instrumentistas de la orquesta se dedicaron a hacer música a lo grande, a bailar las síncopas jazzísticas, y a tocar de forma desinhibida una música que invita a la desinhibición. Si hay que poner un pero, sería a un cierto descontrol en los planos sonoros que en ocasiones taparon el cuarteto de cuerda, aunque ¡cualquiera se resiste a hacer callar las voces del clarinete o de la trompeta!Otro tanto cabe decir de El buey sobre el tejado, si bien la desinhibición a orquesta completa es más difícil de conseguir, pero el sabor de las danzas brasileñas llegó con calor, con entusiasmo y con flexibilidad: la batuta de Posada y la calabaza seca –dicho sea en términos técnicos y aproximativos- de José Vicente Faus se encargaron de propulsar sin desfallecer esta especie de perpetuum mobile sinfónico-carnavalesco. Feliz idea, pues, la de programar estas obras raramente escuchadas, y feliz realización de la orquesta compostelana con un director al que no debe perderse de vista.