Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 07/05/2004

El caballero inactual

Por Jorge Binaghi
París, 28/04/2004. Théâtre du Châtelet. Tannhäuser (19 de octubre de 1845, Hofoper de Dresde. Versión de París, 1861) libreto y música de R. Wagner. Intérpretes: Peter Seiffert (Tannhäuser), Petra-Maria Schnitzer (Elisabeth), Ildiko Komlosi (Venus), Ludovic Tézier (Wolfram), Franz-Josef Selig (Hermann), Katija Dragojevic (Pastor), Robert Bork (Biterolf), y otros. Puesta en escena: Andreas Homoki. Escenografía y vestuario: Wolfgang Gussmann. Orquesta Filarmónica y Coro (director: Philip White) de Radio France. Dirección: Myung-Whun Chung
Fue esta la última representación de la ópera, tanto tiempo ausente de las escenas, y la siguiente a la ya reseñada en estas 'páginas'. La visión no es básicamente distinta. Es cierto que la puesta no tenía nada que ver con la obra, pero no me pareció en absoluto acertada, ni siquiera como cosa aparte o contraria a Wagner. Simplemente, y me gustan otros trabajos de Homoki, fue una tontería y una pérdida de tiempo y de dinero, que era mejor ni mirar. No sé para qué se elige la versión de París -la de la bacanal- si no hay un ballet, si no hay nada demasiado sensual, si ‘Venus’ se parece más bien a la Musa de Hoffmann -en suntuoso vestido rojo sobre una esfera roja y con un pastor que parece un bellboy de hotel, presuntamente Cupido, pero que el autor quería que fuera muy otra cosa; si la ‘asimilación’ entre protagonista y autor no va más allá de los primeros compases -es decir, con alguna coherencia- y tenemos que soportar un piano en todas sus posiciones y hojas de papel pautado que se van recogiendo y sembrando.‘Elisabeth’, claro, está vestida toda de blanco, pero está tan enamorada del protagonista y es tan fogosa que incluso está de acuerdo con él durante su canto en el concurso, lo que hace perder totalmente el sentido de la escena final y el gran concertante del segundo acto. ‘Hermann’ no importe tal vez que sea o no langrave de Turingia, pero tiene que ser algo superior y mayor que los cantores -que son unos estudiantes traviesos y peleadores- o tampoco se entiende el por qué de su actuación desde que aparece el coro (un conjunto de curiosos maleducados que se empujan para salir primeros en la fila y en la foto). Que ‘Venus’ y ‘Elisabeth’ se saluden luego de la plegaria del tercer acto y que la diosa componga la canción de la estrella vespertina era algo que, visto como venía todo, previsible. Es que ni siquiera es provocación; es pura memez. Y creo que el público que en la primera noche protestó tenía razón.La parte musical, fue, por suerte, otra cosa. Porque ahí apareció toda la inactualidad -y toda la fuerza- del conflicto que Wagner plantea (carne y espíritu, arrepentimiento, fe y perdón, que tal vez hoy resulten , sobre todo el primer par, un tanto ingenuos). Orquesta y coro estuvieron espléndidos, aunque la dirección lo haya sido bastante menos, con una falta total de recogimiento o unción y mucho ruido en vez de verdaderos clímax construidos. Siento decirlo porque suele gustarme Chung, pero en muchos momentos resultó superficial. Lo que no ocurrió con la parte vocal y particularmente con los caballeros inactuales.Empezando por el extraordinario protagonista de Peter Seiffert, sin duda un lírico más que un spinto, pero con un volumen, extensión, homogeneidad, resistencia y brillo y luminosidad que en los últimos tiempos, y de modo más intermitente, recuerdo sólo en el malogrado Gösta Winbergh. Si su ‘Nach Rom’ del final del segundo acto fue menos impactante que su “Zu ihr” del final del primero, su himno a Venus, su impecable relato de Roma -sin la menor sombra de cansancio- se debió justamente a la mano pesada del director. Su acentuación de palabras clave como 'Freiheit' (libertad) y su defensa del amor sensual en el concurso (lástima que en esta puesta importaba bien poco) fueron algo así como lo que uno siempre quiso escuchar en teatro en un tenor wagneriano pero pocas veces, si alguna, ocurrió. Esperemos que siga así por mucho tiempo, aunque entendería que los teatros se lanzaran en masa a pedirle este -o mejor otro- ‘Tannhäuser”.Para toserle a este cantor hay que tener mucho coraje y mucho bagaje. Que fue lo que ocurrió con el estilo de Tézier en su ‘Wolfram’, decididamente lírico y apasionado, aunque con menor volumen que el tenor. En cambio, el volumen más impresionante fue el de Selig, uno de los bajos cantantes más notables de los últimos tiempos, por belleza de timbre, entonación y línea. También se lució -tal vez es el único que tiene que agradecerle algo a esta puesta- Bork en un impulsivo y desaforado ‘Biterolf’, pero estuvieron muy correctos los demás (señaladamente el ‘Walther’ de Finnur Bjarnason).En cuanto a las damas, muy fresco vocalmente el maltratado ‘pastor’ de la joven y vivaz Dragojevic. Komlosi fue una excelente ‘Venus’, al menos todo lo que puede pedirse a una mezzo de medios notables y timbre algo irregular, pero de gran proyección y buen fraseo. Schnitzler resulta ideal por figura para ‘Elisabeth’. También por canto, donde todo está en orden -del agudo al pianísimo- y donde no intenta hacer de esta figura tan ‘femenina’ una valquiria o una ‘Senta’ en potencia; lo único es que el timbre, lírico puro, resulta anónimo y el fraseo -con ser excelente- no es el de una grande (en fin, depende de los puntos de referencia o de lo que uno crea que debe ‘decir’ el personaje; el reparo es totalmente menor desde cierto punto de vista; desde otro indica un límite, no un defecto).