Publicado en Mundoclasico.com (ISSN 1886-0605) el 21/05/2004

La jornada mas humana

Por Jorge Binaghi
Amsterdam, 09/05/2004. Het Muziektheater. Die Walküre (Munich, 26 de junio de 1870), texto y música de R. Wagner. Intérpretes: Linda Watson (Brünhilde), Albert Dohmen (Wotan), Charlote Margiono (Sieglinde), John Keyes (Siegmund), Kurt Rydl (Hunding), Doris Soffel (Fricka) y las ocho valquirias. Escenografía: George Tsypin. Vestuario:Eiko Ishioka. Puesta en escena: Pierre Audi. Nederlands Philharmonisch Orkest.Director: Hartmut Haenchen.
No es extraño que La Valquiria haya sido siempre la “ópera” (perdón) más popular de la inmensa tetralogía wagneriana ni que siga habiendo una tendencia a representarla aisladamente (hasta en las grabaciones -cuando se hacían, digo- se nota).Ya lo he escrito hace menos de un año al escribir sobre una representación en el Liceu barcelonés y no soy de repetirme aunque sé que la memoria es corta y que uno no puede decir mucho mejor las cosas que como ya las ha dicho.Pero ahí está esa primera hora de puro drama y lirismo con tres mortales mejores o peores pero sin dios alguno (aunque, claro, Wotan tuvo que pasar al principio porque hoy son pocos los que resisten a dejar a Sigmundo y la tempestad que lo azota por dentro y por fuera solos en ese momento inicial único), esa hija divina que se va humanizando -al punto que Wagner nos regala una escena filial prácticamente única en su obra (ni el buen Pogner en Meistersinger ni mucho menos el ‘Daland’ del Buque se acercan de lejos a ese gran enfrentamiento final), el dios de los dioses en sus momentos más débiles y sensibles, las aterradas valquirias que se confrontan a cosas que nunca pensaron, y -único resto de la divinidad implacable, eco de la no humanidad rudimentaria de ‘Hunding’- esa ‘Fricka’ incapaz de ver más allá de sus narices pese a lo que su marido intenta explicarle: nada más y nada menos que lo nuevo, porque es nuevo, existe sin pedir permiso ni responder a ningún código previo.Tal vez en esa frase resida el secreto de la grandeza de esta obra: no sólo en la desobediencia (menos mal que alguna vez se la defiende o justifica), sino en la resistencia y tozudez de esos 'risibles' humanos que, por ejemplo, se niegan a ir a tomar parte en los placeres del Valhala si no están con la persona que quieren (el amor ha cambiado tanto a 'Sigmundo' que en la hora de su derrota y muerte tiene su momento más grande: no es extraño que alguien así engendre a alguien más libre que el propio 'Wotan' -otra frase para la antología…).La puesta de Audi, el director general del teatro, ya se había visto en el primer ciclo de esta serie que ahora recomienza para extenderse en las próximas temporadas. Notabilísima por efectos (el fuego en la roca de las valquirias; la cabaña que se incendia en la noche primaveral; la llegada de Fricka con dos bastones con cabeza de carnero, la propia cabalgata), por su cuidado de los detalles en las reacciones de los personajes. No inventa nada; recrea y trata de mantener viva la acción en los dos o tres momentos en que parece languidecer un poco.La dirección de Haenchen es tal vez no de gran vuelo (hay algún momento en que la tensión cede, y no debería, por ejemplo en el tiempo que transcurre entre la fuga de las valquirias y la pregunta de Brunilda que da lugar a la gran escena final), pero, con una orquesta que tuvo algunas vacilaciones aunque cumplió con solvencia (no con brillo), la concertación fue excelente (y hay que considerar que estaba colocada a un costado del escenario, rodeada de artistas y decorados que llegaban hasta la primera fila de platea desde el profundo fondo) y estuvo pendiente de los cantantes. Antes que ciertos genios, yo prefiero esta honestidad y este buen hacer.Debutaba en ‘Siglinda’ una de las glorias locales, Charlotte Margiono (hoy quizás la única “gloria” local verdadera). Estuvo espléndida en sus medias voces, en su valentía, en su interpretación. Como