Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 27/04/2004

Porqué escuchar a John Zorn

Por Juan Gil
La Coruña, 24/04/2004. Palacio de la Ópera. John Zorn Electric Masada (John Zorn, saxo alto; Marc Ribot, guitarra; Jamie Saft, teclados; Trevor Dunn, bajo; Ikue Mori, ordenador portatil; Cyro Baptista, percusión; Joey Baron, batería; Kenny Wollesen, batería). Aforo: 1.800 localidades. Asistencia: 100 %
He de reconocer que John Zorn es uno de esos compositores sobre los que había leído más de lo que los había escuchado. Sabia que es un personaje que se mueve en los márgenes de la música “culta”, y el jazz, lo popular y lo académico, siendo presentado como un claro exponente de la hibridación, la fragmentación y la cita (o el pillaje) posmodernos; “no tengo miedo a los estilos, me gustan todos” .Me preguntaba cómo se pueden reunir en un mismo espacio a Cage, Ligeti, Ives, Morricone, Coltrane, Mancini, Ornette Coleman, Braxton, Monk, Lou Reed, Burt Bacharach, la música Trash y el Hardcore. Lo cierto es que aún ahora, después de haber asistido al intenso concierto de Zorn, no sería capaz de explicarlo con palabras, pero sé que es posible porque lo he escuchado.Electric Masada es todo esto aderezado con sonoridades de la música de tradición judía (klezmer), como su nombre delata, a la que Zorn ha dedicado especial atención en los últimos años y que ya ocupaba el centro de la banda sonora ficticia, Kristallnatch, publicada en 1993. Una nueva muestra de su empeño por habitar, más que por romper, los límites. Por explorar el espacio que queda entre la composición, la interpretación, el virtuosismo, la aleatoriedad y la improvisación, siguiendo la línea de Philip Glass y Steve Reich, quienes crearon a medida de sus composiciones los grupos que las interpretarían, o Harry Partch quien, yendo más allá, diseñó sus propios instrumentos y su propio sistema de afinación.En su propia concepción, Electric Masada, derivación de Masada Quartet, presenta una singularidad que anuncia su difícil ubicación (dos baterías, un set de percusión, incluyendo varios complementos y un pad, bajo y guitarra eléctricos, piano rhodes, un ordenador portátil y saxo).Habita el escenario y recrea ambientes. Carga frontalmente con una brutalidad ruidista que viene tomando forma desde Spy vs. Spy o Naked City, anterior proyecto de John Zorn. Lejos de caer en un todo-vale sin sentido se establece un diálogo entre los riffs de blues, la disposición tradicional de los Standards (tema-sólos-tema), las melodías, el terrorismo sonoro y la complejidad de las estructuras de la música de vanguardia; “Yo buscaba a alguien que estuviese a la altura, sabes, sacando sus intestinos, pero al mismo tiempo buscaba la complejidad estructural que había alcanzado la música clásica contemporánea”.Estructuras cruzadas marcadas por el gesto preformativo de Zorn, que las anticipa ocupando el espacio del director, dando forma al fluir sonoro que por momentos parecía alcanzar cierta corporeidad.¿Música o ruido? Sonido. Complejas texturas resultantes de los timbres acústicos, eléctricos y digitales, próximos a obras electroacústicas como Kontakte de Stockhausen.El sonido cobraba sentido en el marco de la forma delimitada por el silencio, las estructuras rítmicas y la superposición de planos, momentos en los que el concierto alcanzó su clímax y que, particularmente, me parecieron lo más interesante de la propuesta de John Zorn.Las partes menos abiertas y más próximas al jazz y a la melodía se construían a partir de una repetitiva base, dicho esto sin ningún sentido peyorativo, que le brindaban las dos baterías y el bajo. La gran variedad de instrumentos que pasaron por las manos de Cyro Baptista dotaban a la trama estructural de un detallismo preciosista que contrastaba con las explosiones controladas de sonido.Todo esto sólo quedó algo ensombrecido por el lugar de celebración en cuya elección parece prioritaria la capacidad que la calidad. Un lugar, el Palacio de la Ópera, donde nunca he presenciado un concierto en el que la amplificación juegue un papel importante y que haya sonado a la altura de las circunstancias.Otro aspecto poco práctico, al menos para los asistentes, es la extraña decisión de regalar las entradas lo que, por un lado, promueve que parte del limitado aforo sea ocupado por personas poco interesadas, como demostró el goteo hacia la salida que se produjo entre tema y tema, y por otra, obliga a quienes quieran acudir desde otras ciudades a correr el riesgo de quedarse a las puertas.NotaTodas las citas de este texto han sido extraídas del libro Talking music: conversations with John Cage, Philip Glass, Laurie Anderson, and five generations of american experimental composers de WilliamDuckworth. New York: Schirmer Books, 1995