ya no estoy acostumbrado a escuchar una voz de soprano más bien lírica (o una 'joven dramática' como se las llamaba no hace tanto), me quedé sorprendido del efecto que puede hacer su relato o su 'Du bist der Lenz' (cuando Wagner no declamaba sino que seguía su instinto lírico y dramático, qué cimas inalcanzables escribía). Quedó claro que eso de las mezzos verdaderas o falsas o voces ambiguas puede estar bien para ‘Kundry’ (pero ahí también es preferible una soprano), pero no para este personaje. Tal vez no haya llegado aún Margiono a las cimas casi inalcanzables de su compatriota, la gran Gré Brouwenstijn, quien ya no está con nosotros, pero en todo caso trabaja en esa dirección, que es la correcta.Kurt Rydl está en perfecta forma para la brutalidad de ‘Hunding’ y debería quedarse ahora con algunos personajes y dejar de lado los que no le hacen ningún bien (como su Inquisidor de Don Carlo en Salzburgo). Ha sido siempre un cantante y actor notable y aquí no hubo ni la más leve traza de desgaste vocal. John Keyes es un tenor baritonal -de lo que no me quejo en absoluto- con uno de los centros más broncíneos y voluminosos que haya escuchado; lástima que el grave sea más bien reducido o abierto y que el agudo, aunque lo tiene, no tenga la misma intensidad, homogeneidad y calidad (el 'Wälsungen-Blut' que cierra el primer acto es, siempre, un momento de zozobra, y eso que comparado a Sigfrido, el de su padre es un papel cómodo).Doris Soffel también reverdeció laureles que últimamente parecían haber perdido algo de su esplendor en esa ‘Fricka’ odiosa a la que dio pasión y hasta donde podía justificación con muy buena voz y poderosa emisión. Las valquirias fueron todas correctas, con alguna que otra muy buena (por ejemplo, Natascha Petrinsky en ‘Waltraute’) y en eso se vio la inmensa capacidad de preparación y la seriedad con que la Opera de los Países Bajos prepara sus espectáculos.Y claro, falta ‘el dios’. Entre el año pasado y este ha ocurrido que el dios por antonomasia se ha ido a su merecido Valhala (lo espero por él). Un crítico o cronista no es una máquina, no es la objetividad en persona, no es un dios (por suerte): me costó más que nunca no acordarme de Hotter; en realidad, me acordé todo el tiempo y eso es injusto. Si omito este detalle, Dohmen demostró ser uno de los pocos que pueden hoy con ‘Wotan’ por poder vocal y expresivo. No estaba en su mejor día y algunas notas fueron golpeadas (justamente en la frase citada más arriba “freier als ich, der Gott”: en este momento en que escribo me vuelve la voz del dios en 1962 en Buenos Aires como si la estuviera cantando ahora: nunca jamás he vuelto a escucharla así), pero los momentos irregulares los compensó con su autoridad en el acento y la figura, y se destacó sobre todo en la disputa con 'Fricka' y en el desprecio con que literalmente mata a 'Hunding' y en algunos momentos del dúo (perdón de nuevo) con 'Brunilda'.Linda Watson es una de las mezzos que se han pasado al registro de soprano, y me parece que en este caso ha hecho bien: es lo mejor que le he escuchado en vivo hasta ahora, salvo algún agudo corto o calante o un comienzo de la escena con 'Wotan' al final demasiado opaco (en general, sus graves guardan aún claros indicios de su pasado registro). Pero el personaje es tan difícil y lo ha trabajado tanto, que, como en el caso de 'Dohmen', se trata de minucias. Lo importante es que la historia de la valquiria “rebajada” a mujer (cuando el ejemplo femenino que nos da el propio autor es esa apasionada Siglinda, quizás más grande aún en su soledad y desamparo de los actos segundo y sobre todo tercero, uno no tiene más que tomar nota de que a veces hasta un dios puede decir tonterías) ha vuelto a vivir para el afortunado público de Amsterdam, que respondió con las correspondientes ovaciones.

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Fotografía © 2004 by Ruth Walz, piblicada por cortesía de Het Muziektheater, Amsterdam